Felizmente, en aquel contexto las plantas eran penosamente escasas. Tempe no era como Tyrrhena, ni siquiera como las riberas del Glaciar Arena. Sin un trabajo activo de jardinería, sólo eso se conseguía. El mundo seguía siendo sobre todo roca.
Por otra parte, Tempe estaba a baja altura y era húmeda; el océano de hielo se encontraba unos pocos kilómetros al noroeste. Johnnie Appleseed había sobrevolado varias veces toda la línea costera meridional del nuevo mar, como parte de los esfuerzos de Biotique, iniciados varias décadas antes, cuando Sax estaba en Burroughs. Si se miraba con mucha atención, se veían algunos líquenes y pequeñas porciones de fellfield. Y también algunos árboles de krummholz, medio enterrados en la nieve. Todas esas plantas estaban en dificultades en aquel verano septentrional convertido en invierno, excepto el liquen, por supuesto. Ya predominaban los colores otoñales en las diminutas hojas de la koenigia, aferrada al suelo, en los botones de oro pigmeos, en la hierba de las nieves y por supuesto en la saxífraga ártica. Esos colores camuflaban el mundo vegetal en aquel ambiente de roca roja; muchas veces Sax no veía las plantas hasta que estaba a punto de pisarlas. Y naturalmente no se le ocurría llamar la atención de Ann sobre ellas, de manera que cuando tropezaba con alguna le echaba una rápida mirada evaluadora y seguía adelante.
Subieron a una loma que dominaba el cañón al oeste del refugio, y allí lo tenían: el gran mar de hielo, de un naranja broncíneo con las últimas luces del día. Llenaba las tierras bajas en una gran curva y formaba su propio horizonte de sudoeste a nordeste. Las mesas del terreno fracturado asomaban entre el hielo como farallones en el mar o islas de paredes verticales. A decir verdad, esa parte de Tempe iba a ser una de las líneas costeras más dramáticas de Marte; los extremos inferiores de algunas de las fossae se convertirían en largos fiordos o lochs. Y uno de los cráteres costeros estaba justo al nivel del mar y tenía una brecha en el lado del mar, lo que formaba una bahía perfectamente redonda de unos quince kilómetros de diámetro con un canal de entrada de dos kilómetros de ancho. Más al sur, el terreno fracturado al pie del Gran Acantilado crearía una verdadero archipiélago de las Hébridas, y muchas de esas islas serían visibles desde los acantilados del continente. Sí, una dramática línea costera. Como podía apreciarse ya mirando las quebradas láminas de hielo crepuscular.
Pero por supuesto nada de eso debía ser comentado. Ninguna mención del hielo, del revoltijo de icebergs mellados en la nueva orilla. Los icebergs se habían formado según un proceso que Sax desconocía, aunque le interesaba; pero no podía manifestarlo. Tenía que guardar silencio, como si hubiese entrado en un cementerio.
Abochornado, se agachó para examinar un espécimen de ruibarbo tibetano que casi había pisado. Pequeñas hojas rojas formaban una cabezuela que salía de un bulbo rojo.
Ann estaba mirando por encima de su hombro.
—¿Está muerta?
—No. —Sax arrancó unas pocas hojas muertas del exterior de la cabezuela y le mostró las hojas brillantes de debajo.— Está endureciéndose para el invierno. Engañada por la disminución de la luz. — Sax continuó, como hablando para sí mismo:— Muchas plantas morirán, sin embargo. La inversión térmica —«la temperatura del aire se volvía más fría que la temperatura de superficie»— sobrevendrá más o menos de la noche a la mañana. No tendrán oportunidad de endurecerse. Y muchas morirán por la helada. Las plantas toleran esos cambios mucho mejor que los animales. Pero los insectos son sorprendentemente aptos, considerando que son pequeños contenedores de líquido. Están provistos de crioprotectores. Creo que podrán resistir cualquier cosa.
Ann seguía inspeccionando la planta, y Sax se calló. Está viva, quería decirle. Dado que los miembros de una biosfera dependen de los otros para existir, la planta forma parte de tu cuerpo. ¿Cómo puedes odiarla?
Pero ella se negaba a recibir el tratamiento.
El mar de hielo era una llamarada de bronce y coral. El sol se estaba poniendo, tendrían que regresar. Ann se incorporó y echó a andar, una silueta oscura, silenciosa. Sax podía hablarle al oído, incluso en ese momento, cuando ella estaba a cien metros de distancia, a doscientos, una diminuta figura negra en la gran llanura del mundo. Pero no le habló; habría sido una invasión de su intimidad, de sus pensamientos. Pero cuánto deseaba Sax conocer aquellos pensamientos, preguntarle ¿qué piensas? Háblame, Ann. Comparte tus pensamientos.
El intenso deseo de hablar con alguien, agudo como cualquier otro dolor; a eso se refería la gente cuando hablaban de amor. O más bien eso era lo que Sax reconocería como amor. Sólo el intenso deseo de compartir los pensamientos. Sólo eso. Oh, Ann, por favor, háblame.
Pero Ann no le habló. En ella las plantas no parecían producir el mismo efecto que en él. Parecía odiarlas de verdad, pequeños emblemas de su cuerpo, como si la viriditas no fuera más que un cáncer que la roca debía padecer. En los crecientes ventisqueros las plantas ya casi no se distinguían. Estaba oscureciendo, se avecinaba otra tormenta, nubes bajas sobre un mar de oscuridad y cobre. Un cojín de musgo, una superficie de roca cubierta de liquen; pero casi todo era roca desnuda, como había sido siempre. No obstante…
Y entonces, en la puerta de la antecámara del refugio, Ann se desvaneció. Al caer su cabeza golpeó contra el marco de la puerta. Sax sostuvo el cuerpo inerte cuando estaba a punto de derrumbarse sobre un banco adosado a la pared interior. A medias la cargó, a medias la arrastró a través de la antecámara. Después cerró la puerta exterior, y cuando la cámara estuvo presurizada la arrastró hasta el vestuario. Debía de haber estado gritando por la frecuencia común, porque cuando se quitó el casco, había cinco o seis rojas en la habitación, más de las que había visto en el refugio hasta el momento. Una de las mujeres que le habían puesto tantas trabas, la bajita, resultó ser el médico de la estación, y cuando colocaron a Ann sobre una mesa con ruedas que hacía las veces de camilla, la mujer abrió la marcha hacia la clínica médica del refugio, y allí se hizo cargo de todo. Sax ayudó en lo que pudo, quitó las botas de los largos pies de Ann con manos temblorosas. Su pulso, comprobó su consola de muñeca, era de 145, y se sentía acalorado y mareado.
—¿Ha sufrido una apoplejía? —preguntó—. ¿Creen que ha sufrido una apoplejía?
La mujer bajita pareció sorprendida.
—No creo. Se desmayó y se golpeó la cabeza.
—Pero ¿por qué se ha desmayado?
—No lo sé.
La doctora miró a la mujer alta, sentada junto a la puerta. Sax comprendió que eran las máximas autoridades del refugio.
—Ann dejó instrucciones de que no la conectáramos a ningún sistema de soporte vital si alguna vez se encontraba incapacitada.
—No —se opuso Sax.
—Instrucciones muy explícitas. Lo prohibió. Lo dejó todo por escrito.
—Utilizarán lo que sea para mantenerla con vida —dijo Sax, con la voz ronca por el esfuerzo. Todo lo que decía desde que Ann se desmayara era una sorpresa para él. Era testigo de sus propias acciones tanto como aquellas mujeres. Se oyó decir—: Eso no significa que tengan que mantenerla conectada si no recupera la conciencia. Me refiero sólo a un mínimo razonable, para estar seguros de que no se va por una tontería.