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– Pero has subido a mi habitación. ¿Te han dado el número en recepción?

– No. Me he enterado por un periodista que sobornaba a un conserje.

– Supongo que es normal que pasen esas cosas. Los Vartanian estamos de moda en Atlanta. -Simon se había encargado de que así fuera-. Así que el conserje le ha dado el número de mi habitación a un periodista.

– Sí. Por eso lo sé yo. Lo he denunciado a su responsable. La próxima vez que vengas a la ciudad deberías pensar en alojarte en otro hotel.

«Cuando todo esto acabe, no volveré a la ciudad nunca más.»

– Has dicho que querías hablar conmigo. -Al miró alrededor.

– ¿Puedo tomar algo?

– En el minibar hay whisky.

Le sirvió un vaso y se sentó en el brazo del sofá.

Él se dirigió al escritorio y echó un vistazo a su portátil.

– He venido por esto.

– ¿Por mi declaración? ¿Cómo es eso?

Él se tomó su tiempo para responder. Primero dio unos sorbitos de whisky y luego se lo tomó de un trago.

– ¿Estás segura… segurísima de que quieres hacerlo, Susannah? Una vez te encasillen en el papel de víctima, ni tu vida ni tu carrera volverán a ser como antes.

Susannah se acercó a la ventana y contempló la ciudad.

– Créeme, lo sé. Pero tengo motivos, Al. Hace trece años me… -tragó saliva-. Me violaron. Una panda de chicos me drogó, me violó y me bañó con whisky, a mí y a quince chicas más en el transcurso de un año. Cuando me desperté, me habían metido en un pequeño hueco oculto en la pared de mi habitación. Yo creía que era mi escondite secreto, pero mi hermano Simon lo conocía.

Oyó el lento suspiro de Al tras de sí.

– O sea que Simon era uno de ellos.

«Ya lo creo.»

– Era el capitán.

– ¿No pudiste contárselo a nadie? -preguntó con prudencia.

– No. Mi padre me habría considerado una mentirosa. Y Simon se aseguró bien de que no abriera la boca. Me enseñó una foto mía que habían tomado mientras… Ya sabes.

– Sí -dijo Al con tirantez-. Ya sé.

– Me amenazó con que volverían a hacerlo. Me dijo que no podría esconderme en ningún sitio. -Respiró hondo; se sentía aterrada, como si aquellos trece años no hubieran transcurrido-. Me dijo que en algún momento tendría que dormir, así que más me valía mantenerme alejada de sus asuntos. Y eso hice. No conté nada de nada. Y ellos siguieron violando a chicas, a quince más. Tomaron fotos de todas; las guardaban como si fueran trofeos.

– ¿Y las fotos están en manos de la policía?

– Del GBI. Las he encontrado yo esta tarde, en el escondite de Simon. Había una caja llena.

– O sea que el GBI tiene pruebas irrefutables. Sólo uno de esos cabrones está vivo, Susannah. ¿Qué sentido tiene que pases por todo esto ahora?

Notó la ira hervir en su interior y se volvió para mirar a la cara al hombre que tanto le había enseñado sobre leyes, el hombre que para ella había sido un ejemplo perfecto. El hombre que era todo lo que no había sido el juez Arthur Vartanian.

– ¿Por qué quieres disuadirme de que haga algo que debo hacer?

– Porque no estoy seguro de que debas hacerlo, Susannah -respondió él con calma-. Tu vida ha sido un infierno, pero eso no cambiará por mucho que hagas. El pasado no cambiará. Tienen fotos de ese hombre… ¿Cómo se llama el que queda?

– Garth Davis -respondió ella con rabia.

Los ojos de Al Landers emitieron un peligroso centelleo pero su voz conservó la serenidad.

– Tienen fotos de ese tal Davis violándote y violando a otras mujeres. Si sigues adelante con la declaración, todo el mundo te conocerá como la víctima que se hizo fiscal. Los abogados defensores a quienes te enfrentes cuestionarán tu motivación. «¿Puede ser que la señora Vartanian trate de demostrar que mi cliente es culpable o tal vez quiere vengarse por la agresión que sufrió en carne propia?»

– Eso no es justo -protestó ella con las lágrimas a punto de rebosar.

– La vida no es justa -respondió él igual de sereno. Sin embargo, su mirada aparecía atormentada y Susannah no pudo contener las lágrimas por más tiempo.

– Era mi hermano. -Lo miró mientras pestañeaba frustrada, tratando de contener el llanto-. ¿No lo entiendes? Era mi hermano y yo permití que me hiciera lo que me hizo. Permití que se lo hiciera a otras. Y todo por no haber hablado. Violaron a quince chicas y mataron a diecisiete personas de Filadelfia. ¿Cómo podré reparar eso?

Al la tomó por los brazos.

– No podrás. No podrás. Y si es por eso por lo que quieres declarar, te equivocas. No permitiré que arruines tu carrera por un error.

– Quiero declarar porque es lo que debo hacer.

Él la miró directamente a los ojos.

– ¿Seguro que no lo haces por Darcy Williams?

Susannah se quedó petrificada. Su corazón dejó de latir y se le cayó el alma a los pies. Trató de mover la boca, pero de ella no brotó palabra alguna. En un instante su mente revivió la escena. Sangre por todas partes. El cuerpo de Darcy. «Cuánta sangre.» Y Al lo sabía. «Lo sabe. Lo sabe. Lo sabe.»

– Siempre lo he sabido, Susannah. No creerás que alguien tan inteligente como el detective Reiser iba a aceptar un testimonio anónimo en un asunto tan importante, ¿verdad? En un homicidio no.

De algún modo recuperó la voz.

– No creía que llegara a averiguar quién lo había llamado.

– Lo averiguó. Te pidió que volvieras a llamar porque quería verificar la información inicial. Rastreó la primera llamada y descubrió que la habías hecho desde una cabina, y cuando volviste a llamar te estaba observando desde la calle.

– Soy una mujer de costumbres -repuso ella con abatimiento-. Llamé desde la misma cabina.

– Casi todo el mundo lo hace. Ya lo sabes.

– ¿Y por qué nunca me ha dicho nada? -Cerró los ojos; la vergüenza se mezclaba con la estupefacción-. Hemos trabajado juntos en un montón de casos desde entonces y nunca ha hecho el más mínimo comentario.

– Esa noche te siguió hasta tu casa. Acababas de empezar a trabajar para mí y Reiser y yo ya llevábamos juntos mucho tiempo; por eso me lo dijo a mí primero. Tú no eras más que una alumna en prácticas, pero yo adiviné que tenías un futuro prometedor. -Suspiró- Y también adiviné la rabia contenida. Siempre eras muy correcta, siempre conservabas la serenidad, pero tu mirada traslucía rabia. Cuando Reiser me contó lo que habías presenciado, supe que tenías que haber pasado por algo muy crudo. Le pregunté si creía que tú habías cometido alguna ilegalidad y me dijo que no tenía motivos para pensarlo.

– O sea que le pediste que mi nombre no saliera a la luz -concluyó ella con frialdad.

– Solo si no encontraba pruebas de que hubieras hecho algo malo. Él utilizó tu información para conseguir una orden de registro y encontrar el arma del crimen dentro del armario del asesino junto con unos zapatos con sangre de Darcy en los cordones. Se las arregló para resolver el caso sin ti.

– Pero si no hubiera logrado resolverlo, habríais tenido que citarme ante el tribunal.

Al sonrió con tristeza.

– Eso habría sido lo correcto. Susannah, todos los años vas al cementerio en el aniversario de la muerte de Darcy; sigues llorando su pérdida. Pero conseguiste dar un giro a tu vida. Has llevado la acusación de muchos agresores con una vehemencia que resulta raro encontrar. No habríamos sacado nada de revelar tu nombre en el caso de la muerte de Darcy Williams.

– En eso te equivocas -repuso ella-. Todos los días me miro al espejo y sé que a duras penas he logrado compensar lo que debería haber hecho y no hice. Esta vez quiero ser capaz de afrontar la verdad. Tengo que hacerlo, Al. He pasado la mitad de mi vida avergonzada por haber obrado mal. El resto quiero pasarlo tranquila de poder andar con la cabeza bien alta me tope con quien me tope. Si para ello tengo que sacrificar mi carrera, lo haré. No puedo creer que precisamente tú quieras disuadirme de ello. Eres un representante de la justicia, por el amor de Dios.