En cualquier caso, la metahistoria de Charlotte tuvo mucha influencia, pues proporcionaba a la explosiva diaspora algo semejante a un relato maestro. Y de este modo ella pasó a engrosar la pequeña lista de historiadores cuyos análisis habían afectado el curso de su propio tiempo, gentes como Platón, Plutarco, Bacon, Gibbon, Chamfort, Carlyle, Emerson, Marx y Spengler, y en Marte, antes de Charlotte, Michel Duval. Se aceptaba que el capitalismo había sido el conflicto entre feudalismo y democracia y que el presente era la edad democrática, el conflicto entre capitalismo y armonía, susceptible de transformarse en algo distinto (Charlotte insistía en que no existía el determinismo histórico, sino sólo los repetidos esfuerzos de la humanidad por dar vida a sus esperanzas; era el reconocimiento retroactivo del analista de esas esperanzas hechas realidad lo que creaba la ilusión del determinismo). Cualquier cosa habría sido posible: caer en la anarquía general o convertirse en un estado policial universal para «pasar» los años de crisis; pero puesto que las grandes metanacionales terrestres se habían transmutado en cooperativas propiedad de sus trabajadores, al estilo de Praxis, estaban en la democracia. Habían hecho realidad esa esperanza.
Y en esos momentos la civilización democrática conseguía lo que el anterior sistema no habría conseguido nunca, sobrevivir al período hipermaltusiano. Advertían ahora el cambio fundamental de los sistemas en ese siglo XXII que estaban escribiendo; habían alterado el equilibrio para sobrevivir a las nuevas condiciones. En la economía democrática cooperativista todos sabían que las apuestas eran altas, se sentían responsables del destino colectivo y se beneficiaban del frenético arrebato de construcción coordinada que reinaba por todo el sistema solar.
Esta floreciente civilización incluía no sólo el sistema solar más allá de Marte, sino también los planetas interiores. En el flujo de energía y confianza la humanidad emprendía proyectos en zonas antaño consideradas inhabitables, y Venus atraía a un gran número de terraformadores, que habían aceptado el desafío planteado por Sax Russell al recolocar los grandes espejos orbitales de Marte y tenían una definida y grandiosa visión de la habitabilidad del planeta, hermano de la Tierra en muchos aspectos.
Incluso Mercurio tenía su asentamiento, aunque había que admitir que para muchos propósitos estaba demasiado cerca del sol. Su día duraba cincuenta y nueve terranos, su año, ochenta y ocho días terranos, y tres de sus días equivalían a dos años, patrón que lo llevaría a quedar atrapado en una marea gravitatoria, como la Luna alrededor de la Tierra. En la lenta revolución del día solar de Mercurio el hemisferio iluminado se calentaba en exceso, mientras que el hemisferio a oscuras se enfriaba terriblemente. La única ciudad del planeta era por tanto una especie de tren enorme que circulaba alrededor del planeta a cuarenta y cinco grados de latitud norte sobre vías de una aleación metalocerámica, la primera de las muchas travesuras alquímicas de los físicos mercuriales, que soportaba los 800° kelvins del hemisferio iluminado. La ciudad, llamada Terminador, rodaba sobre esas vías a unos tres kilómetros por hora, lo que la mantenía dentro del terminador del planeta, la zona de sombra que precede al amanecer, una banda de unos veinte kilómetros de ancho. La ligera dilatación de las vías expuestas al sol matutino en el este llevaba a la ciudad siempre hacia el oeste, y ésta se deslizaba sobre raíles adaptables para evitar roces. La resistencia a ese movimiento inexorable en otras secciones generaba grandes cantidades de energía eléctrica, como los colectores solares que seguían a la ciudad, situados en lo alto del elevado Muro del Amanecer, y captaban los primeros rayos cegadores del sol. Incluso en una civilización donde la energía era barata, Mercurio era extraordinariamente afortunado. Y así se unió a los mundos lejanos y se convirtió en uno de los más brillantes. Y un centenar de nuevos mundos flotantes surgía cada año: pequeñas ciudades-estado en vuelo, con sus propios estatutos, mescolanza de colonos, paisaje y estilo.
No obstante, en medio de este florecimiento del esfuerzo humano y de la confianza en el Accelerando, se mascaba la tensión. Porque a pesar de las construcciones, la emigración y la colonización, en la Tierra seguía habiendo dieciocho mil millones de almas, y dieciocho millones en Marte, y la membrana semipermeable entre los dos planetas estaba demasiado tensa a causa de la presión osmótica de ese desequilibrio demográfico. Las relaciones eran tirantes, y muchos temían que al menor pinchazo la membrana se desgarrara. En esa situación crítica, la historia proporcionaba un escaso consuelo; hasta el momento habían capeado el temporal con bastante acierto, pero la humanidad nunca antes había respondido a una crisis con cordura y sensatez duraderas; la locura colectiva no era insólita entre ellos, y se trataba exactamente de los mismos animales que en siglos anteriores, enfrentados a problemas de supervivencia, se habían exterminado unos a otros sin misericordia. Era por tanto probable que ocurriese de nuevo. La gente construía, discutía, enfurecía; esperaban, inquietos, señales de que los muy viejos se acercaban a la muerte y miraban con ojo crítico a los recién nacidos. Un renacimiento tenso, vivido deprisa y al límite, una edad dorada frenética: el Accelerando. Y nadie sabía qué pasaría después.
Zo estaba sentada en la parte trasera de una sala atestada de diplomáticos, contemplando el paso majestuoso de Terminador sobre los yermos abrasados de Mercurio. El espacio semielipsoidal delimitado por la alta cúpula transparente de la ciudad habría sido adecuado para el vuelo, pero las autoridades locales lo habían prohibido por demasiado peligroso, una de las muchas regulaciones fascistas que restringían la vida allí; el estado como niñera, lo que Nietzsche llamaba con tan buen tino la mentalidad del esclavo, aún vivita y coleando al final del siglo XXII, brotando en todas partes; la jerarquía volvía a erigir su estructura consoladora en todos aquellos nuevos asentamientos provincianos, Mercurio, los asteroides, los planetas exteriores… en todas partes excepto en el noble Marte.
En Mercurio el fenómeno era particularmente acentuado. Las reuniones entre la delegación marciana y los mercuriales se habían prolongado durante semanas, y Zo estaba harta tanto de éstas como de los negociadores mercuriales, un importante grupo de reservados y oligárquicos mullahs, altaneros y aduladores a un tiempo, que aún no habían asimilado el nuevo orden imperante en el sistema solar. Deseaba olvidarlos, a ellos y a su mezquino mundo, regresar a casa y volar.