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—Me di cuenta de que los cilindros de hielo eran del mismo diámetro que las columnas de los griegos —dijo George, todavía satisfecho consigo mismo—. Después todo resultó obvio. Y el extractor funciona a la perfección, así que dispusimos de algún tiempo libre.

—Queda muy bien —dijo Simón. Y era verdad: monumento alienígena, visita de los sueños, brillaba como carne en el largo crepúsculo, como si la sangre corriera bajo el hielo—. Un templo a Ares.

—A Neptuno —corrigió George—. No creo que deseemos invocar muy a menudo a Ares.

—En especial con el grupo que hay en el campamento —dijo Ann.

Mientras conducían hacia el sur, la carretera de huellas y radiofaros corría delante de ellos, tan nítida como cualquier autopista asfaltada. No fue necesario que Ann les hiciera notar hasta qué punto esto cambiaba las sensaciones del viaje; ya no estaban explorando tierra virgen, y la naturaleza del paisaje era distinta, hendida a izquierda y derecha por las líneas paralelas de rodadas entrecruzadas y por las latas verdes, ligeramente oscurecidas con polvo escarchado, que marcaban «el camino». Ya no era un yermo… después de todo, ése era el propósito: abrir carreteras. Podían encomendar la conducción al piloto automático del Rover Tres, y a menudo lo hacían.

Rodaban a treinta km/h, mirando el paisaje dividido en dos, o hablando, lo que era poco frecuente, excepto la mañana en que se enzarzaron en una discusión sobre Frank Chalmers: Ann mantenía que era completamente maquiavélico, Phyllis insistía en que no era peor que cualquier otro en el poder, y Nadia, que recordó las charlas con él acerca de Maya, sabía que era un hombre muy complicado. Pero la falta de discreción de Ann la consternó, y mientras Phyllis se embarcaba en la historia de cómo Frank los había mantenido unidos en los últimos meses del viaje, Nadia le echó una mirada feroz a Ann, tratando de darle a entender que estaba hablando en el grupo equivocado. Más adelante, Phyllis usaría esas indiscreciones contra ella, evidente. Pero Ann era muy mala interpretando miradas.

Entonces, de pronto, el rover frenó y aminoró la velocidad hasta detenerse. Nadie había estado mirando afuera, y de un salto todos se plantaron ante la ventana.

Allí, delante de ellos, había una lámina blanca y plana de unos cien metros que cubría el camino.

—¿Qué es eso? —gritó George.

—Nuestra bomba de permafrost —dijo Nadia, señalando—. Tiene que haberse roto.

—¡O ha funcionado demasiado bien! —exclamó Simón—. ¡Es hielo de agua!

Pasaron el rover a manual y se acercaron. El vertido cubría el camino como un flujo de lava blanca. Lucharon para ponerse los trajes, salieron del módulo, y caminaron hasta el borde del líquido congelado.

—Nuestra propia pista de hielo —dijo Nadia, y fue hacia la bomba. Abrió el almohadillado aislante y miró—. Aja… un agujero en el aislamiento… el agua se congeló justo aquí, y atascó la llave de paso, que estaba abierta. Bastante presión, yo diría. Al fin el agua se congeló.

Un martillazo y quizá tengamos nuestro propio geiser en miniatura.

Fue hasta el armario de herramientas, en la parte inferior del módulo, y sacó un pico.

—¡Cuidado!

Le dio un único golpe a la masa blanca de hielo, en el punto donde la bomba se unía con el tubo de alimentación. Un chorro grueso de agua subió un metro en el aire, y todos gritaron. El agua cayó salpicando la lámina blanca de hielo. Humeaba aún cuando se congeló a los pocos segundos, formando una hoja blanca lobulada sobre el hielo ya existente.

—¡Miren!

También el agujero se congeló, el chorro de agua se interrumpió y el vapor se dispersó.

—¡Miren a qué velocidad se ha congelado!

—Parece como uno de esos cráteres líquidos —comentó Nadia con una sonrisa.

Había sido un espectáculo hermoso, con el agua derramándose y soltando vapor frenéticamente mientras se congelaba.

Nadia picó el hielo alrededor de la válvula de cierre mientras Ann y Phyllis discutían sobre la migración del permafrost y las cantidades de agua en aquella latitud, etc. Uno pensaría que ya estarían hartas. Pero se caían realmente mal y eran incapaces de dominarse. No harían juntas otro viaje, no cabía duda. La misma Nadia se resistiría a viajar de nuevo con Phyllis, George y Edvard, eran demasiado pagados de sí mismos, un grupo en exceso cerrado. Pero Ann también estaba demasiado alejada de los demás; si no se andaba con cuidado se quedaría sin nadie que la acompañara en sus expediciones. Por ejemplo, Frank… ese comentario la otra noche, y luego elegir a Phyllis para decirle lo horrible que era él… increíble.

Y si apartaba a todo el mundo menos a Simón, se moriría por tener una charla, pues Simón Frazier era el más silencioso de los cien. Apenas si había dicho veinte frases en todo el viaje: era extraño, como ir con un sordomudo. Salvo, quizá, que hablara con Ann cuando estaban solos, ¿quién podía saberlo?

Nadia cerró la válvula y luego cubrió toda la bomba.

—Tan al norte necesitaremos un aislamiento todavía más grueso —dijo para nadie en particular mientras llevaba las herramientas al rover. Estaba cansada de tanto tiroteo verbal, ansiosa por regresar al campamento y a su trabajo. Tenía ganas de hablar con Arkadi; ella haría reír. Y sin intentarlo, sin siquiera saber exactamente cómo, también ella lo haría reír.

Guardaron algunos trozos del vertido de hielo con el resto de las muestras, y dispusieron cuatro radiofaros para guiar a los pilotos robot.

—Aunque quizá se sublime, ¿no? —dijo Nadia. Ann, ensimismada, no oyó la pregunta.

—Hay un montón de agua aquí arriba —musitó para sí misma, como preocupada.

—Tienes toda la maldita razón —exclamó Phyllis—. ¿Y ahora por qué no echamos un vistazo a esos depósitos que vimos en el extremo norte de Mareotis?

A medida que se acercaban a la base, Ann se volvió más solitaria y lacónica, la cara tensa como una máscara.

—¿Qué sucede? —le preguntó Nadia una noche, cuando estaban fuera juntas arreglando un radiofaro defectuoso.

—No quiero volver —repuso Ann. Estaba arrodillada junto a una roca, astillando una lasca—. No quiero que este viaje termine. Me gustaría seguir viajando todo el tiempo, bajar a los cañones, subir al borde de los volcanes, entrar en el caos y las montañas que rodean Hellas. No quiero parar nunca. —Suspiró.— Pero… soy parte del equipo. Así que tengo que bajar de nuevo al cuchitril con todos los demás.

—¿De verdad es tan malo? —preguntó Nadia, pensando en las hermosas cámaras abovedadas, en el humeante baño de hidromasaje, en un vaso de vodka helado.

—¡Tú sabes que sí! Veinticuatro horas y media al día, bajo tierra en esos cuartos pequeños, con Maya y Frank y sus intrigas políticas, Arkadi y Phyllis discutiéndolo todo, ahora entiendo por qué, créeme… y George quejándose y John flotando en una nube e Hiroko obsesionada con su pequeño imperio… también Vlad, también Sax… quiero decir, ¡vaya grupo!

—No es peor que cualquier otro. Ni peor ni mejor. Tienes que aceptarlo. No podrías estar aquí sola.

—No. Pero, en cualquier caso, cuando estoy es como si no estuviera.

¡Es como estar de vuelta en la nave!

—No, no —dijo Nadia—. Has olvidado cómo era. —Le dio un puntapié a la roca en la que trabajaba Ann, y ésta alzó la vista, sorprendida.— Puedes patear las piedras, ¿ves? Estamos aquí, Ann. Aquí en Marte, de pie en su superficie. Y todos los días puedes salir e ir de aquí para allá. Y con el puesto que ocupas, harás más viajes que nadie.

Ann apartó la vista.

—Lo que pasa es que a veces no parece suficiente. Nadia la miró.

—Oye, Ann, lo que nos mantiene bajo tierra es la radiación más que cualquier otra cosa. Lo que estás diciendo en realidad es que quieres que la radiación desaparezca. Lo que significa espesar la atmósfera, lo que significa terraformar.