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– Pero Simon no había muerto.

– No. Mi padre lo arregló para que lo pareciera porque sabía que mi madre no dejaría de buscarlo hasta que su muerte fuera evidente. Viajó hasta México y volvió con un ataúd que en teoría contenía los restos de Simon. La autopsia había tenido lugar en México y el cadáver había quedado calcinado e irreconocible. Aun así, le hacía falta un certificado de defunción, firmado por un forense.

– Leí que el cadáver del ataúd no llegaba al metro ochenta y Simon medía casi dos metros.

– Ningún forense habría confundido aquel cadáver con el de Simon, por muy calcinado que estuviera. -Extendió el cuaderno para enseñárselo a Talia-. Arthur acusó recibo del certificado de defunción firmado por el forense, que también era el médico de la ciudad.

– Estaban compinchados.

– Por fuerza. La fecha en la que Arthur recibió el certificado es el día posterior a la desaparición de Simon. El día anterior a que le comunicaran que Simon había muerto en México. -Susannah no se sorprendió pero a la vez le costaba dar crédito-. Todos sabían que Simon estaba vivo.

– O sea que después de cobrar por dar validez al certificado de defunción, Borenson se jubiló y se aisló del mundo.

– Mi padre había neutralizado la amenaza y el señor Grant tuvo que retirarse otra vez. Unos meses después yo me marché a estudiar a Nueva York.

– Pero Charles Grant no pensaba dejarla escapar -musitó Talia-. Era suya.

– Lo que debió de pasar luego es que con los años fue ejerciendo cada vez más influencia sobre Marcy hasta que ella me encontró. Supongo que me odiaba por lo que mi padre les había hecho a ella y a su familia.

Talia exhaló un hondo y triste suspiro.

– Ya sabemos cómo está relacionado todo. Telefonearé a Chase y lo pondré al corriente. Recoja los diarios y yo le ayudaré a trasladarlos al coche.

Talia se puso en pie y salió al recibidor para llamar por teléfono, pero Susannah se limitó a quedarse allí sentada, contemplando los diarios. Contenían tanto dolor, tantas desgracias. Y todo por la avaricia, por el poder. Para ellos no era más que un maldito juego. «Han estado jugando conmigo como si fuera un peón de ajedrez.»

Con desaliento, sacó los diarios y los libros de cuentas de la profunda caja fuerte y volvió a quedarse petrificada. Debajo de los cuadernos había fajos de billetes. Muchos.

– Venga aq…

Susannah dejó la palabra a medias cuando se volvió a mirar atrás. Se había quedado sin respiración. Quien estaba en la puerta no era Talia. Era Bobby. Esbozaba una sonrisa malévola y con la mano izquierda empuñaba una pistola con silenciador.

– Bienvenida a casa, hermanita.

Capítulo 24

Dutton,

lunes, 5 de febrero, 13:20 horas

Charles Grant estaba sentado en una silla plegable durante el funeral de Janet Bowie, con las manos entrelazadas sobre su bastón y aire pesimista. En los otros funerales había gozado de un puesto en primera fila. Ese día, sin embargo, los otros dos ancianos del banco de la barbería y él habían sido relegados a los asientos de atrás. Claro que, de hecho, era mejor así. Desde allí podía ver a todo el mundo. Desde allí podía echar un disimulado vistazo al móvil que notaba vibrar en el bolsillo.

Era un mensaje de texto. Esperaba que lo enviara Paul y dijera que Daniel Vartanian y Alex Fallon se encontraban cómodamente instalados en la sala de interrogatorios del sótano de su casa. Sus esperanzas se frustraron al ver que se trataba del número del móvil desechable que le había entregado a Bobby la noche anterior. Pero enseguida su frustración se transformó en dulce expectativa. El texto rezaba: «El espectáculo está a punto de empezar.»

Bobby tenía a Susannah. «Tengo que marcharme de aquí.» Aferró el bastón con fuerza y crispó el rostro.

– Esta ciática -se quejó al doctor Temblor, el dentista, sentado a su derecha. Se puso en pie con movimientos rígidos y una falsa mueca de dolor-. Necesito moverme. -Y eso hizo, musitando unas palabras de disculpa mientras se abría paso entre la multitud. Por fin había llegado el momento de ver morir a Susannah.

Luego sería tiempo de ocuparse de Bobby. Había perdido el control sobre ella, así que no le quedaba más remedio que matarla. Frotó la empuñadura del bastón. «Igual que hace seis años maté a mi Darcy.»

Dutton,

lunes, 5 de febrero, 13:30 horas

– Mierda -renegó Luke.

Bobby no se escondía en casa de Charles Grant.

Pete miró alrededor de la sala de estar.

– ¿Te sientes preparado para empezar a derribar paredes?

– No mucho. Por lo menos Grant sigue en el cementerio.

– Germanio se lo había confirmado diez minutos antes-. De momento no sabe que estamos aquí ni que le seguimos la pista.

Se habían acercado a la casa sin que nadie se enterara, cosa que resultaba bastante difícil con tantos periodistas reunidos en Dutton por el funeral de Janet Bowie. Chase y él se habían planteado pedirle al nuevo sheriff que cercara la casa de Grant por si Bobby se escondía allí, pero no tenían la certeza de que no hubiera más ayudantes dispuestos a avisar a Bobby o al propio Grant, así que, en vez de eso, Luke llamó al sheriff Corchran de Arcadia y él mismo se dirigió allí en un coche patrulla junto con un hombre de su confianza sin decirle nada a nadie más.

Corchran también le había explicado al equipo de Luke cómo podían acceder al cementerio evitando el atasco de los coches que se dirigían al funeral. Luke había entrado en la modesta casa que Grant poseía en Main Street lleno de esperanza. Ahora… sólo le quedaba esperar que la propia casa contuviera alguna respuesta.

El equipo aguardaba impaciente.

– La orden judicial incluye todo lo relacionado con el paradero de Bobby y los crímenes cometidos en la nave. -Era todo cuanto Chloe había logrado-. Seguid buscando.

Se dividieron. Pete se dirigió a la planta superior y Nancy, a la inferior. Luke se encargó de la sala de estar, pero no vio nada que indicara que ese hombre fuera alguien distinto a quien decía ser: un profesor de inglés retirado.

Observó una pared. También era el director de la compañía de teatro de un centro social. En la pared había colgados carteles de las producciones que había dirigido, incluida la Blancanieves que había lanzado a Bobby al estrellato. Luke pensó en la pequeña Kate Davis a quien, al parecer sin pensar, habían asignado el papel de la ardilla que le había valido el sobrenombre de «Rocky». ¿Hasta qué punto habría sido sin querer? Garth les había dicho que Bobby «hacía que Kate se sintiera atractiva». Destruir su autoestima para volver a construirla era una buena forma de ganarse su lealtad.

Las estanterías de Grant casi cedían bajo el peso de los cientos de libros que contenían. Luke empezó a examinarlos. Homero, Plutarco, Dante… Suspiró. Nada más que un montón de palabras.

– ¡Luke! -Nancy lo llamó con apremio desde el sótano-. Ven a ver esto.

Luke bajó los escalones de dos en dos.

– ¿Es Bobby?

Nancy se apostaba junto a una puerta blindada construida en un muro de cemento.

– No. Es una especie de escondite, igual al que encontramos en el sótano de Mansfield -explicó-. Mansfield guardaba allí las armas, las municiones y su colección de pornografía infantil. Pero Charles Grant… Bueno, míralo tú mismo.

Abrió la puerta y el hedor se hizo insoportable. Pero la visión era peor.

Era una cámara de tortura, con grilletes fijados a las paredes y estanterías llenas de cuchillos de todo tipo. En medio de la sala Luke vio una especie de mesa de autopsias que le recordó al laboratorio de Frankenstein. Encima había tendido un hombre. Bueno, lo que quedaba de él después de que lo hicieran pedazos.