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La reacción a esta propuesta fue bastante positiva. Para empezar, tenía la ventaja de que se ajustaba a la situación existente. Mijail, líder del partido bogdanovista, señaló que era una variante de la antigua comuna de comunas, y puesto que la sugerencia había partido de Sax, muy pronto fue conocida como el plan del «laboratorio de laboratorios». Pero el problema de fondo persistía, como se apresuró a señalar Nadia; Sax se había limitado a definir lo local y lo global. Todavía tenían que analizar cuánto poder tendría la confederación global sobre las ciudades-estado semiautónomas. Demasiado, volvían otra vez a un gran estado centralizado, Marte mismo como nación, una perspectiva que la mayoría de las delegaciones aborrecía.

—Pero si es demasiado restringido —declaró Jackie enfáticamente en el seminario sobre derechos humanos—, habrá tiendas que decidan que la esclavitud es admisible, o la mutilación sexual femenina, o cualquier otro crimen basado en la barbarie terrana, excusable en nombre de los «valores culturales». Y eso es inaceptable.

—Jackie tiene razón —dijo Nadia, hecho suficientemente inusual como para llamar la atención de los asistentes—. Afirmar que algún derecho fundamental es ajeno a una cultura… apesta, no importa quién lo diga, fundamentalistas, patriarcas, leninistas, metanacs, cualquiera. No se saldrán con la suya aquí, no si yo puedo evitarlo.

Art advirtió que más de un delegado fruncía el entrecejo ante esta declaración, que sin duda les parecía una versión del secular relativismo de Occidente o hasta del hipernorteamericanismo de John Boone. La oposición a las metanacs incluía a muchos que intentaban preservar viejas culturas, y éstas a menudo mantenían sus jerarquías casi intactas; a los que ocupaban los escalones superiores en esas jerarquías les gustaba esa forma de vida, igual que a un número sorprendentemente elevado de los que ocupaban los escalones inferiores.

Los jóvenes nativos marcianos, sin embargo, parecían sorprendidos de que aquello se discutiese siquiera. Para ellos los derechos fundamentales eran innatos e irrevocables, y cualquier desafío les parecía una más de las cicatrices emocionales que los issei revelaban como resultado de sus traumáticas y disfuncionales educaciones terranas. Ariadne, una de las nativas más prominentes, se levantó para decir que el grupo de Dorsa Brevia había estudiado muchas declaraciones de derechos humanos terranas y que habían confeccionado una lista propia de derechos fundamentales del individuo, que se podía someter a discusión o, insinuó, aprobar sin más. Algunos rebatieron este o aquel punto, pero más o menos de forma unánime se decidió que era necesario tener una declaración de derechos de algún tipo sobre la mesa. De modo que muchos valores imperantes en Marte en el año 52 estaban a punto de ser codificados y pasar a ser el componente principal de la constitución.

La naturaleza exacta de esos derechos era todavía materia de controversia. Los llamados «derechos políticos» en general se consideraban «evidentes»: aquello que los ciudadanos podían hacer libremente, lo que el gobierno tenía prohibido hacer, hábeas corpus, libre circulación, libertad de expresión, de asociación, de religión, prohibición de armamentos… todo esto fue aprobado por una vasta mayoría de nativos marcianos, aunque algunos issei originarios de lugares como Singapur, Cuba, Indonesia, Tailandia y China miraban con recelo tanto énfasis en la libertad individual. Otros delegados tenían reservas sobre una clase distinta de derechos, la de los llamados «derechos sociales o económicos», como por ejemplo el derecho a una vivienda, atención médica, educación, empleo, una parte de los beneficios generados por el uso de los recursos naturales, etcétera. A muchos delegados issei con experiencia real en gobiernos terranos les preocupaba bastante este sector de derechos, y señalaban que era peligroso incluirlos en la constitución. Se había hecho en la Tierra, dijeron, para descubrir que era imposible mantener esas promesas, y la constitución que los garantizaba empezó a verse como un truco publicitario del que todos se burlaban, y que había acabado siendo un mal chiste.

—Incluso así —dijo Mijail con acritud—, si no puedes permitirte tener un hogar, entonces es tu derecho al voto lo que es un mal chiste.

Los jóvenes nativos compartían este parecer, igual que muchos otros. De manera que los derechos económicos o sociales también estaban sobre la mesa, y las discusiones sobre cómo iban a garantizarse en la práctica ocuparon más de una larga sesión.

—Político, social, es todo lo mismo —dijo Nadia—. Hagamos que todos los derechos funcionen.

El trabajo continuaba, tanto alrededor de la gran mesa como en las oficinas donde se reunían los subgrupos. Incluso la UN estaba presente, en la persona de Derek Hastings, que había bajado del ascensor y participaba vigorosamente en los debates; su opinión tenía un peso peculiar. Incluso empezaba a mostrar síntomas del síndrome de Estocolmo, pensó Art: cuanto más tiempo pasaba discutiendo con unos y otros en el almacén, más comprensivo era. Y eso afectaría a sus superiores en la Tierra.

Los comentarios y sugerencias llovían de todo Marte, y desde la Tierra también, llenaban las pantallas que cubrían una de las paredes de la gran sala. El interés por lo que estaba ocurriendo en el congreso era alto, y rivalizaba incluso con la gran inundación de la Tierra en la atención del público.

—La telenovela del momento —le dijo Art a Nadia.

Todas las noches los dos se encontraban en la pequeña oficina y hacían la llamada habitual a Nirgal y los otros. La demora de las respuestas de los viajeros iba aumentando, pero a ellos no les importaba; tenían mucho en qué pensar mientras esperaban.

—El problema local contra global va a ser duro de pelar —comentó Art una noche—. Es una verdadera contradicción, pienso. Me refiero a que no es sólo el resultado de un pensamiento confuso. Queremos desde luego un cierto control global, y sin embargo, queremos también libertad para las tiendas. Dos de nuestros valores fundamentales están en contradicción.

—Tal vez sirva el sistema suizo —sugirió Nirgal unos minutos después—. Eso es lo que John Boone solía decir siempre.

Pero a los suizos de Pavonis la idea no les entusiasmaba lo más mínimo.

—Sería mejor un contramodelo —dijo Jurgen, con una mueca—. Estoy en Marte a causa del gobierno federal suizo. Lo sofoca todo. Necesitas permiso hasta para respirar.

—Y los cantones ya no tienen ningún poder —añadió Priska—. El gobierno federal se lo arrebató.

—En algunos de los cantones eso fue apropiado —señaló Jurgen.

—Más interesante que Berna sería el Graubunden, la Liga Gris — continuó Priska—. Una confederación abierta de ciudades en el sudeste suizo que existía hace cuatrocientos años. Una organización muy provechosa.

—¿Podrías hacernos llegar toda la información disponible sobre ella?

—dijo Art.

La noche siguiente él y Nadia estudiaron las descripciones del Graubunden que Priska había enviado. Bien, durante el Renacimiento los asuntos eran en cierto modo simples, pensó Art. Tal vez se equivocaba, pero por alguna razón los acuerdos extremadamente abiertos de las pequeñas ciudades suizas de montaña no parecían aplicables a las densamente interconectadas economías de los asentamientos marcianos. El Graubunden no había tenido que preocuparse de si generaba cambios no deseados en la presión atmosférica, por ejemplo. No, lo cierto era que se encontraban en una situación nueva. No existía ninguna analogía histórica que pudiera ayudarlos.

—Hablando de lo local contra lo global —dijo Irishka—, ¿qué hay de la tierra que queda fuera de las tiendas y de los cañones cubiertos? —La mujer había emergido como líder de los rojos presentes en Pavonis, una moderada que podía hablar en nombre de casi todas las facciones del movimiento rojo, y que por tanto se había ido convirtiendo en una figura poderosa con el paso de las semanas.— Eso representa el grueso de la tierra de Marte, y en Dorsa Brevia acordamos que no podía pertenecer a nadie, que todos la administraríamos en comunidad. La cosa ha funcionado bien hasta el momento, pero a medida que crezca la población y se construyan nuevas ciudades, va a suponer un problema cada vez más complicado decidir quién la controla.