Un nuevo intento. Nadia inició un nuevo ciclo: vuelta a Sheffield, compromiso con el trabajo en el consejo, asco creciente mezclado con desesperación; buscaba cualquier cosa que la sacara de allí, descubría algún proyecto prometedor y se aferraba a él, corría a estudiarlo. Como Art había dicho, podía mangonear a su antojo. También eso era poder.
La vez siguiente fue el suelo lo que la atrajo.
—Aire, agua, tierra —dijo Art—. Después serán los bosques pirófilos, ¿no?
Nadia se había enterado de que en Bogdanov Vishniac había científicos que intentaban manufacturar suelo, y eso le interesaba. De modo que voló a Vishniac, en el sur, donde no había estado hacía años. Art la acompañó.
—Será interesante ver cómo se han adaptado las viejas ciudades de la resistencia ahora que no hay necesidad de ocultarse.
—Si he de serte franca, no comprendo cómo hay gente que se queda allí —dijo Nadia mientras sobrevolaban la accidentada región polar meridional—. Están tan al sur que el invierno dura todo el año. Seis meses sin sol. ¿Quién querría quedarse?
—Siberianos.
—Ningún siberiano en su sano juicio se instalaría allí. Ya conocen el paño.
—Lapones, entonces, o innuit. Gente a la que le gustan los polos.
—Supongo.
Resultó que nadie en Bogdanov Vishniac hacía demasiado caso del invierno. Habían redistribuido la pared del agujero de transición en un anillo que rodeaba el agujero, creando de ese modo un inmenso y escalonado anfiteatro circular que miraba al vacio, la Vishniac de superficie. Durante los veranos sería un oasis verde, y durante los oscuros inviernos, un oasis blanco; pensaban iluminarla con cientos de farolas, una ciudad que se contemplaba a sí misma sobre un abismo circular, y que desde el muro superior miraba el caos helado de las tierras altas polares. Tenían intención de quedarse, era evidente. Aquél era su hogar.
En el aeropuerto, Nadia fue recibida como un huésped especial, como siempre que estaba entre bogdanovistas. Antes de unirse a ellos esto le había parecido ridículo e incluso ofensivo: ¡la novia del Fundador! Pero esta vez aceptó la suite que le ofrecían en el reborde del agujero de transición, con una ventana que sobresalía ligeramente sobre los dieciocho mil metros de caída vertical. Las luces en el fondo del agujero parecían estrellas vistas a través del planeta.
Art estaba petrificado, no por la vista sino por el mero hecho de pensar en semejante vista, y ni siquiera se acercó a esa mitad de la habitación. Nadia se rió de él, y cuando hubo visto bastante, corrió las cortinas.
Al día siguiente fue a visitar a los científicos del suelo, a quienes les halagó el interés que ella mostraba. Querían conseguir el autoabastecimiento alimentario, y en vista de que cada vez más colonos se instalaban en el sur, sin más suelo sería imposible. Pero habían descubierto que fabricar suelo era uno de los desafíos técnicos más difíciles a los que se habían enfrentado. Nadia se sorprendió al oír esto; al fin y al cabo, aquéllos eran los laboratorios de Vishniac, líderes mundiales en ecologías con soporte tecnológico, que llevaban décadas viviendo ocultos en un agujero de transición. Y el mantillo era, caramba, pues tierra, tierra con aditivos, presumiblemente, y los aditivos podían añadirse.
Cuando ella expuso estas reflexiones, el científico que le hacía de guía, un tal Arne, le dijo con cierta exasperación que el suelo era un asunto muy complejo. Alrededor de un cinco por ciento de su masa eran seres vivos, y ese cinco por ciento crítico consistía en densas poblaciones de nematodos, gusanos, moluscos, artrópodos, insectos, arácnidos, pequeños mamíferos, hongos, protozoos, algas y bacterias. Las bacterias estaban representadas por miles de especies diferentes y podían contarse cien millones de individuos por gramo de tierra. Y los demás miembros de la microcomunidad eran igualmente numerosos, tanto en variedad como en cantidad.
Una ecología tan compleja no podía fabricarse como Nadia había imaginado, es decir, produciendo los ingredientes por separado y luego mezclándolos como si fuera un pastel. Además los científicos no conocían todos los ingredientes ni podían fabricarlos todos, y algunos de los que obtenían morían al mezclarlos.
—Los gusanos son especialmente sensibles, y los nematodos. bastante delicados. Todo el sistema sucumbe y nos deja con minerales y materia orgánica muerta. Eso es el humus. Somos muy buenos fabricando humus, pero el mantillo tiene que formarse.
—Que es lo que sucede en el proceso natural.
—Así es. Sólo podemos intentar acelerar el proceso natural de formación. Además, no podemos trabajar con grandes cantidades. Y la mayoría de los componentes vivos se desarrollan mejor en suelo ya formado, así que es problemático añadir cepas de organismos a un ritmo más rápido que el del proceso natural.
—Humm —murmuró Nadia.
Arne la llevó a visitar los laboratorios e invernaderos, atestados de pedones, altas cubas y tubos cilíndricos alineados en anaqueles que contenían suelo o sus componentes. Aquello era agronomía experimental, y por su experiencia con Hiroko, seguramente no entendería nada. El esoterismo de la ciencia se le escapaba. Comprendió que estaban efectuando ensayos factoriales, alterando las condiciones en cada pedón y viendo qué ocurría. Con una fórmula describían los aspectos generales del problema:
que venía a decir que cualquier propiedad del suelo S era una función (f) de las variables semiindependientes, material matriz (MM), clima (C), topografía o relieve (R), biota (B) y tiempo (T). El tiempo era evidentemente el factor que estaban intentando acelerar; y el material matriz en muchos de sus ensayos era la ubicua arcilla de la superficie marciana. El clima y la topografía se habían alterado en algunos ensayos para imitar las diferentes situaciones de campo; pero sobre todo jugaban con los elementos bióticos y orgánicos. Eso significaba microecología altamente sofisticada, y cuanto más aprendía Nadia sobre el tema, más complicada le parecía la tarea; no era tanto construcción como alquimia. Muchos elementos tenían que sufrir una serie de transformaciones dentro del suelo para poder contribuir al crecimiento de las plantas, y cada elemento tenía su ciclo particular, influido por una serie distinta de agentes. Estaban los macronutrientes (carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, fósforo, azufre, potasio, calcio y magnesio) y luego los micronutrientes (hierro, manganeso, zinc, cobre, molibdeno, boro y cloro). Ninguno de estos ciclos de nutrientes era cerrado, puesto que se producían pérdidas a causa de la lixiviación, la erosión, la explotación minera y la desgasificación; la adición era igualmente variada e incluía la absorción, la erosión, la acción microbiana y la aplicación de fertilizantes. Las condiciones que permitían la circulación de estos elementos eran tan variadas que algunos suelos favorecían los ciclos y otros los entorpecían en diferentes grados; cada suelo tenía niveles distintos de pH, salinidad, compactación, etcétera. De manera que había cientos de suelos en aquellos laboratorios y miles más en la Tierra.
En los laboratorios de Vishniac el material matriz era la base de la mayoría de los experimentos. Eones de tormentas de polvo habían reciclado ese material por todo el planeta hasta que acabó teniendo más o menos el mismo contenido en todas partes: la típica unidad de suelo marciano estaba formada por partículas de hierro y sílice. En la superficie a menudo había partículas sueltas, y debajo los distintos grados de cementación entre partículas habían formado un material aterronado más compacto conforme se ganaba profundidad.