Talia soltó un resoplido.
– ¿Cuándo fue el segundo juicio, señora?
– Hace casi trece años.
A Susannah la respuesta le sentó como una patada.
– No es una coincidencia -susurró.
– Estoy de acuerdo -musitó Talia-. Señora Linton, ¿quién ayudó a su hija para que tuviera otro juicio?
– Un abogado de oficio. -Paseó la mirada de Talia a Susannah-. Uno distinto al de la primera vez. Se llamaba Alderman.
Susannah cerró los ojos.
– También fue el abogado de Gary Fulmore.
– Murió poco después de que dejaran libre a Marcy -dijo la señora Linton-. Tuvo un accidente de coche.
– Señora Linton -prosiguió Talia-, ¿alguna otra persona tuvo algo que ver con que dejaran a su hija en libertad?
– No, no lo creó, pero se lo preguntaré a mi marido. Ha salido a dar un paseo; lo hace siempre que lo de Marcy lo supera. Se lo preguntaré cuando vuelva.
– Gracias -dijo Talia-. Aquí tiene mi tarjeta. Por favor, llámeme si recuerda algo más, por insignificante que le parezca. No hace falta que nos acompañe a la puerta.
Susannah siguió a Talia y se volvió cuando la señora Linton la llamó.
– ¿Sí, señora?
– Gracias -dijo la señora Linton con la voz tomada-. Gracias por enterrar a mi hija en un sitio bonito.
A Susannah se le atoró la garganta.
– De nada. Me aseguraré de que cuando la trasladen aquí el sitio también sea bonito. Elíjalo usted misma y hágamelo saber.
Susannah esperó a que Talia pusiera en marcha el coche, consciente de que la señora Linton las observaba por la ventana.
– Vamos a Main Street -dijo-. Pero primero tenemos que salir de la ciudad.
– ¿Qué hay en Main Street? -quiso saber Talia.
– La casa de mis padres. Vamos, rápido; antes de que me arrepienta.
Charlotte, Carolina del Norte,
lunes, 5 de febrero, 12:05 horas
Harry todavía no se había recuperado de la impresión al descubrir que un policía de Atlanta había estado contemplando el secuestro de Genie Cassidy. Llamó a la persona que confiaba en que podría orientarlo sobre una situación tan delicada.
– Steven. Soy Harry.
– Hola. Precisamente estaba a punto de llamarte.
A Harry le dio un vuelco el corazón.
– ¿Has encontrado al doctor Cassidy en el lago Gordon?
– Solo el coche. Ahora estamos inspeccionando la costa. ¿Qué pasa, Harry?
– Dios, Steven. Estoy metido en un lío. -Le explicó a su antiguo jefe lo del Crown Victoria.
– Santo cielo, Harry. ¿Estás seguro?
– ¿De que el coche es de Houston? Sí. Lo que no puedo es decirte quién estaba sentado al volante.
– ¿Has llamado a la policía de Atlanta?
– Todavía no. No sabía por dónde empezar. Podría telefonear a la administración y preguntar por el jefe de Paul Houston, pero es posible que él le pregunte directamente. Si Houston está implicado, no quiero arriesgarme a alertarlo. También podría llamar a asuntos internos, pero… Joder, Steven.
Steven guardó silencio un momento.
– ¿Confías en ese Papadopoulos?
– Sí, creo que sí. Al menos más que en asuntos internos.
– Entonces llámalo a él y explícale lo que has descubierto. Que sea él quien capee el temporal.
– Eso parece de cobardes.
– Bueno, la otra opción es avisar a asuntos internos.
– Llamaré a Papadopoulos.
– Ya me lo parecía. Llámame si necesitas algo más.
Springdale,
lunes, 5 de febrero, 12:25 horas
Talia aguardó a que estuvieran en la carretera principal.
– ¿Por qué vamos a casa de sus padres, Susannah?
– Mi padre guardaba muchos informes. Borenson lo visitaba a menudo, se hacían favores mutuos.
– Pero en el caso de Marcy, Borenson cambió la resolución de su padre.
– Justo después de presidir el juicio de Gary Fulmore, y sabemos que se jugó sucio. A mi padre no debió de hacerle ninguna gracia que anulara su decisión.
– ¿Recuerda oírles discutir?
– No. Pero cuando encontraron a Alicia Tremaine muerta, mi madre supo de algún modo que Simon estaba implicado. Fue a ver a Frank Loomis y le pidió que arreglara las cosas. Por eso le tendió una trampa a Gary Fulmore, un vagabundo que resultó estar en el lugar menos apropiado en el momento equivocado y que andaba demasiado drogado para reparar en lo que estaba pasando. Alderman fue el abogado defensor de Fulmore. Las únicas pruebas con que contaba Loomis eran un anillo de Alicia que al parecer habían encontrado en el bolsillo de Fulmore y un poco de sangre en su ropa. El caso hacía aguas por todas partes y el juez Borenson debió de darse cuenta. Tuvo que darse cuenta.
– A Fulmore lo condenó un jurado, Susannah. Puede que Borenson no tuviera nada que ver.
– Las dos sabemos que los jurados condenan a los acusados en función de las pruebas a que tienen acceso. Quién sabe si Borenson permitió que Alderman presentara las cosas a su manera.
– Y unos meses más tarde Alderman vuelve a presentarse ante Borenson y consigue que liberen a Marcy Linton.
– Me pregunto si Alderman sabía que el caso de Fulmore estaba amañado y amenazó a Borenson de algún modo. -Susannah sacó su portátil del maletín-. Me pregunto cuántos casos ganó Alderman desde que representó a Marcy hasta que ella murió. -Talia seguía conduciendo mientras ella buscaba-. Al parecer defendió a cinco personas entre el segundo juicio de Marcy Linton y su muerte. En dos de los casos se las vio con Borenson y los ganó. Los otros tres los perdió.
– Eso no demuestra nada -dijo Talia-. Además, no podemos interrogarlo. Está muerto.
– Supongamos que Alderman supiera algo… ¿Por qué no lo utilizó para liberar a Fulmore? La cuestión era de mayor importancia y él habría obtenido mucho más prestigio.
– O bien Alderman no lo supo hasta después del juicio o decidió compensarlo con otros casos.
– Eso creo yo. -Susannah se puso tensa cuando a lo lejos divisó el que había sido su hogar. La bilis le subió a la garganta y se le oyó tragar saliva con decisión.
Talia volvió a mirarla, con expresión preocupada.
– ¿Está bien?
– No. Pero entraremos de todos modos. Porque aunque fuera cierto que Alderman tenía información sobre el hecho de que Borenson estaba actuando de forma deshonesta en el juicio, eso no explica la muerte de Darcy ni por qué el thích de Granville estuvo en la nave durante las últimas semanas. De algún modo las cosas guardan relación; estoy segura.
– Mi intuición me dice que tiene razón. Espero que encontremos algo concreto en lo que apoyarnos.
– Mi padre guardaba información detallada de todo, y tanto Daniel como yo conocemos la mayoría de sus escondrijos. Sabía que en algún momento tendría que venir a buscarlos, solo lo he estado retrasando igual que Luke retrasa el momento de tener que ver las fotos del disco duro de Mansfield.
– ¿Tiene la llave? -preguntó Talia.
Susannah asintió con aire sombrío.
– Frank Loomis me la dio después del funeral de mis padres.
Talia suspiró.
– Llamaré para avisar de que estamos aquí y luego empezaremos a buscar.
Bobby se quedó petrificada con la mano en el marco de un cuadro carísimo colgado en el salón de la planta superior. Había encontrado cuatro cajas fuertes detrás de cuadros igualmente valiosos repartidos por toda la casa, y otra más en el suelo del dormitorio del juez. Soltó el cuadro al oír cerrarse las puertas de un coche.
Eran voces de mujeres. Se acercó con sigilo a la ventana y asintió satisfecha. Una de ellas había asistido a la rueda de prensa el día anterior; estaba en la tarima, al lado de las víctimas. Era del GBI. La otra era nada más y nada menos que Susannah.
Un escalofrío recorrió la espalda de Bobby. Se estaba preguntando cómo se las arreglaría para obligar a Susannah a abrir las cajas fuertes y de repente ella aparecía por allí, como caída del cielo. Tendría que deshacerse de la agente, pero para eso servían las pistolas. Además, Bobby estaba bien provista gracias a la colección de armas que había encontrado en el ático mientras buscaba reliquias. Había pistolas sin número de serie, navajas, armas eléctricas; todo escondido detrás de metros y metros de guirnaldas navideñas.