Выбрать главу

Alabado sea Dios.

Atlanta,

lunes, 5 de febrero, 12:25 horas

Luke fue maximizando cada una de las fotos del archivo «Arvejilla» de Mansfield. Una hora después, todo cuanto había visto era a Granville y a las víctimas. Cuántas víctimas. Tenía que centrarse en los detalles del fondo para evitar perder la cordura.

– Tomó las imágenes con una cámara oculta -dijo Luke en voz alta, sólo para oírse a sí mismo en lugar de los gritos que imaginaba brotando de la garganta de cada una de las víctimas mientras las torturaban.

– Granville aparece vestido de formas diferentes, según la estación -observó Nate-. El ángulo desde el que están tomadas las imágenes también cambia. Me pregunto dónde habría ocultado Mansfield la cámara.

– Me apuesto cualquier cosa a que estaba en un bolígrafo que llevaba en el bolsillo. Casi todos los planos son del torso y los zapatos de Granville. Ojalá las imágenes llevaran la fecha, así podríamos centrarnos en las de las últimas dos semanas.

– Ese es el problema de todos los archivos. Las imágenes aparecen por orden de preferencia, no por la fecha. Será difícil averiguar cuándo las tomaron y qué edad tienen ahora las chicas.

Luke se irguió al percatarse de un detalle de la imagen siguiente.

– Espera.

Nate se inclinó hacia delante y aguzó la vista. En una esquina de la imagen aparecían unos pantalones; eran de hombre, y tenía las piernas dobladas por las rodillas.

– Quienquiera que sea está sentado.

– Pero mira los zapatos. -Luke los señaló con el bolígrafo-. Las suelas.

Nate ahogó un grito.

– Una es más gruesa que la otra. Es calzado especial.

Luke repasó mentalmente la imagen de todos los hombres de la ciudad y ya había sacado conclusiones antes de levantar la cabeza y mirar las fotografías colgadas en la pizarra, por encima del monitor. Señaló al trío de la barbería, los tres hombres sentados en sendas sillas plegables junto a la tumba de Sheila Cunningham.

– El del extremo, el que tiene el bastón. Se llama Charles Grant. Era el profesor de inglés de Daniel. -Marcó rápidamente el número de Chloe-. Soy Luke. Creo que hemos identificado al hombre a quien Monica Cassidy oyó en la nave. Es Charles Grant.

– ¿Grant? -repitió Chloe, estupefacta-. ¿El profesor de Daniel? ¿El que nos proporcionó información sobre Mack O'Brien?

– Justo cuando la necesitábamos -dijo Luke con amargura-. Igual que en el caso de Kate Davis, alias «Rocky».

– A Daniel esto lo va a matar -exclamó Chloe.

– Precisamente tenemos que avisarle para que eso no pase -se limitó a responder Luke-. Necesito una orden judicial.

– ¿Tienes una imagen clara?

– De la cara no -confesó Luke-. Solo de los zapatos.

– No sé si puedo conseguir una orden basándome en unos zapatos, Luke.

– Mierda, Chloe…

– Luke -le avisó Nate. Había seguido abriendo fotos-. Mira.

El ángulo de la cámara era distinto.

– Espera -dijo, y amplió la imagen-. ¿Qué te parece una empuñadura igual a la del bastón que Charles Grant llevaba en el funeral de Sheila Cunningham?

– Mucho mejor. Sal hacia Dutton. Para cuando llegues allí ya dispondrás de la orden.

– Gracias, Chloe. -Luke colgó; luego marcó el número de Chase y lo puso al corriente.

– Buen trabajo -lo felicitó Chase-. Me pondré en contacto con Germanio. Ya deben de haber llegado al cementerio y con suerte Grant también estará allí. Germanio puede encargarse de vigilarlo mientras tú registras su casa. Es posible que Bobby se esconda allí. Ah, y Luke, acabo de hablar con el agente de Carolina del Norte, Harry Grimes. Dice que lleva una hora intentando localizarte en el móvil.

– En el Cuarto Oscuro no hay cobertura.

– Ya se lo he dicho. No ha querido explicarme nada a mí, sólo ha dicho que era urgente.

– Ahora lo llamaré. Chase, ¿sabes algo de Talia y Susannah?

– Sí, están bien. Márchate ya.

Luke se volvió hacia Nate.

– ¿Puedes mandarle las fotos a Chloe para que solicite la orden?

– Ya lo he hecho, acabo de enviarle un e-mail. Vete. Y buena suerte.

– Gracias.

Luke echó un vistazo al móvil y vio las seis llamadas perdidas de Harry Grimes. Marcó su número mientras bajaba corriendo la escalera, camino de su coche.

– Harry. Soy Luke Papadopoulos.

– Tengo noticias. La cuestión es delicada y no sabía a quién confiársela.

– ¿Qué pasa?

– He encontrado un vídeo del secuestro de Genie Cassidy. Alguien lo estuvo observando todo desde un Crown Victoria con una matrícula registrada a nombre de un policía de Atlanta. Se llama Paul Houston.

– ¿Un policía? -Luke no tenía tiempo de pararse a pensar, pero aun así logró encajar una gran pieza del puzle-. Dios mío. Ahora lo entiendo.

– ¿El qué? -preguntó Harry.

– Todo. -Ahora sabía por qué Bobby había podido obligar a la enfermera Jennifer Ohman a mantener a Monica callada y había logrado que el enfermero intentara matar a Ryan Beardsley; tal vez incluso por ese mismo motivo hubiera conseguido que Leigh Smithson la ayudara. Bobby estaba compinchada con un policía. Un policía debía de disponer de información sobre asuntos de drogas y otros trapos sucios, y si era deshonesto, podía utilizarla para hacer chantaje-. Tengo entre manos una misión urgente. Necesito que vuelva a llamar a mi jefe enseguida y le cuente lo que me ha contado a mí. Gracias, Harry. Le debemos una.

– Me alegro de servir de ayuda. Buena suerte.

«Sí -pensó Luke en el momento en que llegaba al coche-. Voy a necesitarla.»

Dutton,

lunes, 5 de febrero, 13:00 horas

Susannah se sentó en la silla de su padre, frustrada.

– Sé que guardaba información de todo, Talia, pero no la encuentro en ninguna parte. Me estoy equivocando en algo. Debió de guardarla donde no pudieran dar con ella fácilmente. -Cerró los ojos-. Recuerdo haberme escondido en la escalera cuando era pequeña. Sabía que mi padre se reunía con gente en este despacho. Ya entonces era consciente de que algo no iba bien.

– Era una niña -dijo Talia con suavidad-. No podía hacer nada.

– Ya lo sé, igual que ahora sé que no tengo la culpa de que mataran a Darcy. Una cosa es saber lo que ocurre y otra ser responsable de ello. -Susannah mantuvo los ojos cerrados-. Me sentaba en el último peldaño a escuchar. Por fin la visita se marchaba y mi padre… bueno, Arthur cerraba la puerta con llave.

– ¿Qué hacía su padre después?

– Volvía a su despacho. Una vez me armé de valor y bajé en silencio la escalera para oírles mejor. Oí que arrastraban algo y luego un chasquido. -Miró alrededor de la habitación y se acabó fijando en la mullida alfombra persa que cubría el suelo enmoquetado desde que ella tenía uso de razón. Sabía que en el suelo del dormitorio de sus padres había oculta una caja fuerte, pero allí había listones de madera y no una moqueta. Aun así… Se acercó a la alfombra y tiró de una esquina.

– No ha hecho ruido -observó Talia sin pasar de la puerta-. Tire más fuerte.

Susannah lo hizo y la alfombra hizo un ruido como de arrastre al enrollarse.

– Ese es. -Se puso de rodillas y examinó la alfombra-. Menuda artimaña. Debajo la moqueta está cortada. -Levantó el pedazo suelto con cuidado-. Otra caja fuerte.

– ¿Sabe cómo abrirla? -preguntó Talia.

– Es probable, si logro pensar con claridad. Arthur solía utilizar fechas de cumpleaños de familiares para las claves. Se creía muy listo y pensaba que nunca lo averiguaríamos. -Probó con la fecha del cumpleaños de su madre, luego la de Simon; después, todas las que fue recordando: abuelas, abuelos, tíos y tías. Ninguna funcionó.