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– Dios mío -exclamó Chase con repugnancia-. ¿Cómo es posible que Susannah y Daniel hayan salido normales?

– Debería de haberlos criado una manada de lobos -musitó Luke-; lo habrían hecho mejor. Eso ha sido prácticamente todo. Garth nos ha dado los nombres de unas cuantas personas a quienes Bobby visitaba en Atlanta; él creía que eran sus amigos, pero resulta que en realidad eran puteros. En resumen, seguimos sin saber dónde encontrar a Bobby. Tengo que ir al despacho de Nate para comprobar los discos duros de Mansfield. Puede que en ellos salga el hombre a quien Monica Cassidy oyó en la nave. Además, Nate necesita descansar. Ha tenido una noche muy dura.

– Me he enterado de que ha encontrado a las niñas en internet. Lo siento, Luke.

– Sí -respondió Luke con amargura-. Yo también. Pero cada cosa a su debido tiempo. Si me necesitas, llámame al teléfono fijo del Cuarto Oscuro. A veces no tengo cobertura en el móvil allí dentro. Y Chase… -Luke negó con la cabeza-. No importa.

– Sí, ya lo sé. Sé que Talia no correrá riesgos innecesarios.

– Ya. -Cerró los ojos-. No puedo dejar de recordar a Susannah cayendo de la silla en el momento en que le dispararon ayer. Y Bobby Davis aún anda suelta.

Las palabras de Chase eran duras, pero su tono era suave.

– Pues cumple con tu deber y encuéntrala.

Capítulo 23

Atlanta,

lunes, 5 de febrero, 11:05 horas

– Odio este trabajo -masculló Luke. Llevaba un rato contemplando la puerta del Cuarto Oscuro y aun sin haber entrado sentía claustrofobia. Entonces la puerta se abrió y Luke retrocedió dando un respingo.

Nate, sorprendido, se detuvo en la puerta. En la mano llevaba un termo vacío que antes contenía café.

– No hagas eso -lo reprendió con voz tensa-. Ha estado a punto de darme un infarto.

Luke miró el termo.

– ¿Cuántos cafés te has tomado, tío?

– Demasiados y no los suficientes. ¿Qué haces tú aquí?

– Vengo a ver los discos duros de Mansfield, los archivos llamados «Arvejilla». Tenemos la esperanza de que aparezca el hombre a quien Monica Cassidy oyó hablar con Granville.

– El thích misterioso. Prepararé más café.

Luke vaciló. De repente sentía una opresión tan grande en el pecho que casi no podía respirar.

– Si te quedas ahí plantado no lo descubrirás -dijo Nate en tono quedo-. Te costará menos respirar una vez dentro.

Luke levantó la cabeza y observó los apesadumbrados ojos de Nate.

– ¿A ti también te pasa?

– Todos los putos días.

«Y una parte de su ser va muriendo poco a poco.»

– Que sea fuerte el café -dijo Luke.

Entró en la sala y preparó los archivos llamados «Arvejilla». Le costó más que la primera vez porque ya sabía lo que iba a encontrar. Se preparó para que las brutales imágenes no le afectaran y se centró en los detalles; el fondo, las sombras, cualquier cosa que pudiera pertenecer a las personas que ocupaban el despacho de aquella nave. Cualquier cosa excepto las víctimas y su sufrimiento.

Claro que era imposible desvincular lo uno de lo otro. Ese era el problema. Y eso era también lo que lo convertía en un buen profesional de aquel condenado trabajo; Luke era muy consciente de ello.

La puerta se abrió y se cerró tras él, y Nate depositó una gran taza humeante de café sobre el escritorio.

– ¿Qué buscas exactamente?

– A un hombre, suponemos que de unos sesenta años. Monica dijo que Granville le había preguntado cómo hacía el VG para destruir a sus prisioneros. También dijo que el hombre le había dado una bofetada a Granville por preguntárselo.

– Es una respuesta emocional. Crees que era un soldado, ¿no? Puede que lo hicieran prisionero.

– Puede. Susannah le oyó a Granville mencionarlo cuando ella era pequeña, o sea que entonces debía de vivir cerca de Dutton. He traído fotos sacadas del vídeo del funeral de Sheila Cunningham. Susannah dijo que la ciudad en pleno estaba allí.

Le mostró las fotos.

– Joder, la mitad tienen más de sesenta años, Luke.

– Sí. Parece que todo aquel con un poco de sesera se marcha de allí en cuanto acaba los estudios secundarios.

– ¿Y te extraña?

Luke separó las fotos en las que aparecían hombres mayores y las sujetó con chinchetas a la pizarra que había justo encima del monitor.

– Podríamos estar buscando a cualquiera de esos hombres, y Granville estuvo en contacto con él cuando era un adolescente. Lo considera una figura religiosa.

– La historia budista.

– Sí. -Luke frunció el entrecejo-. Solo que en Dutton no hay ninguna congregación budista. Lo he comprobado.

– No tiene por qué ser un monje de verdad -repuso Nate.

– Solo tenía que tener acceso a un adolescente sin que eso despertara sospechas.

– Lo que quiere decir que podría ser un profesor, un predicador, un médico… Los sospechosos habituales.

– Y tenía que vivir en Dutton cuando Susannah era pequeña. Tengo la lista de los habitantes, de cuando el sábado estuve buscando a los Bobbys. -Luke ojeó la lista que había estado examinando con detalle la noche anterior, mientras Susannah dormía y él no podía conciliar el sueño-. He comprobado si alguno de los hombres de más de cincuenta años ha sido militar.

Nate lo miró, sorprendido.

– ¿Cuándo has hecho eso?

– Anoche. Estaba en ello cuando me llamaste para decirme que habías encontrado a las hermanas de Becky en la red.

La mirada de Nate se ensombreció.

– ¿Alguno estuvo en Vietnam?

– Ninguno. Si hubiera descubierto eso, ayer mismo habría venido echando leches.

En vez de eso, se había entregado a los brazos de Susannah y había tomado el consuelo que su cuerpo le ofrecía. Se había concedido una tregua. La necesitaba más de lo que había creído.

– La cuestión es que has venido. -Nate le ofreció una silla-. Empecemos. Cuatro ojos ven más que dos.

Luke le dirigió una mirada de reconocimiento.

– Gracias.

Charlotte, Carolina del Norte,

lunes, 5 de febrero, 11:45 horas

Harry Grimes se sentó junto a la técnica de la policía científica Mandy Penn y observó las imágenes granulosas recuperadas del cajero automático que se encontraba frente a la cafetería Mel's, de donde se habían llevado a Genie Cassidy.

– ¿Qué buscas exactamente? -preguntó Mandy.

– No estoy seguro. -Harry se inclinó sobre las imágenes congeladas-. Ese es el Volvo del secuestrador entrando en el aparcamiento. Ahí hay otro coche. Está parado, observando.

– Es un Ford Crown Victoria -reconoció Mandy. A lo lejos, dos figuras luchaban cuerpo a cuerpo. La más pequeña fue a parar detrás del Volvo. En todas las imágenes el Crown Victoria aparecía en la misma posición, y Mandy emitió un quedo silbido-. Tienes razón, Harry. Está observando.

– ¿Puedes ampliar la matrícula?

– Puedo intentarlo. -Mandy accionó el zoom, enfocó la imagen y se recostó en la silla, satisfecha-. Ahí tienes.

– Excelente. -Él aguzó la vista-. ¿Está hablando por el móvil el tío del Crown Victoria?

– Eso parece. Tal vez llamara al 911.

– Nadie llamó al 911 desde ese lugar, lo he comprobado. ¿Puedes investigar la matrícula?

Mandy lo hizo y se quedó muda, con los ojos como platos.

– No estaba llamando a la policía. Es policía.

Harry miró la pantalla estupefacto.

– Paul Houston, del Departamento de Policía de Atlanta. Estaba ahí sentado tan tranquilo mirando cómo raptaban a Genie Cassidy.