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– Gracias.

– De nada. -La señora Papadopoulos sacó otro rosario del bolso y empezó a rezar-. ¿No reza por su hermano? -le preguntó sin rodeos.

Susannah bajó la cabeza.

– Claro. -Aunque en realidad no era eso lo que había estado haciendo. Había estado rezando para tener la fuerza suficiente y hacer lo que debía. Daba igual el precio que tuviera que pagar.

– Daniel está fuera de peligro -le comunicó la señora Papadopoulos-. Se pondrá bien.

«Gracias.» Su corazón susurró la plegaria que su mente no le permitía rezar.

– Gracias -musitó, dirigiéndose a la madre de Luke. Aún notaba su mirada penetrante.

– Así que las cosas son complicadas -dijo la mujer al fin-. ¿Por qué está aquí en realidad, Susannah?

Susannah arrugó la frente. «Qué metomentodo.»

– Porque hay silencio. Necesitaba pensar.

– ¿En qué?

Ella la miró con gesto glacial.

– No es asunto suyo, señora Papadopoulos.

Esperaba que la mujer se marchara haciendo aspavientos, pero en vez de eso le sonrió con dulzura.

– Ya lo sé. Aun así, se lo pregunto. Daniel es de la familia, y usted es familia de Daniel. -Se encogió de hombros-. Por eso se lo pregunto.

Las lágrimas arrasaron de forma inesperada los ojos de Susannah y esta volvió a bajar la cabeza. El nudo que notaba en la garganta era cada vez mayor, pero las palabras brotaron sin pensarlo.

– Estoy en un dilema.

– La vida está llena de dilemas.

– Ya lo sé, pero este es uno de los gordos.

«Se trata de mi vida, mi carrera. Mis sueños.» La señora Papadopoulos pareció sopesarlo.

– Por eso ha venido a la iglesia.

– No. De hecho, he venido aquí para estar en silencio. -Lo había hecho para escapar. Al igual que la otra vez, cuando se refugió en la iglesia tras cometer una acción tan despreciable.

En aquella ocasión se había odiado a sí misma; sentía demasiada vergüenza para confesarse con un sacerdote. Aun así, se había refugiado en una iglesia y allí había encontrado de algún modo la fortaleza necesaria para seguir adelante, para hacer algo que se pareciera a lo correcto. Este día, en cambio, lo que hiciera sería lo correcto. Esta vez no habría vuelta atrás. Esta vez conservaría íntegro su amor propio.

La madre de Luke miró el rosario que Susannah sostenía en las manos.

– Y ha encontrado la paz.

– Toda la que… -«Me merezco»-. Toda la que puedo encontrar.

Más que paz, había encontrado fortaleza, y de las dos cosas, esa era la que necesitaba en primer lugar.

– Cuando he entrado la he tomado por una doctora. -La madre de Luke tiró del uniforme que Susannah llevaba puesto-. ¿Qué ha pasado con su ropa?

– Se ha estropeado, y una enfermera me ha dejado esto hasta que tenga otra cosa para ponerme.

La señora Papadopoulos tomó su enorme bolso con las dos manos.

– ¿Dónde está su maleta? Iré a buscarle algo de ropa. Usted quédese aquí con Daniel.

– No tengo más ropa. No… Mmm… No he traído nada más.

– ¿Ha venido desde Nueva York y no se ha traído ni una sola prenda de ropa? -La mujer arqueó las cejas y Susannah se sintió obligada a contarle la verdad.

– He venido hoy, en un arrebato.

– Un arrebato. -La mujer sacudió la cabeza-. Complicado. Entonces, ¿no pensaba quedarse?

– No. Me marcharé… -Susannah frunció el ceño. De repente se sentía insegura, y eso la incomodaba-. Estoy esperando a que se despierte otra paciente. Cuando esté bien, me marcharé.

La señora Papadopoulos se puso en pie.

– Bueno, no puede andar por ahí vestida de esa manera. Ni siquiera lleva zapatos. -Era cierto. Susannah llevaba unos zuecos de hospital-. Dígame qué talla usa. Mi nieta trabaja en una tienda de ropa del centro comercial y entiende de moda. La vestirá con buen gusto.

Susannah también se levantó.

– Señora Papadopoulos, no tiene por qué… -La mirada furibunda de la mujer hizo que Susannah se retractara-. Mamá Papa, no tiene por qué hacerlo.

– Ya lo sé. -La señora Papadopoulos se quedó mirándola y Susannah descubrió de dónde había sacado su hijo aquellos penetrantes ojos negros que siempre parecían ver más allá-. Alex, la amiga de Daniel, me ha contado lo que ha hecho por esa chica; la chica a quien ha salvado.

Susannah frunció el ceño.

– Creó que no tenía que enterarse nadie.

La señora Papadopoulos se encogió de hombros.

– A mí ya se me ha olvidado. -Sonrió con amabilidad-. No tenía por qué salvarla.

Susannah tragó saliva. Iban a hacerle análisis de sangre y cultivos; iban a hacerle todas las pruebas posibles para asegurar su estado de salud. Aun así, era posible que acabara pagando muy caro lo que había hecho.

Claro que la desconocida llevaba años pagándolo muy caro sin haber hecho nada.

– Sí; sí que tenía motivos para hacerlo.

– Entonces yo también los tengo -repuso la señora Papadopoulos con tanta amabilidad que Susannah volvió a notar que sus ojos se arrasaban en lágrimas-. Sí que los tengo. Agradézcamelo y permita que haga mi buena acción del día.

Susannah comprendía muy bien la necesidad de hacer buenas acciones.

– Calzo un treinta y siete y medio -respondió-. Gracias.

La madre de Luke le dio un gran abrazo y la dejó a solas en la capilla.

Susannah enderezó la espalda. Esa mañana había hecho lo que tenía que hacer al encontrar la caja. Y por la tarde había hecho lo que tenía que hacer al evitar que la desconocida muriera desangrada. Ahora también haría lo que tenía que hacer. El jefe de Daniel le había facilitado el número de Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal del estado dispuesta a proceder contra el único superviviente del club de Simon.

Tomó su maletín y abandonó la tranquila capilla. Tenía cosas que hacer, llamadas que efectuar. Tenía que recuperar su amor propio. Pero antes comprobaría qué tal evolucionaba la desconocida.

Casa Ridgefield,

viernes, 2 de febrero, 20:00 horas

– Están a punto -dijo Rocky.

Bobby levantó la cabeza de los ficheros de datos personales del ordenador y ocultó la furia que la visión de Rocky desató en su interior. La mujer lo había puesto todo en peligro. «Tendría que haber ido yo al molino.» Ahora tenía que encontrar otro médico que extendiera los certificados sanitarios de cada expedición y otro policía que trabajara en la oficina del sheriff de Dutton.

Por lo menos Chili había alcanzado su objetivo. Por fin. Las llamadas para que todos los equipos de bomberos posibles se personaran en casa de Granville colapsaban el receptor. El siguiente destino sería la casa de Mansfield. ¿Quién sabía qué pruebas guardaban esos dos?

El negocio estaba a salvo. Y esa noche iba a ganar mucho dinero.

Bobby miró a las cinco jóvenes que aguardaban en fila. Dos eran nuevas; procedían del molino y volvían a aparecer limpias, vestidas y presentables. Las otras tres eran veteranas. A todas se las veía abatidas. Todas temblaban, dos de ellas con tanta violencia que hasta sus largos pendientes se agitaban. Bien. Era bueno que tuvieran miedo.

Bobby tenía muy claro que esa noche el negocio iba a resultar lucrativo. A Haynes le gustaban las rubias de aspecto saludable, bronceadas y con un inconfundible aire americano, lo cual constituía el nicho de Bobby en el mercado de exportación, que estaba en plena expansión. Ellos ofrecían a sus clientes la oportunidad de comprar en América.

– A Haynes le gustará la rubia. Ashley, ¿verdad?

– No. -La rubia retrocedió mientras las otras cuatro dejaban caer los hombros, aliviadas-. Por favor.

Bobby sonrió con placer.

– Rocky, ¿cuál es la dirección de Ashley?

– Su familia vive en el 721 de Snowbird Drive, Panama City, Florida -respondió Rocky al instante-. Su madre murió hace dos años y su padre trabaja de noche. Como la chica «se ha ido de casa», el padre ha contratado a una canguro para que cuide de su otro hijo mientras él trabaja. A veces por las noches el chico se escabulle y…