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– Es suficiente -dijo Bobby cuando la rubia se echó a llorar-. Lo sé todo sobre tu familia, Ashley. Un paso en falso, un solo cliente descontento, y un miembro de tu familia morirá. Y tendrá una muerte dolorosa. Buscabas emociones y ya las tienes, así que deja de llorar. Mis clientes quieren sonrisas. Rocky, llévatelas. Tengo trabajo.

Bobby volvió a abrir los ficheros del ordenador y se había enfrascado en la lectura de los datos personales de un candidato perfecto para el puesto de médico cuando su móvil desechable sonó. Era el número que reservaba para los contactos comerciales y los informantes, aquellos a quienes podía convencer para que actuaran como les pedía porque habían hecho cosas horribles que no deseaban que salieran a la luz.

La información era poder, y Bobby adoraba el poder. El número era de Atlanta.

– ¿Diga?

– Me pidió que llamara si pasaba algo en el hospital. Tengo noticias.

A Bobby le llevó unos minutos reconocer la voz. «Claro.» Jennifer Ohman, la enfermera que tenía problemas con las drogas. Sus informantes solían tener problemas con las drogas. O con el juego. O con el sexo. Cualquiera que fuera su adicción secreta, el resultado era el mismo.

– Bien, habla. No tengo todo el día.

– Han trasladado a dos pacientes en helicóptero desde Dutton. Uno es el agente especial Daniel Vartanian.

Bobby se irguió de golpe. Su receptor había captado las comunicaciones de la policía sobre los disparos que había recibido Vartanian y las muertes de Loomis, Mansfield, Granville y Mack O'Brien, además de la del guardia sin identificar. Resultaba curioso que no se hubieran oído comentarios sobre los otros cadáveres que la policía debía de haber encontrado en la nave.

– ¿Quién es el otro?

– Una desconocida, de dieciséis o diecisiete años. Ha ingresado en estado crítico pero la han operado y ha sobrevivido.

Bobby se puso en pie despacio. La furia que hervía en su interior iba dejando paso a un miedo glacial.

– ¿Cómo está?

– Está estable. Quieren mantener la noticia en secreto. Hay un vigilante en la puerta de su habitación, las veinticuatro horas del día.

Bobby exhaló un hondísimo suspiro. Rocky le había dejado muy claro que todas las chicas que habían quedado en la nave estaban muertas. Pues bien: o aquella chica era un nuevo Lázaro, o la mujer le había mentido. Fuera como fuese, la cuestión era que Rocky había cometido un gravísimo error de cálculo.

– Ya.

– Hay más. Han llegado otros dos heridos en ambulancia; un hombre y una mujer. Ella es Bailey Crighton, la chica que lleva una semana desaparecida.

– Ya sé quién es. -«Granville, gilipollas. Rocky, imbécil»-. ¿Y el hombre?

– Es un capellán del ejército, un tal Beasley. No, Beardsley; eso es. Los dos están estables. Eso es todo cuanto sé. -La enfermera vaciló-. Con esto ya estamos en paz, ¿verdad?

Ahora tenía que eliminar a tres personas y una sola enfermera no sería suficiente. Aun así, seguía resultándole útil.

– No. Me temo que las cosas no funcionan así. Quiero a la chica muerta. Envenénala o asfíxiala; me da igual. Lo que no quiero es que se despierte. ¿Entendido?

– Pero… -«No»-. No haré eso.

Al principio todas decían lo mismo. Con unas tenía que insistir más que con otras, pero el resultado siempre era el mismo. Todas acababan accediendo.

– Sí, sí que lo harás.

– No puedo. -La enfermera parecía horrorizada. Pero eso también lo decían todas.

– Vamos a ver… -El fichero con los datos personales de la enfermera contenía todo lujo de detalles. El agente del Departamento de Policía de Atlanta había hecho muy bien su trabajo, como de costumbre-. Vives con tu hermana. Tu hijo vive con su padre porque perdiste la custodia. Permitiste que tu marido se llevara a tu hijo a cambio de que no revelara tu problemilla. Qué considerado. Claro que no puedes vigilarlos todo el tiempo, querida.

– Se… Se lo diré a la policía -repuso la enfermera. La desesperación podía más que el horror.

– ¿Y qué les dirás? ¿Qué te pillaron robando droga en el hospital con la intención de consumirla y venderla, pero que el agente que trabaja para mí te dejó en libertad y ahora un ser depravado te hace chantaje? ¿Cuánto tiempo crees que te durará el trabajo cuando se sepa la verdad? El día en que el agente te dejó libre y te hizo una advertencia, pasaste a pertenecerme. Matarás a esa chica esta noche, o mañana a esta hora un miembro de tu familia habrá muerto. Y cada día que te retrases, morirá otro. Ahora ve a hacer lo que se te ordena.

Bobby colgó y efectuó otra llamada.

– Paul, soy yo.

Hubo un breve silencio. Luego se oyó un quedo silbido.

– Menudo follón tienes liado.

– ¿De verdad? -dijo Bobby con enojo, arrastrando las palabras-. No tenía ni idea. Escucha, te necesito. Te pagaré lo de siempre y como siempre. -Paul le resultaba muy útil. Era un policía sensato con una amplia red de contactos que proporcionaban información de buena fuente y sin otros valores morales que su firme lealtad al mejor pagador-. Antes de medianoche quiero saber quiénes llevan el caso de Granville en el GBI. Quiero todos los nombres; hasta el del último auxiliar administrativo.

– Y el del encargado de vaciar las papeleras. Los tendrás.

– Muy bien. Quiero saber qué departamentos de policía están colaborando con ellos y si alguno tiene bastante información para representar un problema. Quiero saber qué pasos van a seguir…

– Antes de que los den -terminó Paul-. Eso también lo sabrás. ¿Ya está?

Bobby examinó la foto que Charles le había dejado esa tarde en el momento crucial de la despedida. En ella se veía a la circunspecta Susannah Vartanian apostada junto a su hermano durante el funeral de sus padres. Por el momento tendría que aparcar ese asunto, y todo por culpa de Rocky. Sin embargo, cuando el negocio dejara de verse amenazado, le llegaría el turno a Susannah.

– De momento sí, pero no bajes la guardia. Espero tu llamada. No te retrases.

– ¿Alguna vez lo he hecho? -Y, sin esperar respuesta, Paul colgó.

– ¡Ven aquí!

Los pasos de Rocky resonaron en la escalera.

– ¿Qué problema hay?

– Muchos. Tengo un trabajito extra para ti. Ha llegado el momento de que limpies las cagadas que has hecho.

Capítulo 6

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 20:20 horas

Luke salió corriendo del coche y se reunió con el agente Pete Haywood, quien observaba contrariado cómo las llamas envolvían la casa del doctor Toby Granville y cualquier prueba que esta contuviera. Las chicas podían encontrarse en cualquier sitio, y todos los vínculos de Granville con su cómplice se estaban convirtiendo en humo.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Luke, pero Pete no respondió. No se movió un ápice; siguió mirando las llamas como si lo hubieran hipnotizado-. Pete. -Luke lo aferró por el brazo y se vio obligado a retroceder de un salto cuando Pete dio un respingo y se volvió con los puños apretados.

Luke dio un paso atrás y extendió los brazos hacia delante.

– Eh, Pete. Soy yo. -Entonces observó el enorme dolor en sus oscuros ojos y la venda que desde la sien cubría la mitad de su calva reluciente color ébano-. ¿Qué coño ha pasado aquí?

Pete sacudió la cabeza.

– No te oigo -gritó-. Aún me pitan los oídos. Ha sido una bomba, Luke. Nos ha desplazado a mí y a dos hombres más de tres metros, como si fuéramos simples maderos.

Pete Haywood medía un metro noventa y cuatro y pesaba ciento trece kilos. Luke imaginó la enorme fuerza que hacía falta para mover a un hombre de su tamaño. La sangre aún empapaba el vendaje de su cabeza.