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– Puede que le robaran el coche.

– Eso espero. Gracias, Mandy. -Harry empezó a caminar hacia su escritorio-. Te debo una.

Springdale,

lunes, 5 de febrero, al mediodía

Talia aparcó frente a la casa que pertenecía a Carl Linton, el padre de Marcy Linton.

– ¿Estas lista para esto, Susannah?

Susannah se quedó mirando la casa.

– Darcy me dijo que era de Queens, y que su padre les pegaba a ella y a su madre. Que se había escapado de casa.

– Los Linton denunciaron su desaparición cuando tenía diecinueve años.

– Para entonces ya estaba en Nueva York. Yo la conocí al cabo de dos años. ¿Por qué se marcharía de casa? ¿Por qué me elegiría a mí?

– Si nos quedamos aquí sentadas no lo descubriremos -dijo Talia-. Vamos.

Talia llamó a la puerta y acudió a abrir un hombre mayor que ellas con el pelo entrecano.

– ¿El señor Linton? -preguntó Talia.

– Sí. -Se quedó mirando a Susannah con el entrecejo fruncido-. ¿Qué quieren?

– Soy la agente especial Talia Scott, de la Agencia de Investigación de Georgia. Ella es Susannah Vartanian, ayudante del fiscal del distrito en Nueva York. Necesitamos hablar con usted.

El hombre las miró con más ceño, pero abrió la puerta.

– Pasen.

En esos momentos una mujer salía de la cocina. Se quedó petrificada.

– Usted es Vartanian, la hemos visto en las noticias. Le disparó a una mujer, a la que raptó a todas esas niñas.

– Sí, señora.

– ¿Qué hace aquí? -preguntó Carl Linton con voz más áspera. Talia ladeó la cabeza, sólo un ápice.

– Tenemos que hablarles de su hija Marcy.

Los Linton ahogaron sendos gritos.

– Siéntense -las invitó Carl.

Talia tomó las riendas.

– ¿Volvieron a saber algo de Marcy después de denunciar su desaparición?

– No -respondió Carl-. ¿Por qué? Por el amor de Dios, díganos de qué va todo esto.

– Su hija está muerta, señor -dijo Susannah enseguida-. Lo siento.

De repente los padres se dejaron caer.

– ¿Cómo es posible? -susurró la señora Linton.

Talia asintió y Susannah respiró hondo.

– Yo me crié en Dutton.

– Ya lo sabemos -repuso Carl con frialdad.

– Luego me marché a estudiar a Nueva York y allí conocí a una chica que decía llamarse Darcy Williams. Nos hicimos amigas. Ella me contó que era de Queens y que se había escapado de casa porque su familia la maltrataba. Hoy he visto una foto de Marcy en el anuario de su escuela y me he dado cuenta de que era la misma chica a quien yo llamaba Darcy. A Darcy la asesinaron.

– ¿La asesinaron? -La señora Linton se había puesto muy pálida-. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

– Un hombre le dio una paliza. -A Susannah se le revolvió el estómago al observar el dolor en los rostros de los Linton-. Estábamos en un hotel de la ciudad, y cuando la encontré… ya era demasiado tarde. De eso hace seis años; fue el 19 de enero. Su asesino confesó el crimen y está cumpliendo condena. Lo siento mucho. Si hubiera sabido que ustedes eran su familia real, se lo habría dicho hace años.

Carl negó con la cabeza; sus ojos traslucían incredulidad.

– ¿Por qué le habría contado Marcy todas esas mentiras?

– Creernos que le pagaron por ello -respondió Talia en tono quedo-. O que le obligaron.

A la señora Linton le temblaban los labios.

– ¿Dónde está ahora?

– En un cementerio, a una hora hacia el norte de Nueva York. Es un sitio bonito, tranquilo. -Susannah notó que se le arrasaban los ojos de lágrimas y se esforzó por no derramar ni una-. Yo creía que no tenía familia.

– La ayudante del fiscal Vartanian costeó su entierro -explicó Talia con amabilidad.

– La querernos aquí -soltó Carl, con tanta hostilidad que Susannah no pudo por menos que pestañear, perpleja.

– Claro. Lo arreglaré inmediatamente.

Talia posó una mano sobre la de Susannah.

– Sólo un momento -dijo sin alterar la voz-. A la ayudante del fiscal Vartanian también la agredieron la misma noche que asesinaron a su hija. Después pagó el entierro de su hija de su propio bolsillo creyendo que no tenía familia.

La mandíbula de Carl se puso más dura que una piedra.

– La queremos aquí -dijo, poniendo énfasis en cada una de las palabras.

– Comprendo su dolor, señor -dijo Talia-, pero me gustaría entender por qué se muestra tan hostil.

De repente Carl se puso tieso.

– Nos quitan a nuestra hija, la fuerzan a hacer Dios sabe qué, luego la matan, ¿y encima tiene la cara dura de criticarme?

– No lo critico -protestó Talia.

– ¡Y una mierda! -En un arrebato, Carl se puso en pie y señaló a Susannah con su dedo trémulo-. Mi hija tenía un futuro por delante, pero su padre se lo arrebató. Luego la conoció a usted y ahora resulta que está muerta. ¿Qué quiere? ¿Qué encima le esté agradecido por el entierro? Váyase al cuerno.

Susannah se quedó estupefacta.

– ¿Qué tenía que ver mi padre con su hija?

Carl tenía los brazos en jarras y las mejillas encendidas.

– No haga ver que no lo sabe. No haga ver que se preocupaba por ella. Ya he tenido suficiente de los Vartanian, para toda la puta vida. -Salió hecho una furia y estampó la puerta de entrada con tanta fuerza que tembló toda la casa.

Susannah se quedó mirando la puerta, no se le ocurría una sola cosa que pudiera decir.

La señora Linton permaneció donde estaba; Susannah fue incapaz de dilucidar si el motivo era que así lo había escogido o que el temblor no le dejaba moverse.

– Señora Linton -prosiguió Talia con suavidad-. ¿Qué relación había entre su hija y el juez Vartanian? He comprobado sus datos y nunca la detuvieron ni la citaron ante el tribunal.

– Era menor -musitó la señora Linton-. Su informe era secreto.

– ¿Qué delito cometió? -quiso saber Talia.

La mirada de la señora Linton se encendió.

– Prostitución callejera. No era verdad, era una buena estudiante. Cuando salía de la escuela daba clases a niños más pequeños. Sus profesores decían que ganaría muchas becas. Pero la detuvieron y le arruinaron la vida porque nosotros no pudimos pagar la fianza.

Talia frunció el entrecejo.

– ¿Prostitución callejera?

– Sí -respondió la señora Linton con amargura-. Exactamente eso. Estuvo seis meses encerrada en un centro de menores. Menos no pudimos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Susannah.

– ¿Menos no pudieron? ¿Menos qué?

– Tiempo -le espetó la señora Linton-. Su padre la condenó a dos años, y ella solo tenía dieciséis. Su padre nos pidió dinero a cambio de sacarla de allí. Hipotecamos la casa pero no le pareció suficiente, nos dijo que seguiría encerrada por lo menos un año.

Susannah miró a Talia, compungida. Ella sabía que aquello era cierto, sabía lo que estaba pasando pero era demasiado joven para actuar. Ahora veía las consecuencias de la forma de obrar de su padre. «No; no me doy cuenta ahora. Llevo seis años viendo las consecuencias. Cada vez que cierro los ojos y se me aparece Darcy muerta en un charco de su propia sangre.»

Talia le dio unas palmadas en la mano y volcó toda su atención en la madre de Marcy.

– Señora Linton, esto es importante. Dice que la condenaron a dos años pero que le pagaron al juez suficiente dinero para que le rebajara la pena a un año. En cambio, Marcy estuvo en ese centro solo seis meses. ¿Qué ocurrió?

La señora Linton escrutaba a Susannah con indecisión.

– Alguien relacionado con la justicia juvenil le ayudó. Hubo otro juicio, con otro juez. Él la dejó libre; ya había cumplido la condena.

– ¿Quién era el juez, señora Linton? -preguntó Susannah, aunque ya sabía la respuesta.

– El juez Borenson. Ya está jubilado.