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Perry miró a Rebka con furia y luego se volvió hacia Graves.

—No lo haré. Tengo mi propio trabajo… de tiempo completo. Ella necesita a un especialista. Yo no tengo idea de cómo tratar su problema.

—Puede aprender, sin duda. —Graves señaló la otra silla con un movimiento de cabeza. Geni despertaba lentamente respondiendo a su inyección menos fuerte—. Ya comienza a oír. Para empezar, podría hablarle sobre Ópalo. Recuerde que ella nunca ha estado allí, comandante. Será su hogar durante algún tiempo, y usted sabe tanto como cualquiera sobre él.

—¡Espere un minuto! —Perry se retorcía en su arnés y llamaba a Graves, quien ya empujaba a Rebka fuera de la cabina—. Estamos atados. ¡No puede dejarnos así! Mírela.

Aunque Geni Carmel no hacía ningún esfuerzo para liberarse del arnés, las lágrimas corrían por sus mejillas pálidas, mientras observaba con horror o con fascinación las manos y antebrazos mutilados de Perry.

—Lo siento —dijo Graves por encima del hombro mientras él y Rebka comenzaban a bajar hacia el nivel inferior de la cápsula—. Lo discutiremos más tarde; no puedo hacerlo ahora. El capitán Rebka y yo debemos ocuparnos de algo muy importante en la cubierta de abajo. Regresaremos.

Rebka aguardó hasta que se hubieron alejado lo suficiente para volver a dirigirse a Graves.

—¿Algo de lo que ha dicho iba en serio?

—Todo iba en serio.

—No funcionará. Geni Carmel no es más que una niña. Con Elena muerta, ni siquiera desea vivir. Usted sabe lo unidas que estaban: tanto que preferían morir antes de ser separadas. Y Perry es un caso perdido; no está en condiciones de cuidarla.

Julius Graves se detuvo al pie de la escalera. Se volvió para mirar a Hans Rebka. Por primera vez su rostro no aparecía sonriente ni haciendo muecas.

—Capitán, cuando necesite a un hombre capaz de volar una nave recargada y escasa de potencia como la Nave de los Sueños Estivales, abandonando un planeta que se desmorona bajo los pies, para dirigirme al espacio, iré a buscarlo a usted. Es muy bueno en su trabajo…, en su verdadero trabajo. ¿No puede hacerme el favor de admitir que yo también lo soy en el mío? ¿No le parece concebible que pueda cumplir bien con mi trabajo?

—Pero esto no es su trabajo.

—Lo cual sólo demuestra, capitán, lo poco que sabe sobre las obligaciones de un miembro del Consejo. Puede creerme. Lo que estoy haciendo funcionará. ¿O preferiría una apuesta? Digo que Max Perry y Geni Carmel tienen más posibilidades de curarse uno al otro que nosotros de hacer algo útil por cualquiera de ellos. Tal como usted dijo, ella no es más que una niña que necesita ayuda; y Perry es un hombre que necesita desesperadamente brindar ayuda. Durante siete años ha estado haciendo penitencia por su pecado de permitir que Amy fuera con él a Sismo durante la Marea Estival. ¿No comprende que haberse quemado los brazos de ese modo ayudará a su condición mental? Ahora tiene la posibilidad de obtener la absolución total. Y su trabajo en Ópalo ha finalizado. Podría irse hoy mismo. Perry estará bien. —Graves chasqueó los dedos y le tendió la mano—. ¿Quiere apostar? Diga la cifra.

Rebka se salvó de responder porque una voz furiosa sonó cerca de ellos.

—No sé a quién agradecerle esto, ni pienso preguntarlo. ¿Pero alguien quiere sacarme de aquí. Tengo trabajo que hacer.

Era Darya Lang, completamente consciente y luchando para liberarse del arnés. Aunque no se parecía a la tímida científica teórica que había arribado a Ópalo, su destreza práctica todavía no había mejorado. En sus esfuerzos por liberarse, había logrado enredar las correas, por lo que pendía boca abajo y apenas si podía mover los brazos.

—Es toda suya, capitán —dijo Graves de forma inesperada—. Yo iré en busca de J’merlia y de Kallik. —Traspasó el escotillón que había a un costado de la cabina y desapareció de la vista.

Rebka se acercó a Darya Lang y estudió la forma en que el arnés se había enredado. Cada vez entendía menos lo que ocurría. Habiendo escapado de Sismo, todos podían haberse relajado salvo él. Sin embargo, cada uno parecía tener sus propias ocupaciones. Darya Lang se mostraba impaciente y furiosa.

Rebka tiró con suavidad de un punto del arnés y con fuerza de otro. El resultado fue satisfactorio. Las correas se soltaron por completo, y Darya Lang fue depositada suavemente sobre el suelo. El la ayudó a ponerse de pie y fue recompensado con una sonrisa vergonzosa.

—¿Por qué no he podido hacerlo sola? —Apoyó su pie herido en forma tentativa, se alzó de hombros y pisó con más fuerza—. Lo último que recuerdo es que llegamos al Umbilical y que Graves me atendía junto con Kallik. ¿Cuánto tiempo he estado dormida? ¿Cuándo llegaremos a Ópalo?

—No sé cuánto tiempo has dormido, pero han pasado unas veintitrés horas desde la Marea Estival. —Rebka consultó su reloj—. Ya casi son veinticuatro. Deberíamos aterrizar en Ópalo en un par de horas. Si podemos aterrizar. Han soportado una buena paliza allí abajo. De todos modos, no hay prisa. Tenemos suficiente comida y agua a bordo. Podríamos vivir en esta cápsula durante semanas… Incluso volver a subir hasta la Estación Intermedia y permanecer allí indefinidamente.

—De ninguna manera. —Darya meneó la cabeza—. Yo no puedo esperar. Aunque sólo he estado consciente durante algunos minutos, los he pasado maldiciendo al hombre que me llenó de drogas. Tenemos que descender sobre la superficie de Ópalo. Tienes que conseguirme una nave.

—¿Para volver a casa? ¿Qué prisa tienes? ¿Hay alguien en Puerta Centinela que sepa cuándo vas a regresar?

—Nadie. —Cogió a Hans Rebka por el brazo y se apoyó contra él mientras se dirigían a la diminuta cocina de la cápsula. Allí se sentó y se tomó su tiempo mientras se servía una bebida caliente. Finalmente se volvió hacia él—. Pero te equivocas, Hans. No iré a Puerta Centinela. Iré a Gargantúa. Necesitaré ayuda para llegar allí.

—Supongo que no la esperarás de mi parte. —Rebka apartó la vista, muy consciente de la mano de Darya sobre sus bíceps—. Mira, yo sé que la nave de Nenda fue arrastrada hacia allí y que ellos resultaron muertos. Tú no querrás morir también. Gargantúa es un gigante gaseoso, un mundo helado… No podemos vivir allí, ni tampoco los cecropianos.

—No dije que la nave y la esfera fueran directamente hacia Gargantúa. No creo que haya sido así. Es posible que se trate de una de sus lunas. Pero no lo sabré hasta que llegue allí.

—¿Llegar allí para hacer qué? Recuperar un par de cadáveres. ¿A quién le importa lo que ocurrió con sus cuerpos? Atvar H’sial te dejó para que murieses; junto con Nenda, abandonó a J’merlia y a Kallik. Aunque estuvieran con vida, y tú misma dices que no es así, no merecen ayuda.

—Estoy de acuerdo. No es por eso por lo que debo seguirlos. —Darya le entregó una taza—. Cálmate, Hans. Bebe esto, y escúchame un minuto. Sé que en el Círculo Phemus piensan que los de la Alianza somos unos soñadores incompetentes, así como nosotros pensamos que vosotros sois unos bárbaros que no os molestáis en lavaros…

—¡Uf!

—Pero tú y yo hace tiempo que nos conocemos… lo suficiente para saber que esas ideas son tonterías. Al menos reconoces que soy una buena observadora. No invento cosas. Por lo tanto, déjame decirte lo que vi, no lo que pienso. Es posible que nadie más lo entienda aquí, pero confío en que tú sacarás las conclusiones correctas.

«Recuerda: primero escucha, luego piensa y entonces reacciona; no al revés. —Se acercó a Rebka y adoptó una posición en la que a él le resultaba difícil hacer otra cosa que escucharla—.

«Cuando nos elevamos sobre las nubes de Sismo, tú estabas demasiado ocupado pilotando la nave como para mirar hacia atrás, y en el compartimiento posterior todos habían quedado cegados por Mandel y Amaranto. Por lo tanto, nadie más vio lo que yo vi: cómo se abría el interior de Sismo y los dos objetos que salían de él. Uno de ellos se alejó y salió del plano de la galaxia. Lo perdí de vista en menos de un segundo. Tú viste el otro. Partió hacia Gargantúa, arrastrando con él la nave de Louis Nenda. Aunque eso fue significativo, ¡no fue lo importante! Todos dijeron que Sismo estaba demasiado tranquilo tan cerca de la Marea Estival. Sé que nos pareció muy violento cuando nos encontrábamos allí. Pero no lo era. Max Perry no dejaba de decirlo: ¿adonde va toda la energía?