– Es una venganza.
McCaleb asintió.
– Por Pounds. Y a menos que consigamos la prueba, podría funcionar.
Bosch guardó silencio. Bajó la mirada hacia la mesa. McCaleb lo vio cansado y derrotado.
– ¿Todavía quieres estrecharle la mano? -preguntó McCaleb.
Bosch levantó la mirada.
– Lo siento, Harry, ha sido un golpe bajo.
Bosch bajó la cabeza y se encogió de hombros.
– Me lo merezco. Bueno, dime qué es lo que tienes.
– No demasiado. Pero tenías razón. Se me pasó algo. Tafero depositó la fianza de Gunn el día de Nochevieja. Creo que el plan era matarlo esa noche, montar el escenario y dejar que las cosas siguieran su curso. La conexión de Hieronymus Bosch surgiría, o a través de Jaye Winston o por una investigación del PDCV, y te convertirías en el sospechoso natural. Pero entonces Gunn se emborrachó. -Levantó la botella e hizo una señal hacia la barra-. Y luego lo detuvieron por conducir borracho cuando volvía a casa. Tafero tuvo que sacarlo para poder seguir adelante con el plan. Para poder matarlo. Esa fianza es la única conexión directa que tenemos.
Bosch asintió. McCaleb sabía que había entendido la jugada.
– Ellos lo filtraron al periodista -dijo Bosch-. Una vez que saliera en la prensa, podrían saltar sobre la noticia y usarla, actuar como si fuera una novedad para ellos, como si estuvieran detrás de la curva cuando en realidad estaban doblando la maldita curva.
McCaleb asintió, vacilante. No mencionó la confesión de Buddy Lockridge, porque complicaba la hipótesis en la que estaban trabajando.
– ¿Qué? -preguntó Bosch.
– Nada, sólo estaba pensando.
– ¿No tienes nada más que el nombre de Tafero en el pago de la fianza?
– Y una multa de aparcamiento. Eso es todo por el momento.
McCaleb describió detalladamente sus visitas de esa mañana a Fianzas Valentino y a la oficina de correos y cómo el hecho de haber llegado cuarenta y ocho minutos tarde podría significar la diferencia para poder exculpar a Bosch y detener a Tafero.
Bosch torció el gesto y levantó su botella, pero otra vez volvió a dejarla en la mesa sin beber.
– La multa lo sitúa en la oficina de correos -dijo McCaleb.
– Eso no es nada. Tiene el despacho a cinco manzanas. Puede decir que es el único aparcamiento que encontró. Puede decir que le prestó el coche a otra persona. No es nada.
McCaleb no quería concentrarse en lo que no tenían. Quería añadir piezas que faltaban.
– Escucha, el sargento de guardia de la mañana nos dijo que tenías un requerimiento permanente para que te avisaran cada vez que Gunn entraba en el calabozo. ¿Es posible que Tafero lo supiera de cuando estaba en la brigada o de alguna otra forma?
– Puede ser. No era ningún secreto. Estaba trabajando con Gunn y algún día iba a quebrarlo.
– Por cierto, ¿qué aspecto tenía Pounds?
Bosch lo miró perplejo.
– ¿Bajo, ancho y calvo, con bigote?
Bosch asintió y estaba a punto de hacer una pregunta cuando McCaleb la respondió.
– Su foto está en la pared del despacho de Tafero. Pounds le está dando la placa del detective del mes. Apuesto a que a ti no te dieron ninguna, Harry.
– No con Pounds haciendo la elección.
McCaleb levantó la mirada y vio que Jaye Winston había entrado en el bar. Llevaba un maletín. McCaleb la saludó con la cabeza y ella se encaminó al reservado, andando con los hombros erguidos como si estuviera avanzando cuidadosamente por un vertedero.
McCaleb salió y ella se sentó a su lado.
– Bonito sitio.
– Harry -dijo McCaleb-. Creo que ya conoces a Jaye Winston.
Bosch y Winston cruzaron una mirada.
– Lo primero -dijo Winston-, siento esa historia con Kiz. Espero que…
– Hacemos lo que tenemos que hacer -dijo Bosch-. ¿Quieres tomar algo? No vienen a las mesas.
– No lo esperaba. Makers's Mark con hielo, si tienen.
– Terry, ¿tú estás servido?
– Sí.
Bosch salió para ir a buscar las bebidas. Winston se volvió para mirar a McCaleb.
– ¿Cómo va esto?
– Pequeñas piezas, aquí y allá.
– ¿Cómo se lo está tomando?
– Diría que no muy mal, teniendo en cuenta lo que se le puede venir encima. ¿Y a ti qué tal?
Ella sonrió de un modo que McCaleb sabía que quería decir que había encontrado algo.
– Te he traído la foto y un par más de… piezas interesantes.
Bosch dejó la copa de Winston delante de ella y ocupó su lugar en el reservado.
– Se rió cuando le dije Maker's Mark -dijo-. Esto es el garrafón de la casa.
– Genial, gracias.
Winston apartó el vaso a un costado y puso el maletín sobre la mesa. Lo abrió, sacó una carpeta y luego cerró el maletín y volvió a dejarlo en el suelo. McCaleb se fijó en Bosch, que observaba a la detective del sheriff con cara de expectación.
Winston abrió la carpeta y tendió a McCaleb una foto de trece por dieciocho de Rudy Tafero.
– Es de su licencia para depositar fianzas. De hace once meses.
Entonces se fijó en una página de notas.
– Fui al calabozo del condado y saqué todo lo que había sobre Storey. Lo tuvieron allí hasta que lo trasladaron a la prisión de Van Nuys para el juicio. Durante su estancia en la cárcel del condado recibió diecinueve visitas de Tafero. Las primeras doce visitas fueron durante las primeras tres semanas que pasó allí. En ese mismo periodo, Fowkkes sólo lo visitó cuatro veces y la secretaria ejecutiva de Storey, una mujer llamada Betilda Loett lo visitó seis veces. Eso es todo. Se veía más con su investigador que con sus abogados.
– Fue entonces cuando lo planearon -dijo McCaleb.
Ella asintió y volvió a sonreír de la misma manera.
– ¿Qué? -preguntó McCaleb.
– Me guardo lo mejor para el final.
Volvió a colocar el maletín sobre la mesa y lo abrió.
– La prisión conserva los registros de todas las propiedades y posesiones de los internos, pertenencias que trajeron consigo, cosas que les entregaron sus visitantes después de ser aprobadas. Según una anotación en los registros de Storey, se permitió a su ayudante, Betilda Loett, que le diera un libro en la segunda de sus seis visitas. Según el informe de propiedad, era uno llamado El arte de la oscuridad, fui a la librería del centro y lo pedí.
Sacó del maletín un libro grande y pesado con una cubierta de tela azul. Empezó a abrirlo sobre la mesa. Había un Post amarillo sobresaliendo como marcador.
– Es un estudio de artistas que utilizaron la oscuridad como parte vital de su medio visual, según la introducción.
– Tiene un capítulo bastante largo dedicado a Hieronymus Bosch, con ilustraciones.
McCaleb levantó la botella vacía y la hizo chocar con el vaso de Winston, que todavía no había tocado. Entonces se inclinó hacia adelante, junto con Bosch, para mirar las páginas.
– Precioso -dijo.
Winston pasó las páginas. Las ilustraciones del libro incluían todas las pinturas de Bosch de las que podían rastrearse piezas de la escena del crimen: La extracción de la piedra de la locura. Los siete pecados capitales, con el ojo de Dios; El Juicio Final y El jardín de las delicias.
– Lo planeó allí mismo, desde la celda -se maravilló McCaleb.
– Eso parece -dijo Winston.
Ambos miraron a Bosch, que estaba asintiendo con la cabeza de un modo casi imperceptible.
– Ahora es tu turno, Harry -dijo McCaleb.
Bosch parecía perplejo.
– ¿Mi turno de qué?
– De tener buena suene.
McCaleb le entregó la foto de Tafero y señaló a la camarera. Bosch salió y se acercó a la barra con la foto.
– Todavía nos falta algo sólido -dijo Winston mientras ambos miraban a Bosch preguntando a la camarera por la foto-. Tenemos algunas piezas, pero eso es todo.
– Lo sé -dijo McCaleb. No podía oír la conversación de la barra porque la música estaba demasiado alta. Van Morrison cantaba: «La noche salvaje está cayendo.»
Bosch saludó a la camarera y regresó al reservado.
– Lo reconoce: bebe Kahlua y otros licores de crema. Pero no recuerda haberlo visto con Gunn.
McCaleb se encogió de hombros en un gesto que significaba que no era gran cosa.
– Valía la pena intentarlo.
– Sabes adonde nos lleva esto, ¿verdad? -dijo Bosch, paseando su mirada de McCaleb a Winston y otra vez a McCaleb-. Vas a tener que hacer un juego. Va a ser la única forma. Y va a tener que ser una buena trampa, porque me juego el cuello.
McCaleb asintió.
– Lo sabemos -dijo.
– ¿Cuándo? Me estoy quedando sin tiempo.
McCaleb miró a Winston. Era su turno.
– Pronto -dijo ella-. Tal vez mañana. Aún no he llevado esto a mi oficina. Tengo que convencer a mi capitán, porque lo último que sabe es que habían echado a Terry y que yo estaba investigándote ti con el FBI. También tengo que conseguir a un fiscal, porque cuando nos movamos tendremos que hacerlo rápido. Si todo funciona, creo que detendremos a Tafero para interrogarlo y haremos la función.
Bosch miró la mesa con una sonrisa compungida. Jugueteó con una botella.
– Me he encontrado con estos tipos hoy. Los agentes.
– Lo sé. No les has convencido de tu inocencia, precisamente. Han vuelto cabreadísimos.
Bosch levantó la mirada.
– Bueno, ¿qué necesitáis de mí?
– Necesitamos que te quedes tranquilo -dijo Winston-'. Te informaremos de lo de mañana por la noche.
Bosch asintió.
– Sólo hay una cosa-dijo McCaleb-. Las fotos del juicio, ¿tienes acceso a ellas?
– Durante el juicio sí. De lo contrario las tiene el alguacil. ¿Por qué?
– Porque es obvio que Storey tenía un conocimiento previo del pintor Hieronymus Bosch. Tuvo que reconocer tu nombre durante el interrogatorio y saber lo que podía hacer con él. Así que estoy pensando que ese libro que le llevó su ayudante a la celda era suyo. Le pidió que se lo llevara.
Bosch asintió.
– La foto de la estantería.
McCaleb asintió.
– Eso es.
– Te diré algo. -Bosch echó un vistazo alrededor-. ¿Hemos acabado?
– Hemos acabado -dijo Winston-. Estaremos en contacto.
La detective salió del reservado, seguida por Bosch y McCaleb. Dejaron dos cervezas y un whisky con hielo sin tocar en la mesa. En la puerta, McCaleb miró hacia atrás y vio una pareja de tipos duros yendo a por el tesoro. En la máquina de discos John Foggerty estaba cantando: «Está saliendo una luna siniestra…»