– He dicho qué cono estás haciendo.
– Iba a hacer la colada y pasé por aquí, porque tenía la mitad de mis cosas en el camarote. Entonces aparecisteis vosotros dos y cuando tú te pusiste a hablar supe que no podía salir.
Mantuvo en las manos el montón de ropa como prueba de lo que estaba diciendo.
– Así que me senté en la cama y esperé.
– Y has escuchado todo lo que hemos dicho.
– Es una locura de caso, tío. ¿Qué vas a hacer? He visto a ese Bosch en Court TV. Parece que está un poco tenso.
– Yo sé lo que no voy a hacer. No voy a hablar contigo de esto. -McCaleb señaló la puerta de cristal-. Vete, Buddy, y no digas ni una palabra de esto a nadie. ¿Me has entendido?
– Claro, entendido. Yo sólo estaba…
– Marchándome.
– Lo siento, tío.
– Yo también.
McCaleb abrió la corredera y Lockridge salió como un perro con el rabo entre las piernas. McCaleb tuvo que contenerse para no darle una patada en el trasero. En lugar de eso corrió la puerta con cara de pocos amigos y ésta tembló en su marco. Se quedó allí mirando a través del cristal hasta que vio a Lockridge subir toda la rampa y entrar en el edificio donde había un servicio de lavandería con monedas.
Su escucha había comprometido la investigación. McCaleb sabía que debería llamar al busca de Winston de inmediato y contárselo para ver cómo quería manejarlo ella. Pero lo dejó estar. Lo cierto era que no quería hacer ningún movimiento que pudiera apartarlo de la investigación.
19
Después de poner la mano sobre la Biblia y prometer decir toda la verdad, Harry Bosch se sentó en la silla de los testigos y levantó la vista hacia la cámara instalada sobre la tribuna del jurado. La mirada del mundo estaba puesta en él, y lo sabía. El juicio estaba siendo trasmitido en directo por Court TV y localmente por Channel 9. Trató de no aparentar nerviosismo, pero sabía que los miembros del jurado no eran los únicos que estarían estudiándolo y juzgando su actuación y su personalidad. Era la primera vez después de muchos años de testificar en juicios penales que no se sentía completamente a gusto. Estar del lado de la verdad no le reconfortaba cuando sabía que la verdad tendría que recorrer una traicionera carrera de obstáculos cuidadosamente dispuestos por un acusado rico y bien conectado y por su rico y bien conectado abogado.
Dejó la carpeta azul -el expediente de la investigación de asesinato- en la repisa del estrado de los testigos y se acercó el micrófono. Sonó un agudo chirrido que hirió los oídos de todos los presentes en la sala.
– Detective Bosch, le ruego que no toque el micrófono -entonó el juez Houghton.
– Disculpe, señoría.
Un ayudante del sheriff que actuaba como alguacil del juez se acercó al estrado, apagó el micrófono y ajustó la posición. Cuando Bosch hizo una señal con la cabeza desde su nueva posición, el alguacil volvió a encenderlo. El ayudante del juez pidió entonces a Bosch que dijera su nombre completo y que lo deletreara para el acta.
– Muy bien -dijo el juez después de que Bosch concluyó-. ¿Señora Langwiser?
La ayudante del fiscal del distrito Janis Langwiser se levantó de la mesa de la acusación y se acercó al atril del letrado. Llevaba un bloc amarillo con las preguntas escritas. Ocupaba el segundo lugar en la mesa de la acusación, pero había trabajado con los investigadores desde el inicio del caso y se había decidido que ella llevaría el testimonio de Bosch.
Langwiser era una fiscal joven y prometedora de la fiscalía del distrito. En el curso de unos pocos años había pasado de preparar casos para fiscales más experimentados a manejarlos y llevarlos a juicio ella misma. Bosch había trabajado con ella con anterioridad en un caso políticamente delicado conocido como los asesinatos del Vuelo del Ángel. La experiencia resultó en su recomendación como segunda de Kretzler. Después de trabajar con ella de nuevo, Bosch había comprobado que su primera impresión estaba bien fundada. Langwiser tenía un control y una memoria absolutos sobre los hechos del caso. Mientras que otros fiscales habrían tenido que rebuscar entre los informes de pruebas para localizar un dato, ella había memorizado la información y su localización exacta. Pero su capacidad no se reducía a las minucias. Nunca perdía de vista el panorama completo, el hecho de que sus esfuerzos estaban puestos en retirar definitivamente de la circulación a David Storey.
– Buenas tardes, detective Bosch -empezó ella-. ¿Tendría la amabilidad de explicar brevemente al jurado su carrera como oficial de policía?
Bosch se aclaró la garganta.
– Sí, llevo veintiocho años en el Departamento de Policía de Los Ángeles. He pasado más de la mitad de ese tiempo investigando homicidios. Soy detective de grado tres asignado a la brigada de homicidios de la División de Hollywood.
– ¿Qué significa detective de grado tres?
– Es el rango más alto de un detective, equivalente a sargento, pero no hay sargentos detectives en la policía de Los Ángeles. Desde el grado tres el siguiente puesto sería el de teniente de detectives.
– ¿Cuántos homicidios diría que ha investigado a lo largo de su carrera?
– No llevo la cuenta, pero diría que al menos unos cuantos cientos en quince años.
– Unos cuantos cientos. -Langwiser miró al jurado cuando recalcó la última palabra-. Y como detective de grado tres es actualmente jefe de una brigada de homicidios.
– Tengo algunas labores de supervisor. También soy el oficial al mando de un equipo de tres personas que lleva las investigaciones de homicidios.
– Como tal estuvo usted a cargo del equipo que fue llamado a la escena de un homicidio el trece de octubre del pasado año, ¿correcto?
– Es correcto.
Bosch miró hacia la mesa de la defensa. David Storey tenía la cabeza baja y estaba usando su rotulador de fibra para dibujar en un bloc. Llevaba haciendo lo mismo desde que se había iniciado la selección del jurado. La mirada de Bosch fue hasta el abogado defensor y se clavó en los ojos de J. Reason Fowkkes. Bosch sostuvo la mirada hasta que Langwiser formuló la siguiente pregunta.
– ¿Era el homicidio de Donatella Speers?
Bosch miró de nuevo a Langwiser.
– Exacto. Ése es el nombre que utilizaba.
– ¿No era su nombre real?
– Era su nombre artístico, supongo que podríamos llamarlo así. Ella era actriz y se cambió el nombre. Su verdadero nombre era Jody Krementz.
El juez interrumpió y pidió a Bosch que deletreara los nombres para el estenógrafo. Luego Langwiser continuó.
– Cuéntenos las circunstancias del aviso. Explíquenoslo, detective Bosch. ¿Dónde estaba usted, qué estaba haciendo, cómo es que éste se convirtió en su caso?
Bosch se aclaró la garganta y estaba a punto de aproximarse el micrófono cuando recordó lo que había ocurrido la vez anterior. Dejó el micrófono en su sitio y se inclinó hacia adelante.
– Mis dos compañeros y yo estábamos almorzando en un restaurante llamado Musso and Frank's, en Hollywood Boulevard. Era viernes y solemos comer allí si tenemos tiempo. A las once y cuarenta y ocho sonó mi busca. Reconocí el número de mi supervisora, la teniente Grace Billets. Mientras la estaba llamando también sonaron los buscas de mis compañeros, Jerry Edgar y Kizmin Rider. En ese momento supimos que probablemente había surgido un caso. Me puse en contacto con la teniente Billets y ella envió a mi equipo al mil uno de Nichols Canyon Road, donde los patrulleros ya habían acudido junto con una ambulancia porque se había producido una llamada de emergencia. Ellos me explicaron que una joven había sido hallada muerta en su cama en circunstancias extrañas.
– ¿Entonces fue usted a esa dirección?
– No. Los tres habíamos ido en mi coche a Musso's, así que los llevé otra vez a la comisaría de Hollywood, que está a unas manzanas de distancia, y dejé a mis compañeros para que pudieran coger sus respectivos vehículos. Entonces los tres nos dirigimos por separado a esa dirección. Nunca se sabe adonde tendrá que ir uno desde la escena del crimen. El procedimiento habitual es que cada detective lleve su propio coche.