Выбрать главу

Porque Toby estaba muerto. Había muerto en las peores circunstancias. No habría honras fúnebres, ni asistentes en masa a la ceremonia religiosa, ni lágrimas derramadas en el cementerio de Dutton. Toby Granville había muerto en circunstancias vergonzosas y no se celebraría acto alguno en su honor.

Charles se puso en pie. «Te veré algún día, mi joven amigo.» Sacó del armario la túnica que había llamado por primera vez la atención de Toby. Se atavió con ella, encendió unas cuantas velas, las dispuso alrededor de la habitación y se sentó en la silla que había diseñado especialmente para las sesiones con Toby. Captar al chico le había resultado muy fácil; conservarlo, sin embargo, le había costado mucho. Pero Toby había servido bien a su amo.

Charles entonó la melodía que para él no significaba nada en absoluto, pero que a aquel chico de trece años con sed de conocimientos y de sangre le había abierto el reino de lo oculto. Charles no creía en nada de todo aquello, pero Toby sí, y eso lo había tornado más sagaz y más cruel. Tal vez incluso hubiera provocado su inestabilidad mental. «Buen viaje, Toby. Te echaré de menos.»

– Y ahora -dijo en voz alta-, ¿a quién pondré en tu lugar? -Siempre había gente que aguardaba, gente deseosa de servir. Charles sonrió. «De servirme a mí, claro.»

Se levantó, apagó las velas de un soplo y guardó la túnica. Muy pronto volvería a utilizarlo todo. A los clientes que esperaban presenciar las premoniciones les gustaba que adornara la escena.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 18:45 horas

Luke se plantó ante el cristal y miró el interior de la sala de interrogatorios, donde dos hombres se encontraban sentados a la mesa; en silencio. Uno era el alcalde de Dutton, Garth Davis; el otro, su abogado. El rostro serio de Garth mostraba una contusión y la manga derecha de su abrigo estaba manchada de arcilla de Georgia.

Luke miró a Hank Germanio, el agente que ese día había detenido al alcalde.

– ¿Se ha resistido?

Germanio se encogió de hombros.

– No mucho.

Luke pensó en Susannah, en la gemela de Alex y en todas las mujeres a quienes Garth Davis había violado trece años atrás, se sintió aliviado de no haber sido él quien lo detuviera. Una pequeña contusión no era ni de lejos lo que se merecía.

– Qué lástima.

– Ya. A mí también me habría gustado que lo hubiera hecho.

– ¿Ha dicho algo?

– Solo ha preguntado por su abogado. Menudo cabrón baboso. Y el abogado también.

Luke miró el reloj.

– Chloe ha dicho que nos encontraríamos aquí.

– Y así es. -La ayudante del fiscal Chloe Hathaway cerró la puerta exterior. Era una rubia alta, con curvas y gusto para vestirse; pero si alguien creía que eso era todo, estaba muy equivocado. Su rostro menudo ocultaba una mente perspicaz, y Luke se alegraba de que participara en el caso-. Lo siento, he llegado tarde. He estado preparando las órdenes de registro de las casas y los despachos de Granville, Mansfield y Davis.

– ¿Están ya firmadas? -preguntó Luke.

– Todavía no. Quería que antes les echara un vistazo mi jefe. No quiero que nada quede excluido del registro. Al tratarse de un médico, un representante del orden y un abogado y alcalde, dependiendo de cómo se lleve a cabo el registro y de lo que se encuentre podrían presentarse conflictos de confidencialidad. No quiero que se nos escape ninguna prueba de las manos.

– Yo tampoco quiero que cinco chicas secuestradas se nos escapen de las manos, Chloe -repuso Luke, tratando de controlar su impaciencia-. Cuanto más tardemos en registrar la casa de Granville, más lejos estará su cómplice.

– Lo comprendo -dijo Chloe-. De verdad. Pero cuando encontréis al cómplice, no querréis perderlo por un registro ilegal, ¿verdad?

Luke apretó los dientes. Ella tenía razón, y él también.

– ¿Cuánto tardará?

– Una hora; dos como mucho.

– ¿Dos horas? Chloe…

– Luke… De momento, centrémonos en Davis. De los siete miembros originales del club de los violadores, él es el único que queda vivo. ¿Qué tenemos que lo vincule a las cinco chicas asesinadas, aparte de las fotos que encontrasteis en la antigua casa de Daniel?

– Tan sólo la relación con Granville y Mansfield. Todos ocupaban cargos socialmente importantes. No hemos tenido ocasión de interrogar a ninguno de sus votantes, vecinos, compañeros de trabajo… A nadie.

– ¿Y a la familia?

– Su esposa se marchó de la ciudad ayer con sus dos hijos porque Mack O'Brien asesinó a un primo de Garth. Temía por su seguridad y dijo que Garth no acudiría a la policía. No sabemos dónde está con exactitud. Su cuñada, Kate Davis, nos explicó que se había marchado «hacia el oeste».

– Bueno, cuando todo esto salga a la luz sabrá que está a salvo y es probable que vuelva a casa -dedujo Chloe-. ¿Qué hay de los padres de Davis? ¿Tiene hermanos?

– Los padres murieron. Nos queda su hermana, Kate Davis. Volveremos a hablar con ella.

Chloe exhaló un suspiro.

– O sea que no tenemos nada.

– Todavía no -reconoció Luke.

– Es posible que Garth Davis no sepa nada del negocio encubierto de Granville. Si me equivoco, seguro que su abogado querrá cerrar algún trato en relación con las violaciones de hace trece años.

Luke había pensado lo mismo.

– ¿Y tú? ¿Estás dispuesta? -preguntó con timidez.

Ella sacudió la cabeza.

– Te aseguro que no. No me plantearé llegar a ningún acuerdo sin saber de qué información dispone y si es de buena fuente. Tengo que pensar en las doce víctimas, y merecen su vista ante el tribunal. Sin embargo… -Dejó la frase sin terminar.

«Trece víctimas», pensó Luke, pero no la corrigió. El nombre de Susannah no formaba parte de la lista de Daniel porque en el momento en que la elaboró no lo sabía. Luke prefirió que Susannah se pusiera en contacto con Chloe por su cuenta. Una víctima de diferencia no hacía más o menos culpable a Garth Davis.

– Sin embargo, es posible que tengas que acabar cerrando un trato. -La sola idea lo ponía enfermo-. Podemos registrar su casa y su despacho y descubrir si tenía tratos con Granville.

– Ese es el camino fácil, Luke -respondió ella-. Y por eso me he esmerado tanto en redactar las órdenes. En ellas sólo puedo incluir lo que resulte relevante para el caso de las violaciones, a menos que tenga motivos de peso para vincular a Davis con el tráfico humano. De otro modo, si mientras registráis veis algo que lo implique, no podré utilizarlo.

– Por lo menos estaremos un paso más cerca de encontrar a las chicas.

– Eso es cierto, suponiendo que en su casa o en su despacho haya algo que nos permita incriminarlo. Antes tenéis que dar con ello. Y ya sé que no hace falta que te lo diga, Luke -añadió en tono razonable-, pero el tiempo corre. Estamos entre la espada y la pared.

– No quiero que ese cabrón se vaya de rositas, Chloe. Me da igual lo que sepa.

– No sabrás qué sabe hasta que se lo preguntes -terció Germanio con sensatez.

Chloe se colocó bien el asa de la cartera en el hombro.

– Eso también es cierto. Así que a preguntar, Papa.

Garth Davis aguardó a que Luke y Chloe se hubieran sentado a la mesa antes de abrir la boca.

– Esto es ridículo -dijo-. Yo no he violado a nadie. Ni ahora, ni hace trece años.

Luke no respondió; se limitó a deslizar una carpeta sobre la mesa. Contenía tan solo cuatro de las fotografías que implicaban gráficamente en el caso a un Davis joven. El hombre les echó un vistazo, exhaló un suspiro y cerró la carpeta, pálido y anonadado.

El abogado frunció el entrecejo.

– ¿De dónde han sacado eso? Es evidente que son imágenes manipuladas.

– Son auténticas -replicó Luke-. Son las primeras que me han venido a mano de los cientos de que disponemos. -Tomó una de las fotografías y la examinó-. Ha envejecido con dignidad, alcalde Davis. A muchos hombres en trece años les crece la barriga. Usted, en cambio, está en tan buena forma como entonces.