– ¿Qué te parece?
El Conde sonrió, mirando las hojas mustias y resecas de lo que aspiró a ser la revista literaria del Pre, y le pareció que todo aquello podía pertenecer a otra vida, demasiado lejana para ser la misma que todavía vivía: su cuento en el reverso de la portadilla con aquel dibujo impreso de la iglesia de Jesús del Monte, y el título pomposo deLa Viboreña, tras el que se escondían tantas ansiedades y esperanzas cercenadas por el hachazo brutal de la intolerancia y la incomprensión.
– Ingenuo y sin densidad. Lo recordaba más escuálido y conmovedor -dijo, y se recostó en la cama del Flaco Carlos-. Le sobran como diez «ques» y le faltan comas…
– ¿Y por qué querías leerlo?
El Conde sirvió más ron en su vaso y acercó la botella al vaso del Flaco.
– No sé si quería acordarme de lo que decía el cuento o de lo que me dijeron del cuento.
Carlos bebió de su ron y armó una mueca demasiado efectista para el dueño de una garganta cocida al fuego lento de una sostenida práctica cotidiana.
– Quién se acuerda ya de eso, Conde…
– Yo -afirmó y bebió un trago largo, casi excesivo.
– Dale suave, bestia… ¿Qué coño es lo que te pasa hoy, eh? Ayer estabas perfecto y hoy…
El Conde miró a su amigo: una masa cada vez más amorfa sobre la silla de ruedas. Cerró los ojos, como hacía su personaje en el cuento y, como él, pidió: Que sea mentira. Hubiera querido que el Flaco fuera todavía flaco, y no aquel gordo que se iba escorando, como un barco que se hundía y arrastraba en su naufragio las últimas alegrías posibles de Mario Conde. Quería jugar otra vez en la esquina y que estuvieran todos sus amigos de entonces y que nadie pudiera excluirlo de aquel sitio que tanto le pertenecía. Y a la vez quería olvidarse de todo, de una vez y para siempre.
– ¿No me vas a decir qué te pasa, tú? -insistió Carlos, y movió su silla hasta el borde de la cama que ocupaba su amigo.
– Estoy jodido, Flaco. Ya no me quieren ni como policía… Hoy van a hablar con Manolo sobre mí. A lo mejor hasta me jubilan. ¿Qué te parece? Jubilado a los treinta y cinco…
– ¿Eso es serio?
– Más serio que el culo de Desiderio.
El Flaco rió. Aquel cabrón no podía evitarlo.
– No tienes remedio, tú.
– Eso dicen. Dame más ron. Tengo miedo.
– ¿Por qué, salvaje? ¿Hay líos?
– No sé, pero no puedo evitar el miedo… Dame más ron.
– Oye, tú, olvídate de eso… Conde, tú eres un tipo jodido y medio, pero eres un hombre bueno. Yo sé que tú no la debes, así que no la temas, ¿está bien?
– Está bien -admitió el otro, sin convicción.
– ¿Te dije que esta mañana vino a verme Andrés?
– Ayer me dijiste que iba a venir. ¿Por fin qué quería el loco ese?
Carlos se sirvió más ron, bebió un trago devastador y acercó la silla de ruedas a su amigo, hasta colocarse frente a él.
– Viene Dulcita -dijo entonces.
– ¿Dulcita? -y fue el asombro del Conde: ¿Dulcita?
Hacía más de diez años que Dulcita había salido para Estados Unidos, y el Conde recordó cuántas veces hablaron él y el Flaco de la partida de la muchacha que, durante dos años en el Pre, había sido la novia de Carlos. Dulcita la inteligente, Dulcita la perfecta, la buena socia, que se había ido, dejándolos con la interrogación de por qué se iba, precisamente ella. Y ahora regresaba:
– ¿Y eso, salvaje?
– Viene a ver a la abuela, que parece que se está muriendo. Andrés lo sabe porque hablaron con él para conseguir el certificado médico que pide la Cruz Roja para tramitarle el permiso del viaje.
– De tranca, ¿no? -continuó el Conde montado sobre su asombro.
El Flaco terminó su ron y colocó sus manos sobre las rodillas del Conde, que sintió el calor profundo y húmedo de aquellas extremidades voluminosas.
– Más que de tranca, bestia. ¿Tú sabes lo que le dijo a Andrés la hermana de Dulcita? Pues que si nosotros no nos poníamos bravos ni eso nos perjudicaba, ella quería vernos. Pero que sobre todo quería verme a mí.
El Conde fue a sonreír, movido por una inevitable alegría que enseguida languideció, y mató la sonrisa antes de que naciera.
– Dime, Conde, ¿tú crees que es justo que Dulcita me vea así? -y utilizó sus manos obesas para armar el gesto de mostrar su cuerpo desbordado sobre la silla de ruedas.
Mario Conde se puso de pie, se acercó a la ventana y escupió con fuerza. No era justo, pensó, mientras recordaba aquella foto en la que aparecían Pancho, Támara, Dulcita, el Flaco y él, bajando la escalinata del Pre, el día que habían solicitado sus carreras para la Universidad. El Flaco, que entonces era muy flaco y andaba sobre sus dos piernas, estaba en el centro del grupo, con los brazos abiertos y la cabeza ladeada, como preparado para una crucifixión: Carlos y Dulcita habían sido una pareja hermosa y limpia, fanáticos del sexo y de la vida y de la alegría y del amor… No, no era justo, siguió pensando, pero dijo:
– Oye, si viene a verte y tú quieres verla, que te vea: tú eres tú y nunca vas a dejar de serlo, y el que te quiso tiene que seguir queriéndote, o que se vaya al carajo.
– No hables mierda, Conde, que eso no es así.
– ¿No es así? Pues para mí sí es así, porque tú eres mi hermano y tiene que ser así… Pero si tú no quieres verla, pues no la ves, y se acabó.
– Eso es lo más jodido, Conde, yo sí quiero verla. Pero de todas formas no es una fiesta que ella me vea así. ¿Tú me entiendes?
El Conde encendió un cigarro y regresó a la cama. Aproximó aún más la silla de ruedas y el rostro de Carlos quedó a unos pocos centímetros del suyo.
– Flaco: no seas maricón -le dijo-. No te dejes vencer, cojones, que si tú renuncias sí que estamos jodidos. Hazlo por ti, y por mí y por la vieja Josefina: no dejes que nada te joda: ni una bala, ni el pasado, ni la guerra, ni esta cabrona silla de ruedas -soltó sin respirar y, contra su costumbre de pensarlo todo, tomó con sus manos la cara de Carlos y lo besó en un carrillo-. No renuncies, mi hermano.
– ¡Pero qué coño es esto!
Claro que sí. Tenía que ser el verano más caliente que había vivido, concluyó mientras se desvestía para darse una ducha. Hacía varios días que el Conde se exprimía la memoria y la piel para tratar de recordar otras temperaturas de agosto capaces de superar las de aquel año cruel, pero el sol que calcinaba las paredes, el vapor que se desprendía del techo, la humedad que lo envolvía en su cama y esa depresión profunda, capaz de derrotar su voluntad y sus músculos, le estaban confirmando que no, no era posible recordar otro bochorno similar. ¿O era que el calor provenía de su cuerpo más que del ambiente infernal que se había adueñado de la isla? Miró el reloj: sí, todavía era temprano para que lo llamara el sargento Palacios y aún no sabía si él se atrevería a llamar al Marqués.
Cuando salió del baño, chorreando agua y con la toalla sobre los hombros como un boxeador vencido, el Conde decidió terminar de secarse contra la ráfaga estática del ventilador. Se dejó caer sobre la cama caliente y disfrutó por un momento de aquel privilegio mínimo de la soledad, sintiendo cómo el aire amasaba sus testículos derramados y le registraba el ano, con especial vehemencia. Cerró un poco las piernas. Entonces, para ayudar al aire, y también por simple manía onanista, comenzó a levantarse el pene mojado, dejando que sus dedos resbalaran hasta la cabeza quirúrgicamente descubierta, para soltarlo después, en una caída libre que poco a poco empezó a ser alzada y que transmitió a sus dedos la dureza tibia de la erección. Por un instante dudó si debía masturbarse o no: y decidió que no había razón para no intentarlo. Ninguna mujer posible estaba esperando precisamente por aquella eyaculación desechable, y mientras se acariciaba, hasta el calor del ambiente parecía haber cedido. Pero la decisión se encabalgó sobre una nueva duda: ¿a quién le toca? Sin soltarse el miembro pero reduciendo el ritmo frotatorio, el Conde abrió el libro manoseado de sus recuerdos eróticos y comenzó a pasar las páginas de sus mujeres amadas con el distanciamiento con que trataba de protegerse de los sucesivos abandonos, engaños y desapariciones que le habían propinado: en la última página -siempre empezaba por el final, como cuando leía un número de la revistaBohemia- sorprendió a Karina, desnuda, embocando un saxofón deslumbrante que en la intensidad de la música le acariciaba los pezones mientras se movía entre sus piernas abiertas, pero la dejó, la humilló con la indiferencia de su mente para vengarse de algún modo de aquella mujer demasiado dolorosa en su cercanía como para ser convocada, y es que aún podía respirar su olor de fruta madura, digerible, indeciso entre la guayaba y un perfume de ciruelas maduras, que se mezclaba con aquel vapor animal y profundo que brotaba de su sexo abultado de deseos: