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– ¿Ha dicho algo más sobre los otros? -preguntó Luke.

– Es posible que hubiera seguido hablando, pero entonces O'Brien ha entrado y le ha reventado la cabeza de un disparo -respondió Alex.

– El tic -musitó Susannah, y Luke se volvió a mirarla con expresión perpleja.

– ¿Cómo ha dicho?

– El tic -repitió. Ahora se acordaba. Ahora lo entendía-. Los oí.

– ¿A quiénes, Susannah?

– A Simon y a otra persona. Un chico. No le vi la cara. Estaban en la habitación de Simon, hablando. Discutieron. Al parecer el otro chico le había ganado a Simon en algún juego y Simon lo acusó de haber hecho trampa. El chico dijo que otra persona le había enseñado lo que tenía que hacer para ganar. -Se trasladó mentalmente a ese día-. De algún modo lograba anticipar los movimientos de su oponente y manipular su reacción. Simon quería pegarle, pero el chico lo convenció para jugar otra partida.

Alex se inclinó hacia delante.

– ¿Y entonces?

– Simon volvió a perder. Era un bruto, pero no tenía un pelo de tonto. Quería saber cómo lo hacía el otro chico. Creo que tenía en mente una forma de sacar partido a esos conocimientos. Le pidió que le presentara a la persona que se lo había enseñado. El chico dijo que había sido su tic. Su amo. Yo al principio creía que estaba bromeando, y Simon también lo creía, pero el chico parecía muy serio. Hablaba con… reverencia. Simon quedó intrigado.

– ¿Y qué más pasó? -quiso saber Luke.

– El chico le dijo a Simon que si lo acompañaba, cambiaría para siempre. Que «pertenecería a otra persona». Esas fueron sus palabras exactas. Lo recuerdo porque se me puso la piel de gallina y me eché a temblar a pesar de que en… de que donde estaba la temperatura debía de ser de cuarenta grados. Entonces Simon se echó a reír y dijo algo como: «Sí, sí. Vamos».

– ¿Cómo es que los oyó sin que se dieran cuenta? -preguntó Luke.

– Porque estaba escondida. -Su mueca fue involuntaria.

– ¿Estaba en su escondrijo? -El tono de Luke era dulce, pero tenía la mandíbula tensa.

– Sí. -Susannah exhaló un suspiro-. Estaba en mi escondrijo. Desde detrás del armario podía oír todo lo que se decía en la habitación de Simon.

– ¿Por qué estaba escondida, Susannah? -quiso saber Luke.

– Porque ese mismo día Simon me había ordenado que estuviera en casa. Me dijo que tenía un amigo que quería «conocerme». Yo solo tenía once años; aun así, comprendí lo que quería decir. Por suerte me escondí. El chico le dijo a Simon que lo llevaría a ver a su tic pero que antes quería pasar por mi habitación. Se enfadó mucho al ver que no estaba.

– ¿Quién? -preguntó Luke-. ¿El chico o Simon?

– Los dos.

– Entonces, ¿Simon aún no sabía lo del escondrijo?

– Imagino que no. Claro que no estoy segura. También es posible que lo supiera y quisiera hacerme creer que estaba a salvo. A Simon le encantaban los juegos psicológicos, manipular las reacciones de su adversario tenía que resultarle muy atractivo.

Luke puso mala cara.

– ¿Qué narices quiere decir «tic»? ¿Se refiere a un tic nervioso?

– No lo sé. Al día siguiente busqué información en la biblioteca, pero no encontré nada. Y no quise arriesgarme a preguntárselo a nadie.

– ¿Por qué? -preguntó Alex en tono cansino.

Susannah vaciló; luego se encogió de hombros.

– Porque mi padre lo habría descubierto.

– ¿Su padre no le dejaba hablar con los bibliotecarios? -aventuró Luke con cautela.

– Mi padre no me dejaba hablar con nadie.

Luke abrió la boca y volvió a cerrarla tras optar por no verbalizar lo que se le estaba pasando por la mente.

– De acuerdo. O sea que es posible que el chico fuera Toby Granville, ¿no?

– Es muy probable. Para entonces, Toby y Simon ya eran amigos. Simon acababa de perder una pierna y a la mayoría de los chicos les asustaba su prótesis. A Toby, en cambio, le atraía.

– Vamos a suponer que se tratara de Toby. Tenía un mentor, un maestro. Alguien que lo instruía en el arte de la manipulación. La persona a quien él pertenecía. Su tic. Algo es algo.

– Eso pasó hace muchos años -advirtió Susannah, poco convencida-. Es posible que esa persona ni siquiera viva. Y si vive, puede que no sea cómplice de Granville.

– Es cierto -admitió Luke-. Sin embargo, mientras no nos firmen una orden para registrar la casa de Granville o la chica desconocida vuelva en sí, eso es todo cuanto tenemos. -Sacó su teléfono móvil-. Susannah, llame a Chase y cuéntele lo que nos ha contado a nosotros. Pídale que investigue lo del tic.

Susannah, dispuesta a obedecer, sacó su ordenador portátil del maletín. Chase había salido a esperar el helicóptero de Daniel. Para cuando Susannah hubo terminado de explicarle la historia a su secretaria, el ordenador ya estaba en marcha.

– ¿Se sabe algo de Daniel? -preguntó Alex con inquietud.

Susannah sacudió la cabeza e hizo caso omiso del nudo que se le había formado en el estómago. «Él es fuerte. Se recuperará.» El estado de la chica era más preocupante.

– Todavía no. La secretaria de Chase me ha dicho que se espera que el helicóptero aterrice dentro de quince minutos, más o menos. Hasta entonces, será mejor que nos mantengamos ocupados.

Luke echó un vistazo al ordenador.

– ¿Qué está haciendo?

– Investigo. Tengo un dispositivo para conectarme a internet.

Él pareció impresionado.

– Qué bien. Busque en Google «tic», con «c», con «k», y con «ck». Y «amo».

– Ya lo he hecho. -Esperó con impaciencia y arrugó la frente ante el resultado-. Bueno, en Sudáfrica se llama «tik» al clorhidrato de metanfetamina. Y en camboyano significa «tierra y cielo». No sale nada más. A menos que… -Lo del camboyano hizo que otro recuerdo aflorara a su mente, una página de un libro de la universidad.

– ¿A menos que qué? -la apremió Luke.

– A menos que se escriba de otra manera -dijo Susannah mientras examinaba el resultado de la búsqueda-. Es una palabra vietnamita; se escribe «t-h-í-c-h». Es un tratamiento de honor referido a un monje budista. -Miró a Luke, vacilante-. Claro que el budismo se basa en la paz y la armonía. El monje en cuestión tenía que ser raro de narices.

– Cierto. Pero un monje raro de narices es mucho más de lo que teníamos hace media hora. -Arqueó las cejas-. Buen trabajo, pequeño saltamontes.

Ella disimuló la repentina emoción ante el elogio.

– Gracias.

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 18:00 horas

Charles apagó el receptor de radiofrecuencia y se arrellanó en el sofá del salón de la planta superior. Sabía que ese día tenía que llegar. Aun así, le resultaba difícil asimilar la noticia.

Toby Granville había muerto. «Muerto.» Apretó la mandíbula. Había muerto a manos de un aprendiz como Mack O'Brien. Mack había demostrado tener imaginación y ser cruel, pero le faltaba agudeza. Por eso lo había matado la bala de Daniel Vartanian. Por lo menos Toby no había muerto a manos de Daniel. Eso sí que no habría sido capaz de asimilarlo.

Toby. Era muy brillante. Siempre investigaba, buscaba; siempre experimentaba. Filosofía, matemáticas, religión, anatomía. Toby era el primero de la clase en la facultad de medicina. ¿Cómo podría no haberlo sido, después de las disecciones que había practicado en el sótano de Charles? Su protegido no practicaba con cadáveres. Ni hablar. Charles le había proporcionado a su alumno organismos vivos, y Toby había disfrutado muchísimo utilizándolos.

Charles pensó en el sujeto que en esos momentos se encontraba atado a la mesa de su sótano. Toby no había terminado con él. Todavía le quedaban unos cuantos secretos por revelar. «Supongo que tendré que terminar yo el trabajo.» Ante la expectativa, un escalofrío de emoción le recorrió la espalda a pesar de la tristeza.