– No, pero miradlo de todos modos.
– Lo haremos. Pete Haywood está con su equipo en casa de Granville. Esperan tu aviso. En cuanto el juez firme la orden, llama a Pete y dile que puede entrar. Ya hace casi tres horas que sabemos que se han llevado a las chicas.
– Si piensan sacarlas del país, nos llevan una ventaja de la hostia -admitió Germanio.
– Ya lo sé -dijo Luke con tristeza-. Hemos enviado un aviso a los guardacostas y otro a la patrulla de fronteras, pero hasta que obtengamos una descripción del cómplice o de las chicas es corno si no hubiéramos hecho nada. Volveré al molino a ver qué han descubierto Ed y los técnicos forenses.
Atlanta,
viernes, 2 de febrero, 18:45 horas
Susannah aguardaba ante la ventana de la sala de espera del hospital mientras trataba de ignorar el torrente de actividad que tenía lugar a sus espaldas. Daba la impresión de que todos los policías de Atlanta se habían enterado de lo de Daniel y habían acudido allí con sus familias. Sus labios dibujaron una sonrisa, pero llena de amargura. Ella era su única familia. «Ya está. Y no nos hemos hecho precisamente mucho bien el uno al otro.»
Todos los recién llegados querían explicarle lo maravilloso y valiente que era su hermano. Lo honesto que era. A Susannah le dolían las mejillas de tener que obligarse a sonreír mientras agradecía a cada uno de los policías sus amables palabras. Alex había llegado hacía media hora, después de visitar a su hermanastra, Bailey, y desde entonces Susannah había dejado que fuera ella quien se ocupara de atender a aquellos que expresaban sus deseos de recuperación, y que contara una y otra vez la historia de cómo Daniel había derrotado en una ocasión más al malvado enemigo.
Y ella se había escapado a aquel lugar junto a la ventana. Desde allí veía las luces de la ciudad, el descenso de la circulación a medida que pasaba la hora punta. Si se esforzaba lo suficiente, era capaz de imaginar que estaba en su casa de Nueva York en lugar de en Atlanta, envuelta en aquella pesadilla.
Y es que tras el subidón de adrenalina que había experimentado durante el trayecto desde Dutton y la búsqueda del thích, la cruda realidad se había abierto paso en su conciencia. Le habían pinchado en todas partes, le habían sacado sangre y le habían puesto una inyección en el culo, tal como había previsto Alex. Una amable enfermera le había dejado un uniforme porque sus prendas habían quedado inservibles.
El jefe de Luke, Chase Wharton, la había interrogado en relación con lo sucedido durante la tarde. A la sazón, la chica estaba en el quirófano, y en el helicóptero no había recobrado el conocimiento.
Sus pensamientos no eran más halagüeños. Tenía el corazón encogido de pensar en los horrores que la chica habría visto y soportado. Se le paralizó al pensar en las muchachas con las que se había esfumado el cómplice de Granville. A lo que las someterían si no las encontraban rápido.
No necesitaba mucha imaginación para deducir qué les hacían a las chicas. Conocía las repercusiones de la prostitución y las violaciones. «De cerca; muy de cerca.» El murmullo de actividad que la rodeaba se desvaneció al evocar a una víctima con quien mantenía una estrecha relación. Ese día también había sangre; y el cadáver de alguien a quien habían apaleado hasta que su salvación fue imposible.
«Darcy. Lo siento. Tenía miedo y te fallé.» Claro que Susannah sabía que pedir disculpas no servía de nada. Darcy no podía oírla. Nunca podría volver a oír nada.
– Disculpe.
La suave voz la arrancó de la vieja pesadilla y la devolvió a la actual. Irguió la espalda, dispuesta a saludar a otro conocido con buenos deseos. Esta vez se trataba de una rubia menuda.
– Soy Felicity Berg -se presentó-. Trabajo en el laboratorio forense.
Susannah se quedó boquiabierta y la mujer se apresuró a darle unas palmadas en el brazo.
– No ha muerto nadie -dijo la doctora Berg, e hizo una mueca al percatarse de que había metido la pata-. Bueno, no es cierto. Han muerto muchas personas, pero Daniel no. -Se le acercó más-. Ni tampoco la chica a quien ha socorrido.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Susannah. Chase y Luke habían evitado todo lo posible hablar de la existencia de la chica; era un secreto muy bien guardado.
– Luke me ha llamado y me ha contado lo sucedido esta tarde en el molino. Hemos tenido mucho ajetreo esta semana con las víctimas de Mack O'Brien, y ahora se ha presentado esto. Pronto empezarán a llegar y no tendré la oportunidad de estar con usted. Solo quería decirle que su hermano es una buena persona y que rezaré por él. Y por usted.
«Una buena persona.» Daba igual lo que Daniel hubiera hecho o hubiera dejado de hacer. Susannah jamás podría negar que su hermano era una buena persona. Notó que se le ponía un nudo en la garganta y tuvo que tragar saliva antes de pronunciar la respuesta.
– Gracias.
La doctora Berg lanzó una mirada a los ruidosos policías.
– Mi madre ingresó aquí para una intervención el año pasado, y entre las amigas del bingo y las de las clases de baile convirtieron la sala de espera en una auténtica fiesta. -Hizo una mueca-. Por no hablar de las de sus escapadas nocturnas.
Susannah sonrió y la doctora Berg le devolvió el gesto, tímidamente complacida.
– Me he escapado a la capilla -confesó-. Allí siempre se está tranquilo.
De pronto a Susannah se le antojó que ese era el lugar apropiado.
– Gracias.
La doctora Berg le estrechó el brazo.
– Cuídese. Ah, y piense que todos esos policías harían cualquier cosa por usted; es la hermana de Daniel. Si necesita lo que sea, no dude en pedírselo. Le diría que también cuente conmigo pero… -Se puso seria-. Tengo trabajo.
«Y yo también.» Por eso tenía que tomar el avión por la mañana. Aún tenía pendiente denunciar las violaciones cometidas trece años atrás. Todo el mundo estaba tan preocupado por lo ocurrido en el molino que no habían dedicado un solo momento a hablar de los sucesos del pasado. Sin embargo, antes de hablar con el fiscal del estado tenía que llamar a su jefe en Nueva York. Seguro que su relación con los hechos la convertía en noticia, y prefería que lo supiera por ella antes de que se enterara a través de la CNN.
– Su trabajo debe de ser el más duro que existe, doctora Berg.
– No. El de Luke es peor. Cuando identifiquemos a todas las víctimas, tendremos que comunicarles a sus familiares que sus hijas no regresarán a casa. La capilla está en la tercera planta.
Viernes, 2 de febrero, 19:00 horas
«Tengo que salir de aquí.» Ashley Csorka aferró la toalla que la envolvía. Ya no estaba en aquel infierno de hormigón, pero el nuevo lugar no era mucho mejor. Se trataba de una casa; sin embargo, para ella era igualmente una prisión. En la habitación no había ventanas. Ni siquiera había conductos de ventilación, así que aunque hubiera sido menuda, que no lo era, no habría podido colarse por ellos. La casa debía de tener cien años. La bañera era vieja y tenía grietas; resultaba sorprendente que estuviera tan limpia.
Ahora ella también estaba limpia. Mierda. La mujer le había obligado a tomar un baño. El padre de Ashley siempre le decía que si alguna vez la agredían, se vomitara encima, que era una buena forma de disuadir a un violador. Cuando las metieron en el barco no había necesitado provocarse el vómito. Nunca había sido capaz de navegar, lo cual a su padre no dejaba de sorprenderle puesto que era una gran nadadora.
«Papá.» Ashley se esforzó por no llorar. Su padre debía de estar buscándola, pero nunca podría encontrarla en ese lugar. «Lo siento, papá. Tendría que haberte hecho caso.» Sus prohibiciones y sus normas le parecían ahora más que adecuadas, pero ya era demasiado tarde.
«Me prostituirán. Moriré aquí. No; no te rindas.» Se obligó a pensar en su padre y en su hermano menor. Ellos la necesitaban. Su equipo la necesitaba. Un sollozo ascendió por su garganta. «No debería estar aquí. Tendría que estar compitiendo en los Juegos Olímpicos.»