– ¿Conoces a una chica llamada Ashley? Si la conoces, pestañea dos veces.
La chica lo hizo, poniendo mucho énfasis.
– Sí. La conoce.
Luke asintió.
– Entonces vamos por buen camino.
Susannah acarició el rostro de la chica, y habría jurado que los ojos castaños que la miraban se llenaban de frustración.
– Ya lo sé, volveremos mañana. No tengas miedo. En la puerta hay un vigilante y no permitirá que entre nadie que no deba. Ahora duerme; estás a salvo.
Luke recogió del suelo la bolsa con la ropa.
– La acompañaré a casa de Daniel -dijo cuando estuvieron fuera de la habitación.
Susannah negó con la cabeza.
– No, no se preocupe. Me alojo en un hotel. Por favor -dijo cuando él abrió la boca para protestar-; le agradezco su preocupación pero… esto no es asunto suyo. -Al decirlo, sonrió para suavizar las palabras.
Él la miró como si fuera a llevarle la contraria, pero al fin asintió.
– Muy bien. ¿Quiere cambiarse?
– Luego. Primero… Primero me gustaría asearme un poco.
– Muy bien -repitió, pero Susannah comprendió que no se lo parecía-. La acompañaré al hotel, pero antes quiero ver qué tal está Daniel.
Ella lo siguió por la unidad de cuidados intensivos porque sabía que se avergonzaría de sí misma si no lo hacía. Él entró en la habitación y ella aguardó en la puerta. Por el movimiento del pecho de Daniel dedujo que aún respiraba con dificultad. Ese día había estado a punto de morir. «Y yo me habría quedado sola.»
La idea era ridícula. Llevaba sola once años, desde que él desapareciera de casa y de su vida con la intención de no volver jamás. Sin embargo, en el fondo Susannah siempre había sabido que no estaba del todo sola. Pero ese día había estado a punto de quedarse sola del todo.
– ¿Cómo está? -le preguntó Luke en voz baja a Alex, quien había permanecido a su lado, velándolo.
– Mejor -respondió ella-. Han tenido que sedarlo porque ha empezado a revolverse y quería levantarse de la cama. Ha estado a punto de arrancarse las vías. Pero ya le han quitado el tubo de respiración y solo lo tienen aquí en observación. Mañana lo trasladarán a planta. -Se volvió y esbozó una sonrisa llena de cansancio-. Susannah. ¿Qué tal está?
– Bien. -Si la respuesta era cortante, Alex Fallon no pareció advertirlo.
– Estupendo. No me importa aguantar otro día igual que hoy. Tengo las llaves de casa de Daniel y sé que a él le gustaría que se instalara allí.
– Me alojaré en un hotel. -Se obligó a sonreír-. Gracias de todos modos.
Alex frunció un poco el entrecejo pero asintió.
– Trate de descansar. Yo cuidaré de él.
«Hágalo», pensó Susannah, sin ganas de tener que luchar contra el nudo que se le había formado en la garganta.
– Y de la chica… -musitó.
– Y de la chica, no se preocupe, Susannah. Mañana todo irá mejor.
Pero Susannah sabía que no iba a ser así. Sabía lo que le esperaba, lo que tenía que hacer. El día siguiente iba a resultar, por decir lo con palabras de Luke, difícil. Muy difícil.
– Sí, todo irá mejor -dijo en voz baja, porque esa era la respuesta adecuada.
Luke le rozó el brazo, por un instante muy breve, y cuando Susannah levantó la cabeza, en sus ojos descubrió comprensión en lugar del gesto desaprobatorio que esperaba.
– Vamos -dijo él-. La dejaré en el hotel de camino al trabajo.
Casa Ridgefield, Georgia,
viernes, 2 de febrero, 21:45 horas
Bobby colgó el teléfono con satisfacción. Era mejor tener los recursos repartidos. Por suerte, su lista de posibles colaboradores incluía varios empleados de hospital. A uno le habían destinado el cuidado del capitán Ryan Beardsley y de Bailey Crighton. El fallecimiento de la chica complacería a Bobby en varios sentidos.
«Habría preferido matarla yo.» Pero era mejor mantener alejados los sentimientos y ese tipo de asuntos. La pasión hacía cometer errores, y ese día ya se habían cometido bastantes.
En cuestión de horas todas las pistas habrían desaparecido y el negocio recobraría la normalidad. Fuera oyó cerrarse una puerta. A propósito…
Había llegado Haynes. Era hora de ganar dinero.
Atlanta,
viernes, 2 de febrero, 21:50 horas
– Luke, esto es para ti. -Leigh Smithson, la secretaria de Chase, colocó una pila de carpetas sobre la mesa de la sala de reuniones-. Las manda la doctora Berg. Y Latent ha identificado al guardia muerto. He consultado sus antecedentes.
– ¿Y quién es nuestro misterioso hombre? -preguntó Chase a la vez que dejaba dos tazas de café sobre la mesa.
– Jesse Hogan -leyó Luke-. Lesiones, allanamiento de morada. Beardsley le ha hecho un favor al mundo.
– Se ha despertado -terció Leigh-. El capitán Beardsley, quiero decir. Su padre ha llamado hace pocos minutos. Beardsley dice que podéis ir a interrogarlo cuando queráis. Os daré su móvil.
– En cuanto acabemos volveré al hospital. ¿Hay noticias de las chicas desaparecidas?
Leigh sacudió la cabeza.
– No. Se supone que os llamarán directamente a Chase o a ti si encuentran alguna coincidencia con las huellas dactilares de las víctimas. De todos modos, dicen que es posible que les lleve bastante tiempo. La mayoría de las huellas las tomaron en los colegios y en centros comerciales cuando las chicas eran más pequeñas, y si aún no tenían cuatro o cinco años…
– Las huellas pueden haber cambiado -terminó Luke-. Crucemos los dedos. ¿Qué se sabe de alguna chica desaparecida que se llame Ashley Os… algo? -Había telefoneado a Leigh mientras se dirigía al lugar del incendio para comunicarle el nombre que había encontrado en el somier.
– Están buscando. También he enviado solicitudes a los departamentos de personas desaparecidas de los estados limítrofes.
– Gracias, Leigh.
Ella se volvió hacia la puerta.
– Me quedaré hasta que termine la reunión. Luego me marcharé; ya será tarde. Mañana volveré a estar aquí. Por cierto, acaban de llegar tres taquígrafos para relevarme y contestar al teléfono. No ha parado de sonar desde la rueda de prensa.
– Tal como esperábamos -respondió Chase-. Para mañana tengo previsto poner más personal administrativo. Tenemos que analizar todas las llamadas.
Leigh ladeó la cabeza. Se oía a dos personas discutir, cada vez más cerca. Una voz era retumbante; la otra, más tranquila y melodiosa.
– Han vuelto Pete y Nancy.
Leigh salió cuando ellos entraron. Pete dejó pasar a Nancy con un exagerado gesto de cortesía.
– Es muy tozudo -aseguró Nancy-. Lleva nueve puntos en esa bola de billar que tiene por cabeza y no quiere marcharse a casa.
Pete alzó los ojos en señal de exasperación.
– Muchas veces me he hecho más daño jugando al fútbol. Chase, dile que se calle.
Chase suspiró. Pete y Nancy se pasaban la vida discutiendo, como los viejos matrimonios.
– ¿Qué te ha dicho el médico, Pete?
– Que puedo trabajar -respondió él contrariado-. Hasta me ha dado una nota.
Chase se encogió de hombros.
– Lo siento, Nancy. El médico manda.
Pete se sentó, satisfecho, y Luke se le acercó y susurró:
– ¿De verdad te has hecho más daño jugando al fútbol?
– No, por Dios -susurró Pete a su vez-. Me duele como un demonio, pero no pienso decírselo.
– Bien hecho.
Luke quedó a salvo de la ira de Nancy gracias a la entrada de Ed, Nate Dyer y Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal.
Chase pareció sorprendido.
– Chloe. No te esperaba.
Chloe se sentó y cruzó sus largas piernas. Luke creía que lo hacía por costumbre; aun así, estaba convencido de que sabía muy bien la agitación que con ello creaba.
– Mi jefe me considera parte del equipo. Quiere asegurarse de que todas las pruebas llegarán al juicio.