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– No puedo matarla. Tiene que entenderlo. El GBI tiene a un vigilante en la puerta las veinticuatro horas, todos los días de la semana. Comprueba la identidad de todo el que entra, y en el instante en que la chica deje de respirar saltarán todas las alarmas. Me pillarán. -Ladeó un poco la mandíbula-. Y cuando me detengan, ¿qué les contaré? ¿Les daré su descripción? ¿Les diré qué coche tiene? ¿Tal vez les daré su nombre? No creo que quiera que ocurra eso.

El pánico se mezclaba con la furia.

– Debería matarla ahora mismo.

Los labios de la enfermera se curvaron.

– Y dentro de ocho horas la solución paralizante dejará de hacer efecto y la chica cantará como un pajarillo. ¿Qué le dirá a la policía? De mí nada; ni siquiera me ha visto. -Volvió un poco la cabeza-. ¿Y a usted? ¿La ha visto?

«Tal vez. Joder, sí.» En el último momento, en la nave. La había mirado a la cara y había memorizado todos sus rasgos. La chica tenía que morir antes de que pudiera hablar con nadie. «Bobby no puede saber que he sido tan descuidada.»

– ¿Cuánto tardará en salir de cuidados intensivos?

A la enfermera le brillaban los ojos de satisfacción y alivio.

– La tendrán allí hasta que le quiten el tubo, y no lo harán hasta estar seguros de que puede respirar por sí misma. Quienquiera que le haya pegado lo ha hecho a conciencia. Tiene rotas cuatro costillas del lado derecho. Tiene el pulmón hundido. Seguro que estará en el hospital unos cuantos días.

Rocky rechinó los dientes.

– ¿Cuánto tardará en salir de cuidados intensivos? -repitió.

– No lo sé. Si no estuviera paralizada, tal vez veinticuatro o cuarenta y ocho horas.

– ¿Cuánto tiempo puede mantenerla paralizada?

– No mucho. Un día o dos como máximo. Luego el personal empezará a sospechar y alguien acabará por pedir un electroencefalograma, y se descubrirá la parálisis. -Alzó la barbilla-. Probablemente me pillarán…

– Sí, sí -la interrumpió Rocky-. Les hablará de mí e iremos todos a la cárcel.

Con el corazón acelerado, Rocky sopesó las opciones. La situación ya era mala, pero se iba agravando por momentos, y a la sazón le parecía horrible. «Bobby no puede saber esto.» Ese día había cometido demasiados errores. Una cagada más y… El estómago se le revolvió. Había sido testigo de lo que suponía «dejar de trabajar» para Bobby. Tragó saliva. El último que la fastidió había dejado de tener cabeza. Al cortársela hubo mucha sangre.

Demasiada sangre. Podía escaparse. Claro que, siendo realista, no había lugar donde esconderse. Bobby la encontraría y… Se esforzó por concentrarse y recordar todo cuanto sabía de Monica Cassidy. Y en su mente empezó a tomar forma un plan. «Puedo arreglarlo.» Funcionaría; tenía que funcionar. A menos que estuviera dispuesta a entrar en la unidad de cuidados intensivos y asfixiar a la chica con sus propias manos, cosa que no podía hacer.

– Muy bien. Quiero que haga lo siguiente.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 23:15 horas

«Esta declaración la presta libremente Susannah Vartanian y es testigo de ella Chloe M. Hathaway, ayudante del fiscal del estado.» Sentada frente al escritorio de su habitación del hotel, Susannah dejó de teclear en su portátil y leyó la declaración que había preparado. Contenía todos los detalles que recordaba de aquel día de hacía trece años, del más sórdido al más liviano. Chloe Hathaway y ella habían intercambiado mensajes a través del contestador, pero al día siguiente por la mañana se encontrarían para comentar la declaración de Susannah y el consiguiente testimonio.

«El consiguiente testimonio.» Sonaba a algo tan burdo, tan impersonal… Parecía que atañera a otra persona. «Pero no es otra persona. Soy yo.» Susannah, intranquila, se apartó del escritorio de un empujón. No cambiaría ni una palabra; esta vez no. Esta vez haría las cosas bien.

Era solo cuestión de tiempo que su relación con lo que los medios habían bautizado como «El club de los violadores muertos» saliera a la luz. Ya había visto a alguien tomando fotografías mientras se registraba en el hotel. Debían de haber seguido el coche de Luke Papadopoulos cuando la había acompañado desde el hospital.

Luke. Ese día había reflexionado sobre él a menudo, cada vez de un modo distinto. Era corpulento, lo bastante fuerte para subir a la chica desconocida por el ribazo sin jadear. Sin embargo, la había tratado con mucha delicadeza. Susannah sabía que en el mundo existían hombretones delicados, pero por su experiencia los consideraba un bien escaso. Esperaba que la mujer que compartiera la vida con Luke supiera apreciar su valor.

Daba por hecho que Luke compartía la vida con una mujer. Además de sus morenos encantos, en el hombre se apreciaba una energía capaz de despertar el deseo sexual de la mayoría de las mujeres. Susannah era lo bastante sincera consigo misma para admitir que despertaba el suyo, que cuando se había situado tan cerca de ella en la unidad de cuidados intensivos se le había encogido el estómago y le había pasado por la cabeza plantarle un beso en la mejilla.

Sin embargo, también era lo bastante inteligente para no intimar con él. Jamás intimaría con nadie. Después de intimar venían las preguntas, y las preguntas requerían respuestas. Pero ella no estaba en condiciones de responder a las preguntas de Luke Papadopoulos ni de nadie. Jamás lo estaría.

Con todo, recordó el dolor que había observado en sus negros ojos cuando salió de la nave. A pesar de ello, le había ayudado a sostenerse en pie cuando a ella le flaquearon las piernas. Era muy sensible; sin embargo, parecía capaz de apartar de sí los sentimientos para concentrarse en lo que era necesario hacer. Era algo que ella admiraba, precisamente porque sabía lo difícil que resultaba.

Luke la había dejado frente al hotel sin más comentarios; había respetado su voluntad a pesar de que estaba en desacuerdo. Luego había seguido su camino para reunirse con su equipo, con expresión concentrada y aire enérgico. Daba la impresión de que ese era su estado natural.

Lo envidiaba. Luke Papadopoulos tenía cosas que hacer, cosas importantes; mientras, ella había permanecido todo el día mano sobre mano. Claro que eso no era del todo cierto. Tanto por la mañana como por la tarde había estado muy ocupada. Había sido al caer la tarde cuando había empezado a sentirse vacía, al sentarse a esperar con aquella sensación de impotencia y de tener demasiado tiempo para pensar. Al día siguiente tenía cosas que hacer. Haría compañía a la chica cuyo nombre desconocían, puesto que no tenía a nadie más. «Puesto que es responsabilidad mía.» Pero antes le entregaría la declaración a Chloe Hathaway.

Echó un vistazo al periódico que había comprado en el vestíbulo del hotel. El titular destacaba la noticia de que un asesino en serie andaba suelto por Dutton. «La noticia ya es antigua.» Sin embargo, en la parte de abajo de la portada aparecía un artículo sobre las personas muertas en Dutton, igual que el día anterior. Le llamó la atención un nombre: Sheila Cunningham. Con Sheila tenía un vínculo especial. Al día siguiente la enterrarían, y Susannah sentía que debía estar allí. Al día siguiente volvería a ir al cementerio de Dutton.

El día siguiente sería un día difícil.

Le gruñeron las tripas; por suerte, eso la distrajo de sus pensamientos y le recordó qué hora era. No había comido nada desde el desayuno. El servicio de habitaciones se estaba retrasando. Acababa de descolgar el teléfono con la intención de comprobar qué ocurría cuando oyó que llamaban a la puerta. «Por fin.»

– Grac… -Se quedó boquiabierta. Quien aguardaba en la puerta era su jefe-. ¡Al! ¿Qué estás haciendo aquí? Entra.

Al Landers cerró la puerta tras de sí.

– Quería hablar contigo.

– ¿Cómo has sabido dónde estaba? No te dije en qué hotel me iba a alojar.

– Eres una mujer de costumbres -respondió Al-. Siempre que viajas te alojas en hoteles de la misma cadena. Era sólo cuestión de pasar por todos los de la zona hasta dar con el bueno.