– Necesitas puntos -gritó Luke.
– Los médicos tienen que atender primero a otros heridos. A Zach Granger se le ha clavado un trozo de metal. -Pete tragó saliva-. Es posible que pierda el ojo. Chopper está en camino para llevarlo al hospital.
Las cosas iban cada vez peor.
– ¿Dónde está el inspector de incendios? -preguntó Luke a voz en grito.
– Aún no ha llegado. El jefe del cuerpo municipal está allí, junto al camión.
Las cejas de Luke se dispararon hacia arriba cuando vio al hombre que se apostaba junto al bombero jefe.
– ¿Corchran también está allí?
– Ha llegado unos quince minutos después de que nosotros recibiéramos el aviso.
Luke guió a Pete hasta su coche, lejos de los fisgones.
– Siéntate y cuéntame qué ha ocurrido, y no hace falta que grites. Yo te oigo bien.
Con aire desalentado, Pete se sentó de medio lado en el asiento del acompañante.
– Estábamos esperando a que llamara Chloe y nos avisara de que la orden de registro estaba firmada. Nadie había entrado ni salido desde que llegamos. Chloe ha llamado a las ocho menos cuarto y entonces hemos entrado. He abierto la puerta y, de repente, ha estallado un infierno. Literalmente.
Luke frunció el entrecejo.
– ¿Qué hay de la casa de Mansfield?
– Nancy Dykstra está allí con su equipo. La he llamado en cuanto he podido levantarme del suelo y le he advertido que no entre. Están esperando a que los artificieros se aseguren de que el pirómano en cuestión no pretende volar las dos casas.
– Bien pensado. ¿Has visto a la esposa de Granville?
– Si estaba en la casa, no ha salido cuando se lo hemos indicado. Zach y el resto del equipo han llegado a las cinco y cuarto y han ocupado todas las salidas.
– Muy bien. O sea que quien ha colocado la bomba lo ha hecho entre la una y treinta y ocho y las cinco y cuarto.
Pete volvió a fruncir el ceño.
– ¿Por qué la una y treinta y ocho?
– Porque es la hora en que Granville ha llamado a la persona que creemos que es su cómplice. A las cinco y cuarto la noticia de la muerte de Granville aún no se había difundido, así que sólo su cómplice sabía que no ha salido de la nave con el resto.
– Y el cómplice teme que Granville hable si lo pillan o que tenga en su casa pruebas que puedan comprometerlo. Por eso la ha volado. Y ahora ¿qué?
– Ahora tienes que ir a que te cosan esa cabeza tan dura que tienes. Deja que en adelante me encargue yo del asunto. Hemos quedado en el despacho de Chase a las diez. Si puedes, ven. Si no, intenta llamar. -Luke estrechó el hombro de Pete para darle ánimo y se dirigió hacia Corchran y el jefe del equipo de bomberos.
Los dos hombres se encontraron a medio camino.
– He venido en cuanto he oído los primeros avisos de incendio por la radio -explicó Corchran.
– Gracias -respondió Luke-. Se lo agradezco. -Se volvió hacia el bombero jefe-. Soy el agente Papadopoulos, del GBI.
– Jefe Trumbell. Estamos tratando de controlar esto desde fuera. No he hecho entrar a mis hombres a causa de las explosiones. No quiero que tropiecen con más cables.
– ¿Es así como se hizo estallar el artefacto? -preguntó Luke-. ¿Con un cable?
– Eso tendrá que confirmarlo el equipo de investigación de incendios, pero he visto un cable atado al pomo interior de la puerta de entrada, de unos dieciséis o diecisiete centímetros. Parece un mecanismo muy sencillo. Se abre la puerta y se tira del cable que hace de detonador. El incendio estaba bien avanzado para cuando hemos llegado. Imagino que el inspector descubrirá que habían rociado la casa con algo para avivarlo.
– Ya. Mire, Granville estaba casado. Creemos que su esposa no estaba en la casa.
– Eso es lo que ha dicho Haywood. -Trumbell se volvió a mirar las llamas-. Si está ahí dentro… No puedo arriesgarme a enviar a alguien a buscarla.
Como para recalcar sus palabras se oyó un gran estruendo, y automáticamente todos agacharon la cabeza. Todos menos Trumbell, que se echó a correr hacia la casa con la radio en la mano mientras ordenaba a gritos a sus hombres que se echaran atrás.
– Creo que se ha desplomado el techo de una planta -dijo Corchran.
Y con él todos los vínculos entre Granville y su cómplice.
– Mierda -exclamó Luke en voz baja.
Corchran señaló hacia la calle.
– Los buitres acuden al olor.
Dos unidades móviles de televisión se acercaban.
– Solo faltaba eso -musitó Luke-. Por cierto, gracias por venir. No tiene por qué responsabilizarse de lo que ocurre en Dutton.
Corchran pareció incomodarse.
– Ya lo sé, pero el departamento de policía de aquí está… hecho un caos.
– Teniendo en cuenta que el sheriff y su ayudante principal han muerto, creo que se queda corto.
– Si necesitan ayuda, avísenme. Pero no quiero tener que andarme con pies de plomo por culpa de las competencias.
– Gracias. Creo que en estos momentos el director del cuerpo está buscando un nuevo sheriff, así que, con suerte, pronto se restablecerá el orden en Dutton. Ahora tengo que precintar el escenario.
Corchran echó una mirada furibunda a las unidades móviles.
– Asegúrese de marcarlo muy lejos.
– No lo dude.
Luke hizo retroceder a los periodistas escudándose en que era necesario para su seguridad y también para la del personal de emergencia. Soportó los pocos epítetos pronunciados entre dientes de que fue objeto y se sintió orgulloso de no haber mandado a tomar por el culo a uno solo de los periodistas. Acababa de situar a una patrulla de la policía estatal junto a la cinta que delimitaba el escenario cuando notó vibrar el móvil en el bolsillo.
Al ver que el teléfono empezaba por 917 arrugó la frente, pero enseguida recordó que se trataba del número de Susannah, que tenía prefijo de Manhattan. «Que no haya muerto la chica.» Miró la casa derruida de Granville. «Es posible que sea todo cuanto tengamos.»
– Susannah, ¿en qué puedo ayudarla?
– La chica se ha despertado. No puede hablar, pero está despierta.
«Gracias.»
– Llegaré lo más rápido posible.
Casa Ridgefield,
viernes, 2 de febrero, 20:45 horas
– Es la hora de la fiesta, Ashley -anunció Rocky mientras daba la vuelta a la llave para abrir la cerradura-. El señor Haynes está…
Rocky se detuvo en la puerta. Durante unos instantes la impresión le impidió pensar. De repente la furia se abrió paso en su interior, una furia explosiva y devastadora, y la mujer se precipitó al interior de la habitación donde Ashley yacía en el suelo, hecha un ovillo.
– ¿Qué coño has hecho? -soltó Rocky mientras agarraba a Ashley del pelo que le quedaba en la cabeza-. ¡Mierda! ¿Qué has hecho?
El labio de Ashley aparecía ensangrentado en el punto donde se lo había atravesado de un mordisco. Tenía el cuero cabelludo enrojecido y en la coronilla se veían al menos ocho claros del tamaño de un dólar de plata. La muy cerda se había arrancado el pelo de raíz.
Ashley tenía los ojos humedecidos por las lágrimas pero su mirada estaba llena de rebeldía.
– Quería a una rubia, ¿no? ¿Y ahora? ¿También me querrá?
Rocky la abofeteó con fuerza y la tiró al suelo.
– ¿Pero qué estáis…? -Bobby se interrumpió-. Joder.
Rocky se quedó mirando las pequeñas calvas con la respiración agitada.
– Se ha arrancado el pelo. Así Haynes no la querrá.
– Pues tendrá que elegir a una de las otras.
Bobby no estaba alegre, lo cual significaba que Rocky acabaría pagando por ello.
– ¿Quieres que la entregue a uno de los guardias?
Bobby escrutó a la chica con los ojos entornados.
– Todavía no. No la quiero con morados; solo sumisa. Métela en el hoyo. Nada de comida ni de agua. Unos cuantos días allí le harán perder un poco de rebeldía. Cuando la saques, aféitale la cabeza, le pondremos una peluca. Joder; si todas las estrellas del rock la usan, ¿por qué no nuestras chicas? Ah, Rocky. Y consígueme rápido unas cuantas rubias. Esta noche le había prometido a Haynes que tendría una y ahora tendré que hacerle descuento elija la que elija. La próxima vez quiero poder servirle lo que desea. Una cuarta parte de los ingresos del nuevo negocio proceden de él.