En medio de toda aquella arena y roca, la vida vegetal era discreta.
Al menos al principio. Uno tenía que buscarla, prestar atención a los colores, sobre todo al verde, en todas sus tonalidades, pero especialmente las desérticas: salvia, oliva, caqui. Nanao y Tariki señalaban continuamente especímenes que él no había reconocido, y miraba con atención. Una vez en sintonía con los colores de la vida, que se mezclaban tan bien con el terreno ferrico, los distinguió de los pardos, rojizos, ámbares, ocres y negros del paisaje rocoso. Las hondonadas y grietas eran los lugares idóneos para verlos, y también cerca de las manchas de nieve en las sombras. Cuanta más atención ponía, más veía; y entonces, en una cuenca alta, le pareció que las plantas lo llenaban todo. En ese momento comprendió: todo el macizo de Tyrrhena era un inmenso fellfield.
Y cubriendo caras de la roca, o tapizando el interior de las cuencas de recepción de las aguas, estaban los verdes diurnos de ciertos líquenes, y el esmeralda o los verdes oscuros y aterciopelados de los musgos. Piel húmeda.
La paleta multicolor de los líquenes; el verde oscuro de las agujas de los pinos. Ramilletes de pinos de Hokkaido, pinos cola de zorro, enebros. Los colores de la vida. De alguna manera era como visitar grandes habitaciones sin techo pasando de una a otra sobre muros de piedra en ruinas. Una pequeña plaza; una suerte de galería sinuosa; un vasto salón de baile; varias cámaras diminutas interconectadas; una sala de estar. Algunas habitaciones tenían krummholz bansei contra las paredes bajas, los árboles no mayores que los huecos donde se acurrucaban, retorcidos por el viento, con las copas recortadas al nivel de la nieve. Cada rama, cada planta, cada habitación abierta tan trabajada como un bonsai… y sin embargo casi sin esfuerzo.
En realidad, le explicó Nanao, la mayoría de las cuencas se cultivaban intensivamente.
—Esta cuenca fue plantada por Abraham. —Cada pequeña región era responsabilidad de cierto jardinero o equipo de jardinería.
—¡Ah! —exclamó Sax—. ¿Y fertilizada? Tariki rió.
—En cierto modo, sí. El suelo es importado en su mayor parte.
—Comprendo.
Eso explicaba la diversidad de plantas. Sabía que en el Glaciar Arena, donde había visto los fellfields por primera vez, también se había hecho una cierta labor de cultivo. Pero aquí habían ido mucho más lejos. Según le explicó Tariki, los laboratorios de Sabishii estaban intentando conseguir manufacturar mantillo. Una buena idea; el suelo de los fellfields aparecía de forma natural a un ritmo de sólo unos pocos centímetros por siglo. Pero esto tenía su razón de ser, y manufacturar suelo era extremadamente difícil.
—Nosotros elegimos unos cuantos millones de años para empezar — dijo Nanao—. Y evolucionar desde ahí. —Plantaban manualmente la mayoría de especímenes, al parecer, y luego los abandonaban a su suerte y estudiaban lo que se desarrollaba.
—Comprendo —dijo Sax.
Miró con más atención todavía en la penumbra transparente. Cada habitación abierta mostraba un grupo ligeramente distinto de especies.
—Así pues, estos son jardines.
—Sí… o algo parecido. Depende.
Nanao contó que algunos jardineros trabajaban según los preceptos de Muso Soseki mientras que otros seguían los de diferentes maestros japoneses zen; había también discípulos de Fu Hsi, el legendario inventor del sistema chino de geomancia llamado feng shui, de los gurús persas de la jardinería, incluyendo a Omar Khayyam, y de Leopold, Jackson y otros primitivos ecologistas norteamericanos, como el casi olvidado biólogo Oskar Schnelling, y de algunos más.
Éstas eran sólo influencias, añadió Tariki. Porque a medida que trabajaban desarrollaban sus propias visiones. Seguían la inclinación de la tierra, ya que observaban qué plantas vivían y cuáles morían. Coevolución, una suerte de desarrollo epigenético.
—Hermoso —comentó Sax, mirando alrededor. Para los adeptos, el paseo desde Sabishii hasta el macizo debía de haber sido una travesía estética, llena de alusiones y sutiles variantes de la tradición invisibles para él. Hiroko lo habría llamado areoformación, o la areofanía—. Me gustaría visitar los laboratorios en los que trabajan con el suelo.
—Naturalmente.
Regresaron al rover y siguieron la marcha. Avanzado el día, bajo unos amenazadores nubarrones negros, alcanzaron la cumbre del macizo, que resultó ser una especie de páramo ondulado y amplio. Las pequeñas barrancas estaban llenas de agujas de pinos, inclinadas por los vientos, de modo que parecían las briznas de césped de un jardín bien cuidado. Sax y sus dos anfitriones salieron del vehículo y dieron una vuelta por los alrededores. El viento era penetrante y el sol de la tarde que declinaba apareció por debajo de la oscura cubierta de nubes, proyectando las sombras de los caminantes hacia el horizonte. Allí arriba, en los páramos había grandes masas de roca desnuda y lisa; al mirar en torno, a Sax le pareció que el paisaje tenía el mismo rojo primitivo que recordaba de los primeros años; pero bastaba con acercarse a la barranca para que apareciera el verde.
Tariki y Nanao hablaban de ecopoyesis, que para ellos era la terraformación redefinida, sutilizada, localizada. Transmutada en algo semejante a la areoformación de Hiroko. No impulsada por los métodos industriales pesados y globales, sino por el proceso lento, continuo e intensamente local del trabajo sobre áreas de terreno.
—Marte es un jardín. La Tierra también. De manera que tenemos que pensar en cultivar, en ese nivel de responsabilidad hacia la tierra. Una interfaz Marte-humanos que haga justicia a ambos.
Sax agitó una mano con gesto incierto.
—Yo estoy acostumbrado a pensar en Marte como en una tierra salvaje —dijo, mientras buscaba la etimología de la palabra jardín. Francés, teutónico, noruego antiguo, gard, recinto cerrado. Parecía compartir orígenes con guard, o conservar. Pero quién sabía qué significaba la palabra japonesa supuestamente equivalente. La etimología ya era bastante difícil sin necesidad de añadir la traducción—. Bueno, ya saben, poner en marcha las cosas, liberar las semillas y entonces observar cómo se desarrolla todo por sí mismo. Ecologías autoorganizativas.
—Sí —dijo Tariki—, pero las tierras salvajes también son un jardín ahora. Una especie de jardín. Eso es lo que significa ser lo que somos. — Se encogió de hombros, con el entrecejo ceñudo; creía que la idea era acertada, pero no parecía acabar de gustarle.— De todas maneras, la ecopoyesis está más cerca de tu visión de las tierras salvajes de lo que la terraformación industrial lo estará nunca.
—Tal vez —concedió Sax—. Tal vez son sólo dos estadios del mismo proceso. Ambos necesarios.
Tariki asintió, deseoso de discutirlo.
—¿Y ahora?
—Depende de lo dispuestos que estemos a enfrentarnos a la posibilidad de una era glacial —dijo Sax—. Sí es muy cruda y mata demasiadas plantas, entonces la ecopoyesis no tendrá ninguna oportunidad. La atmósfera volverá a enfriarse en la superficie y el proceso fracasará. Sin los espejos, no confío en que la biosfera sea lo suficiente robusta como para seguir desarrollándose. Por eso quiero ver sus laboratorios de suelo. Tal vez quede aún trabajo industrial que hacer en la atmósfera. Tendremos que estudiar algunas simulaciones y decidir.
Tariki y Nanao asintieron. Sus ecologías estaban siendo cubiertas por la nieve delante de sus ojos; los copos caían a la pasajera luz broncínea del sol, remolineando en el viento. Estaban abiertos a las sugerencias.
Durante todos esos viajes, los colaboradores más jóvenes de Da Vinci y Sabishii corrían juntos por el macizo, y regresaban al laberinto de la ciudad y pasaban toda la noche parloteando geomancia y areomancia, ecopoéticas, intercambio de calor, los cinco elementos, gases de invernadero… Un fermento creativo que a Sax le parecía muy prometedor.