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– He abandonado el papel de fiscal del distrito en el momento en que he traspasado esa puerta. Te hablo como amigo.

A Susannah se le puso un nudo en la garganta, y se la aclaró con decisión.

– Hay muchos otros abogados con un pasado parecido al mío y se las arreglan para seguir trabajando.

Él volvió a sonreír con tristeza.

– Pero no se apellidan Vartanian.

El semblante de Susannah se demudó.

– Objetivo conseguido. Sin embargo, no pienso cambiar de opinión. Tengo una cita a las nueve de la mañana con la ayudante del fiscal del estado. Nos veremos aquí, y le entregaré mi declaración.

– ¿Quieres que venga yo también?

– No. -Pronunció la palabra sin pensar, pero no era cierto-. Sí -rectificó.

Él asintió con firmeza.

– Muy bien.

Ella vaciló.

– Luego tengo que ir a un funeral. Es en Dutton.

– ¿De quién?

– De Sheila Cunningham. Era una de las chicas a quien Simon y su banda violaron. El martes por la noche iba a pasarle a mi hermano Daniel información sobre las agresiones de hace trece años, pero la mataron antes de que pudiera hablar con él. Uno de los miembros de la banda era el ayudante del sheriff de la ciudad. Hizo matar a Sheila, y luego al asesino, para que no hablara. Hoy le ha disparado a mi hermano.

Al abrió los ojos como platos.

– Cuando me has llamado no me has dicho que le habían disparado a tu hermano.

– No, ya lo sé. -Sus ideas con respecto a Daniel eran demasiado confusas para saber por qué no lo había hecho-. Daniel se pondrá bien, gracias a su novia, Alex.

– ¿Han puesto al ayudante del sheriff a buen recaudo?

– Más o menos. Después de dispararle a Daniel ha apuntado a Alex, y ella lo ha matado.

Al la miró perplejo.

– Necesito otra copa.

Susannah sacó otro botellín de whisky del minibar, y también uno de agua para ella.

Al chocó la copa con la botella de agua.

– Por lo correcto.

Ella asintió.

– Aunque cueste.

– Me gustaría conocer a tu hermano Daniel. He leído mucho sobre él.

«Aunque cueste.» Le gustara o no, estuviera o no preparada para ello, Daniel iba a formar parte de su futuro inmediato.

– Mañana es el primer día que admitirán visitas.

– ¿Quieres que te acompañe al funeral de esa mujer?

– No tienes por qué hacerlo -respondió, y él la miró como si pensara contar hasta diez.

– Y tú no tienes por qué hacerlo por tu cuenta y riesgo, Susannah. Nunca has actuado así. Deja que te ayude.

Ella, aliviada, dejó caer los hombros.

– Es a las once. Tendremos que marcharnos en cuanto termine de hablar con la señora Hathaway.

– Entonces te dejo dormir. Procura no preocuparte.

– Procuraré. Al, tú… -Se le puso un nudo en la garganta-. Tú me has hecho creer en la ley. Sé que funciona. En su momento para mí no funcionó porque no le di la oportunidad de hacerlo.

– Mañana a las nueve. Esta vez sí que le daremos la oportunidad.

Ella lo acompañó a la puerta.

– Aquí estaré. Gracias.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 23:30 horas

Luke entró en el ascensor del hotel de Susannah y, de repente, el olor de la comida lo inundó. Un camarero con una bata blanca aguardaba ante un carrito con comida para dos. Luke miró la comida con ansia. Hacía muchas horas que no comía y esa noche le tocaría una hamburguesa del primer puesto que encontrara abierto.

«Ahora mismo podrías estar comiéndote la hamburguesa; podrías haberla llamado por teléfono para preguntarle por la cabaña.» Claro que podía haberlo hecho, y es lo que debería haber hecho. Sin embargo, allí estaba.

El timbre del ascensor sonó y las puertas se abrieron.

– Detrás de usted, señor -dijo el camarero.

Luke asintió y se dirigió a la habitación de Susannah. «Es probable que esté durmiendo. Tendrías que haberla llamado por teléfono. Pero si la hubiera llamado, la habría despertado sin remedio. Así al menos podía escuchar a través de la puerta y si no oía nada, marcharse. «Por qué no aceptas la verdad, Papa. Lo que quieres es volver a verla y asegurarte de que está bien.»

Solo quería asegurarse de que estaba, bien. Sí, eso era. «Ya, ya.»

Una puerta del final del pasillo se abrió y de ella salió un hombre de cierta edad, y quien estuviera en la habitación cerró la puerta. El hombre tendría unos cincuenta y cinco años e iba vestido de forma impecable con traje y corbata. Escrutó a Luke y lo miró directamente a los ojos cuando se cruzaron.

Luke frunció el entrecejo y volvió la cabeza para seguir al hombre con la mirada, y estuvo a punto de chocar con el camarero, quien empujó el carrito con la comida y se detuvo justo en la puerta de la que había salido el hombre.

Volvió a poner mala cara al oír que Susannah respondía a los toques en la puerta del camarero. Estaba firmando la cuenta cuando reparó en la presencia de Luke.

– Agente Papadopoulos -se sorprendió.

Luke apartó al camarero de la puerta de un codazo.

– Ya lo entro yo. Buenas noches.

Susannah lo observó mientras entraba con el carrito en la habitación y cerraba la puerta.

– ¿Qué está haciendo aquí? -le preguntó en un tono que no resultó impertinente.

– Quiero preguntarle una cosa. -Entonces Luke reparó en cómo iba vestida y un repentino sofoco le abrasó la piel. Llevaba una ajustada minifalda que cubría sus piernas hasta medio muslo y por encima, un largo y ceñido jersey. Tenía un aire muy juvenil y desenfadado. «La deseo. La quiero ya.»

– Parece que Stacie, mi sobrina, ha comprado lo que le gustaría ponerse a ella -comentó, tratando de que su tono resultara jovial-. Mi hermana Demi no le deja vestirse así.

Ella sonrió con tristeza.

– Eso he pensado yo también; pero tenía que quitarme el uniforme de médico. -Señaló el carrito-. ¿Le apetece acompañarme?

– Me muero de hambre -confesó-. Pero no quiero comerme su cena.

– Yo no sería capaz de comerme todo eso -respondió ella, y señaló la mesita de la esquina-. Siéntese.

Él rodeó el carrito con torpeza y se golpeó la cadera contra el escritorio. El movimiento hizo saltar el protector de pantalla del portátil de Susannah, y Luke se quedó parado al ver el texto.

– Es su declaración.

Ella tomó la bandeja del carrito y la depositó sobre la mesa.

– Mañana por la mañana he quedado con Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal del estado.

– Ya me ha dicho que la había llamado. -Él atisbó dos juegos de cubiertos en la bandeja y pensó en el hombre a quien había visto salir de la habitación-. Ha pedido cena para dos.

– Siempre lo hago. No quiero que nadie sepa que estoy sola. -Se encogió de hombros, algo avergonzada-. Es uno de esos miedos irracionales que lo asaltan a uno a las tres de la madrugada. Coma, antes de que se enfríe.

Luke comprendía muy bien qué clase de miedos lo asaltaban a uno a las tres de la madrugada. A esas horas él rara vez dormía. Cenaron en silencio hasta que Luke no pudo reprimir por más tiempo su curiosidad.

– ¿Quién era el hombre que ha salido de la habitación?

Ella pestañeó.

– Mi jefe. Al Landers, de Nueva York. Lo he llamado y le he explicado lo de la caja con las fotos, y le he dicho que pensaba declarar. Ha venido para asegurarse de que estoy bien. -Abrió mucho los ojos-. ¿Ha pensado que…? Oh, no. Al está casado. -Se quedó pensativa-. Es un buen hombre.

Luke se tranquilizó.

– Qué amable por su parte, venir desde tan lejos -comentó en voz baja.

Ella también pareció tranquilizarse.

– Y qué amable por parte de su sobrina, ir a comprarme ropa.