Rocky pensó en las chicas con las que había estado chateando.
– Tengo a dos, puede que a tres, a las que podría traer ahora mismo -dijo.
– ¿Y son rubias?
Ella asintió.
– Las he captado yo misma. Pero ¿quién irá a buscarlas? De eso se encargaba Mansfield.
– Tú tenlas a punto. Ya me encargaré yo de que alguien las recoja. Aparta a esta de mi vista antes de que cambie de opinión y le dé una paliza con mis propias manos. Y no llegues tarde a la cita. Te ofrezco la oportunidad de que vuelvas a trabajar para mí. No la cagues.
Rocky se mordió la parte interior de la mejilla. Era lo bastante inteligente para no protestar por la tarea extraordinaria que Bobby le había asignado. Claro que eso no significaba que le hiciera mucha gracia. Miró el reloj. Tenía que llevar a aquella chica al hoyo o llegaría tarde al hospital para el cambio de turno.
Atlanta,
viernes, 2 de febrero, 21:15 horas
– Susannah.
Susannah levantó la cabeza y vio a Luke reflejado en el cristal de la unidad de cuidados intensivos que la separaba de la cama de la desconocida.
– Me han permitido verla unos minutos.
– ¿Estaba lúcida?
– Me parece que sí. Me ha reconocido, me ha estrechado los dedos de la mano. Ahora tiene los ojos cerrados, pero es posible que esté despierta.
– Aún está intubada.
– Como le he dicho por teléfono, no puede hablar. El médico dice que tiene pulmón de shock.
Luke hizo una mueca.
– Mierda.
– ¿Sabe lo que es?
– Sí. Mi hermano Leo fue marine y lo padeció a raíz de una batalla. Si se rompen más de tres costillas del mismo lado, el pulmón se hunde. -Unió las cejas morenas-. ¿Se lo hice yo al moverla?
Su preocupación conmovió a Susannah.
– No lo creo. Tiene contusiones por todo el tórax. Según el médico, un par de ellas parecen causadas por la punta de una bota. Dice que puede que necesite permanecer intubada unos cuantos días más.
– Bueno, no es la primera vez que interrogo a testigos intubados. Si está lúcida, utilizaremos una pizarra con letras y le pediremos que cierre los ojos cada vez que señalemos la correcta. Necesito averiguar qué sabe.
Dio un paso adelante y se colocó justo detrás de ella, y el calor que desprendía su cuerpo inundó la piel de Susannah y le hizo estremecerse. Él se inclinó por encima de su hombro para mirar por el cristal. Si en ese momento Susannah hubiera vuelto la cabeza, su nariz apenas habría distado un par de centímetros de la mejilla mal afeitada de Luke. Esa tarde, en el coche, antes de que las llamas acabaran con todo, él le olía a cedro. Ahora, en cambio, olía a humo. Mantuvo la cabeza quieta y los ojos cerrados.
– Da la impresión de que es más joven de lo que parecía esta tarde -musitó Luke.
– Esta tarde estaba toda manchada de sangre. Ahora está limpia. ¿Qué se ha quemado?
Él volvió la cabeza y ella notó que la miraba.
– La casa de Granville.
Susannah cerró los ojos.
– Mierda.
– Eso mismo he dicho yo.
Retrocedió un paso y ella volvió a estremecerse al distanciarse su calor.
– Voy a intentar hablar con ella. -Le tendió una bolsa de papel-. Esto es para usted.
Dentro había ropa. Susannah la extrajo y lo miró perpleja.
– ¿De dónde la ha sacado?
Él esbozó una pequeña sonrisa ladeada.
– Hemos celebrado una reunión familiar informal en el vestíbulo. Mi madre salía y mi hermano y mi sobrina venían a buscarla. Leo había recogido a Stacie en la tienda del centro comercial donde trabaja, y allí ha comprado la ropa. Leo va a acompañar a mi madre a casa y Stacie va a llevarle el coche a casa porque la última vez que mi madre condujo de noche la pararon por ir a menos de cincuenta cuando la velocidad permitida era de cien. -Se encogió de hombros-. Así la policía está contenta y mi madre también. Todos contentos.
Susannah más bien se compadecía del pobre agente que hubiera tenido que ponerle una multa a la señora Papadopoulos.
– Mmm, gracias. Le entregaré un cheque a su sobrina.
Él hizo un gesto de asentimiento y la apartó para entrar a la pequeña habitación de la unidad de cuidados intensivos.
La enfermera se encontraba al otro lado de la cama en la que yacía la chica.
– Solo dos minutos.
– Sí, señora. Hola, cariño -dijo Luke con voz dulce-. ¿Estás despierta?
La desconocida pestañeó, pero no llegó a abrir los ojos. Él tomó una silla y se sentó.
– ¿Te acuerdas de mí? Soy el agente Papadopoulos. Estaba con Susannah Vartanian esta tarde, cuando te hemos encontrado.
La desconocida se puso tensa y el indicador de presión sanguínea empezó a subir.
Susannah lo vio mirar el monitor antes de volverse hacia la chica.
– No voy a hacerte daño, cariño -dijo-. Pero necesito que me ayudes.
El pulso de la chica se disparó y otro monitor emitió un pitido. La chica irguió la cabeza, cada vez más nerviosa, y Luke miró a Susannah preocupado porque la enfermera parecía dispuesta a echarlos de inmediato.
– Yo también estoy aquí -dijo Susannah en voz baja. Dejó la bolsa con la ropa en el suelo y acarició suavemente la mejilla de la chica con los nudillos-. No tengas miedo.
La presión sanguínea de la chica empezó a disminuir y Luke se puso en pie.
– Usted siéntese aquí y yo esperaré al otro lado del cristal. Háblele. Ya sabe lo que quiero averiguar. Le traeré una pizarra con letras.
– Muy bien. -Susannah se inclinó para acercarse y cubrir la mano de la chica con la suya-. Eh, estás bien. Estás a salvo. Nadie volverá a hacerte daño, pero necesitamos tu ayuda. Las otras chicas no han tenido tanta suerte como tú. Se han llevado a unas cuantas y tenemos que encontrarlas. Necesitamos tu ayuda.
Ella abrió los ojos. Su expresión denotaba desesperación y miedo, y también que estaba consciente aunque algo aturdida.
– Ya lo sé -la tranquilizó Susannah-. Tienes mucho miedo y te sientes impotente. Ya sé lo que se siente estando así, y es una mierda. Pero tú puedes ayudarnos a vencer. Puedes vengarte de los cabrones que te han hecho esto. Ayúdame. ¿Cómo te llamas?
Tomó la hoja de papel que Luke le tendía desde el otro lado de la puerta. En ella estaba escrito el alfabeto, y Susannah la sostuvo frente a la desconocida mientras señalaba con el dedo una letra tras otra.
– Cierra los ojos cuando señale la correcta.
Susannah mantuvo la mirada fija en el rostro de la chica y una oleada de satisfacción la invadió al verla pestañear.
– ¿Tu nombre empieza por «M»? Pestañea dos veces para decir que sí.
La chica pestañeó dos veces y una parte del miedo que denotaba su mirada se convirtió en determinación.
– Vamos por la siguiente letra.
– Lo siento, ya llevan más de dos minutos -anunció la enfermera.
– Pero… -trató de disuadirla Luke. La enfermera negó con la cabeza.
– La paciente está en estado crítico. Si quiere más información, tendrá que dejarla descansar.
Luke apretó la mandíbula.
– Con todos los respetos, puede que la vida de cinco chicas dependa de ello.
La enfermera levantó la barbilla.
– Con todos los respetos, la vida de esta chica depende de ello. Pueden volver mañana.
Desde la silla, Susannah vio cómo la furia asomaba a los ojos de Luke, pero, a pesar de todo, él mantuvo la calma.
– Una pregunta más -dijo-. Por favor.
La enfermera soltó un resoplido.
– Solo una.
– Gracias. Susannah, pregúntele si conoce a Ashley. Susannah volvió a inclinarse sobre ella.