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¿Qué debía hacer? No podía permanecer así indefinidamente y no soportaba la idea de que algo tocase su pie.

El anuncio de Rebka de que los elevaría al espacio a tres ges fue una respuesta para eso. Sus palabras la llenaron de consternación. Ella apenas si podía permanecer de pie en un campo de menos de un ge. Tendría que tenderse y soportar que los tres ges de aceleración apretaran su pie dañado contra el suelo implacable.

Antes de que pudiera decir nada, el cuerpo regordete de Kalhk se abrió paso hasta ella. La hymenopt colocó su abdomen suave junto al pie herido de Darya y emitió unos dulces silbidos.

—¡No! ¡No lo toques! —gritó Darya invadida por el pánico.

Mientras trataba de apartar la pierna, el brillante aguijón amarillo emergió del cuerpo de Kallik y se clavó varios centímetros en su pantorrilla. Darya gritó y cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza al chocar contra la caja de pertrechos detrás del asiento del piloto.

El despegue comenzó antes de que pudiera volver a moverse.

Darya descubrió que estaba aplastada contra el suelo con el pie apretado sobre el metal. ¡Su pie herido! Tenía que gritar. Cuando abrió la boca, notó que las únicas partes del cuerpo que no le dolían eran el pie y la pantorrilla. El aguijón de Kallik los había despojado de toda sensación.

Darya se tendió y giró la cabeza para apoyar su peso acrecentado sobre la mejilla y la oreja. Una maraña de cuerpos cubría el suelo. Podía ver a Kallik, justo frente a ella, acojinando la cabeza de Geni Carmel sobre la piel de su abdomen. Julius Graves se encontraba al otro lado de ellas; todo lo que Darya podía ver era la parte superior de su calva junto al brillante cráneo negro de J’merlia. Rebka, que pilotaba la nave, y Max Perry, que se sentaba a su lado, estaban ocultos tras la caja de pertrechos y el respaldo del asiento.

Mediante un gran esfuerzo, Darya giró la cabeza hacia el otro lado. Podía ver lo de fuera por la portilla lateral de la nave, que se hallaba a escasos centímetros de ella. Era increíble —sin duda habían pasado minutos desde que iniciaran el ascenso—, pero la nave todavía se encontraba bajo la capa de nubes de Sismo. A la luz de los relámpagos, tuvo un vivido panorama de la superficie; se había quebrado en una red intrincada de fallas, sobre las cuales se esparcía la lava al rojo como las olas del mar. Todo el planeta estaba envuelto en llamas, una antigua escena del infierno. Entonces la nave entró en las oscuras nubes de polvo, tan densas que las señales de mando de la nave, a pocos centímetros de la portilla, se hicieron invisibles.

La turbulencia se triplicó. Darya rodó contra Kallik, y ambas se deslizaron por el piso hasta chocar contra Julius Graves. Un momento después, los tres regresaban dando tumbos, para aplastar a Darya contra la pared. Seguía en esa posición, inmovilizada por el peso de todos, a excepción de Rebka y Perry, cuando la Nave de los Sueños Estivales emergió inesperadamente de entre las nubes de Sismo. La portilla dejó pasar un instante de intolerable radiación dorada antes de que el fotoprotector comenzara a operar.

Darya fue afortunada. Tenía la cabeza vuelta hacia el otro lado y estaba protegida por el abdomen de Kallik cuando la intensa luz inundó la nave. En el compartimiento trasero, todos los demás quedaron cegados durante varios segundos.

Rebka y Perry, que habían estado protegidos en el asiento delantero, miraban hacia arriba y luchaban para poner en órbita la nave bajo unas circunstancias para las que jamás había sido diseñada. Por lo tanto, fue Darya sola, girando la cabeza para mirar afuera, quien vio todo lo que ocurrió después.

La Nave de los Sueños Estivales se remontaba sobre el hemisferio de Sismo que no enfrentaba a Ópalo. Los discos de Mandel y Amaranto se cernían bajos en el cielo, a su izquierda. Reducidas a unos círculos resplandecientes por el fotoprotector, las estrellas gemelas mostraban sus rostros brillantes cubiertos de manchas solares. Las fuerzas de las mareas las desgarraban, al igual que lo hacían con Ópalo y Sismo. Directamente sobre ellas, Gargantúa brillaba pálido y espectral, un gigante cuya luz reflejada era reducida por el fotoprotector a un incorpóreo mundo fantasmagórico.

Desde un punto muy cercano al borde de Gargantúa —Darya no alcanzó a divisar con certeza si se encontraba sobre el planeta o no—, un rayo azul se proyectó repentinamente hacia Sismo, brillante de energía controlada.

Darya lo siguió con la mirada. No podía ser un rayo de luz ordinaria. Eso resultaría invisible en el espacio abierto, y ella podía verlo en todo su alcance. Donde ese rayo latiente de Gargantúa atravesaba las nubes, la capa protectora de polvo se desintegraba de inmediato. En la superficie de Sismo, una zona circular de unos cien kilómetros de ancho quedó expuesta a la radiación combinada de Mandel y Amaranto. El suelo, que ya bullía con la lava ardiente, comenzó a deformarse y a abrirse en un cráter. Se formó un túnel oscuro que rápidamente se fue ensanchando. Pronto pudo ver Darya las rocas fundidas del interior del planeta que surgían en oleadas para formar un borde filoso en la abertura.

El movimiento de la nave alejaba a Darya del túnel; su ángulo de visión no le permitía ver el fondo del foso. Darya se inclinó hacia la portilla, sin hacer caso del dolor de su cuerpo y su rostro golpeados. Mientras la nave ganaba altura, Sismo pendía debajo como una gran cuenta nublada, enhebrada en ese haz de luz brillante y azul. Donde se clavaba el rayo, el orificio oscuro a través de la cuenta era iluminado por un borde resplandeciente de lava fundida.

Los acontecimientos siguientes se produjeron en una sucesión tan rápida que, más tarde, Darya tuvo problemas para narrarlos en su exacta secuencia.

Mientras la rotación de Sismo dejaba primero a Mandel y luego a Amaranto bajo el horizonte, un segundo rayo cayó desde el espacio para fusionarse con el de Gargantúa. No provenía de ningún objeto que Darya pudiese hallar en el cielo, aunque sus ojos podían seguirlo hasta que se convertía en una línea demasiado tenue como para ser vista.

El nuevo haz de luz se clavó en el túnel formado en la corteza de Sismo, y el orificio se agrandó en un violento estallido de materia desplazada. Como respuesta, unos rayos rojos y azules se proyectaron hacia el cielo, siguiendo el centro exacto de los incidentes. En el mismo instante, dos esferas plateadas se elevaron de las profundidades del túnel.

Parecían idénticas, aproximadamente de un kilómetro de diámetro. Después de elevarse sobre Sismo, se cernieron inmóviles, una bajo la otra, bamboleándose como dos globos transparentes llenos de mercurio.

Los rayos azules cambiaron de color. El que provenía de Gargantúa se volvió de un brillante azafranado; el otro, de un resplandeciente magenta. Sus pulsaciones cambiaron de frecuencia. Entonces la esfera más alta comenzó a acelerar, moviéndose a lo largo del rayo magenta. Al principio se trasladó con lentitud, pero de pronto avanzó a gran velocidad, permaneció visible durante una fracción de segundo y desapareció. Darya no alcanzó a discriminar si había sido impulsada fuera del alcance de la vista —a una enorme velocidad— o si se había desvanecido mediante algún otro mecanismo. Cuando la esfera desapareció, también lo hizo el rayo magenta.

La segunda esfera todavía se cernía inmóvil cerca de Sismo. Después de unos momentos, comenzó a avanzar muy despacio a lo largo del haz azafranado. Darya pudo seguir su desplazamiento sin problemas. Era una bola de plata trepando por el rayo azafranado como una araña metálica que subiera por su propia tela. Siguió con la vista al globo brillante que se elevaba.

Entonces, de repente, sus ojos no pudieron enfocar bien. Alrededor de la bola brillante el cielo se había distorsionado. La esfera desapareció para convertirse en un vacío negro, mientras a su alrededor convergían las estrellas en forma anular. La bola difuminada conformaba un centro negro para ese brillante anillo estelar.