Recordaba la forma en que se había acercado… Un oprobio para cualquier piloto.
Había tardado cinco veces más que lo normal. Y, cuando recibió la última confirmación para el acoplamiento, se había reclinado en el asiento y cerrado los ojos… para descansar un momento.
¿Y entonces?
A partir de entonces le fallaba la memoria. Rebka miró a su alrededor.
Debía de haberse quedado dormido en el mismo instante de su contacto final. Alguien lo había llevado al interior de la Estación Intermedia, colocándolo en una cápsula del Umbilical. Después de sujetarlo a un arnés, lo habían dejado allí.
No estaba solo. Max Perry, con los antebrazos embadurnados por un gel protector amarillo, flotaba sujeto a una correa a pocos metros de distancia. Estaba inconsciente. Darya Lang estaba suspendida sobre él, con su ondeada cabellera castaña atada a la espalda. La ropa había sido desgarrada de su pierna izquierda bajo la rodilla, y una piel plástica cubría su tobillo y su pie quemado. Su respiración era tranquila. De cuando en cuando murmuraba algo en voz baja como a punto de despertar. Con el rostro tan relajado y libre de pensamientos, parecía tener doce años de edad. Junto a Darya flotaba Geni Carmel. A juzgar por su aspecto, también había sido sedada, aunque no tenía heridas visibles.
Rebka miró su reloj: habían pasado veintitrés horas desde la Marea Estival. Todos los fuegos artificiales de Ópalo y Sismo debían de formar parte del pasado. Durante diecisiete horas, él había estado completamente alejado de todo.
Se frotó los ojos, notando que su rostro ya no estaba cubierto de ceniza y suciedad. ¿Quién lo había llevado hasta la cápsula, también había hecho eso? ¿Y quién había proporcionado los cuidados médicos a Perry y a Lang?
Eso lo devolvió a su primera pregunta: con los cuatro en estado de inconsciencia, ¿quién se ocupaba del viaje?
Primero tuvo problemas para bajar los pies al suelo; luego descubrió que no podía soltar el arnés que los sujetaba. Incluso después de descansar diecisiete horas, se sentía débil y sus manos funcionaban con torpeza. Si Darya Lang tenía el aspecto de una adolescente, él se sentía como un viejo centenario.
Por fin se liberó y pudo abandonar el improvisado hospital. Consideró la posibilidad de despertar a Perry y a Lang —ella todavía murmuraba en tono de protesta—, pero decidió no hacerlo. Seguramente había sido anestesiado antes de que les curaran las heridas y les aplicaran la piel sintética.
Muy despacio, subió la escalera hasta la cubierta de observación y control de la cápsula. El techo transparente de la cabina superior mostraba la Estación Intermedia a la distancia. Encima de ella, confirmando que la cápsula descendía hacia Ópalo, Rebka pudo ver la silueta nublada y sombría de Sismo.
En la cubierta de observación, las paredes tenían diez metros de altura y estaban cubiertas de monitores. Sentado ante la consola de control, flanqueado por J’merlia y Kallik, Julius Graves observaba en un pensativo silencio. La emisión que Graves estaba recibiendo mostraba una superficie planetaria…, pero era Ópalo, no Sismo.
Rebka observó durante un rato antes de anunciar su presencia. Con su atención puesta sobre Sismo, había sido fácil olvidar que Ópalo también había experimentado la Marea Estival más importante en la historia humana. Unas tomas aéreas y de radares orbitales, atravesando las capas de nubes del planeta, mostraban amplias franjas de lecho marino desnudado por mareas milenarias. El fangoso fondo del océano mostraba unos grandes lomos verdes: Dowsers muertas, del tamaño de montañas, se encontraban varadas y aplastadas bajo su propio peso.
Otros vídeos mostraban las Eslingas de Ópalo que se desintegraban cuando olas encontradas de kilómetros de altura se abatían sobre la superficie del océano.
Una voz impasible enumeraba las bajas desde Ópalo: la mitad de la población muerta, en su mayor parte durante las últimas veinticuatro horas; otro quinto todavía estaba desaparecido. Pero, antes de que se hubiesen determinado todos los daños, ya se estaba iniciando la reconstrucción. Cada humano de Ópalo tenía un plan de trabajo continuo.
Al ver las transmisiones, a Rebka le quedó claro que la gente de Ópalo tenía las manos muy ocupadas. Cuando aterrizase con su grupo, no debía buscar asistencia.
Rebka avanzó y tocó a Graves en el hombro. El consejero se sobresaltó, giró en su silla y le sonrió.
—¡Aja! Veo que ha vuelto del Mundo de los Sueños. Como verá, capitán —dijo señalando los monitores—, nuestra decisión de pasar la Marea Estival en Sismo y no en Ópalo no fue tan imprudente después de todo.
—De haber permanecido en la superficie de Sismo durante la Marea Estival, consejero, nos hubiésemos convertido en cenizas. Fuimos afortunados.
—Más de lo que usted piensa. Y mucho antes de la Marea Estival. —Graves señaló a Kallik, quien manejaba monitores con una pata mientras que con otra introducía números en una computadora de bolsillo—. Según nuestra amiga hymenopt, Ópalo ha sufrido más que Sismo. Kallik ha estado realizando cálculos de equilibrio energético en cada momento libre desde que abandonamos la superficie. Está de acuerdo con el comandante Perry… en que la superficie debió haberse encontrado mucho más activa durante la Gran Conjunción. La energía completa no fue liberada mientras estábamos allí. Había en funcionamiento algún mecanismo de almacenamiento y liberación de energía. Sin él, el planeta habría sido inhabitable para los seres humanos mucho antes de que lo dejáramos. Pero con él, la mayor parte de la energía sirvió para algún otro propósito.
—Consejero, Sismo me pareció lo bastante inhabitable. Elena Carmel está muerta. Es posible que Atvar H’sial y Louis Nenda también.
—Lo están.
—Me alegra escucharlo. No sé si lo había notado, pero se encontraban en órbita alrededor de Sismo durante la Marea Estival y trataron de destruirnos. Merecieron lo que les ocurrió. ¿Por qué está tan seguro de que han muerto?
—Darya Lang vio cómo la nave de Nenda era arrastrada hacia Gargantúa, con una aceleración demasiado grande para permitir la supervivencia de cualquier humano o cecropiano. Debieron de quedar aplastados dentro.
—La nave de Nenda tenía un propulsor para viajes interestelares. No pudo quedar atrapada por ningún campo de fuerza local.
—Si desea discutir ese punto, capitán, tendrá que hacerlo con Darya Lang. Fue ella quien vio lo que ocurría, no yo.
—Está dormida.
—¿Todavía? Volvió a quedar inconsciente cuando J’merlia comenzó a trabajar con su pie, pero me sorprende que aún no haya despertado. —Graves se volvió con fastidio—. Bueno, ¿y tú qué quieres ahora?
J’merlia le tocaba la manga con incertidumbre, mientras a su lado Kallik saltaba y silbaba con entusiasmo.
—Con gran respeto, consejero Graves. —J’merlia se hincó frente a él—. Kallik y yo no hemos podido evitar escuchar lo que le ha dicho al capitán Rebka: que el amo Nenda y Atvar H’sial escaparon de Sismo, para luego ser arrastrados hasta Gargantúa y aplastados por la aceleración.
—Hacia Gargantúa, mi lo’tfiano amigo. Tal vez no hasta Gargantúa mismo. La profesora Lang fue bastante insistente sobre ese punto.
—Mis disculpas. Debí haber dicho hacia Gargantúa. Honorable consejero, ¿sería posible que Kallik y este humilde servidor fuésemos disculpados de nuestras tareas por unos momentos?
—Oh, vayan. Y no se arrastren, saben que lo detesto. —Graves los despidió agitando una mano. Cuando los alienígenas se dirigieron al nivel inferior de la cápsula, Graves se volvió nuevamente hacia Rebka—. Bien, capitán. A menos que desee volver a dormirse, le propongo que nosotros también bajemos y veamos cómo se encuentran el comandante Perry y la profesora Lang. Tenemos mucho tiempo. Faltan varias horas para que el Umbilical nos ofrezca el acceso a Ópalo, y nuestra tarea oficial en el sistema Dobelle ha finalizado.