Se puso en pie y tomó el bolso.
– Es un cheque. ¿Se lo dará?
Él se guardó el cheque en el bolsillo de la camisa.
– No es lo que usted se habría comprado.
– No, pero no por eso deja de ser un bonito gesto. Cuando vuelva a Nueva York le regalaré estas prendas, si es que su madre le deja ponérselas. Seguro que a ella le quedarán mejor. Yo soy demasiado mayor para vestir así. -Se sentó y lo miró a los ojos-. ¿Qué quería preguntarme?
Por un momento Luke fue incapaz de recordarlo. Luego recobró la sensatez.
– ¿Ha estado alguna vez en una cabaña, en el monte?
Ella frunció el ceño.
– ¿En una cabaña? No. ¿Por qué?
– Antes he estado hablando con Garth Davis y me ha contado que solían ir a casa de uno de ellos para… para cometer las agresiones, pero que una noche estuvieron en una cabaña, en el monte. Granville lo planeó todo y los llevó allí en secreto.
Los ojos de Susannah emitieron un destello cuando él vaciló.
– ¿Sabe Davis de quién era la cabaña?
– Creo que sí, pero no piensa decírnoslo hasta que encontremos a sus hijos. Su esposa se marchó con ellos ayer tras enterarse de que Mack O'Brien pensaba ir a por su familia.
– Asesinaron al primo de Garth. Lo he leído en el periódico. -Se recostó en la silla y reflexionó unos instantes-. Mi padre no tenía ninguna cabaña, que yo sepa. Compró un chalet en una estación de esquí, en Vale, pero no recuerdo que fuera allí jamás:
– Entonces, ¿por qué lo compró?
– Creo que lo hizo para fastidiarnos, sobre todo a mi madre. A ella le apetecía viajar por el oeste del país, pero él nunca tenía tiempo. Compró el chalet con la excusa de que así tendrían allí una casa, pero mi madre nunca tuvo la oportunidad de ir.
– Pero no tenía ninguna cabaña en el monte, ¿no?
– No. Lo que sí recuerdo es que de vez en cuando iba a pescar con el padre de Randy Mansfield.
– ¿Era amigo del padre de Mansfield?
Ella se encogió de hombros.
– Eran amigos cuando les convenía. El padre de Mansfield era el fiscal del condado, y acudía a mi padre cuando algún caso no iba bien. Los oía murmurar en el despacho de mi padre, y de repente el caso se resolvía a favor de la acusación.
– O sea que el padre de Mansfield sobornaba a su padre.
– Seguro. A mi padre lo sobornaba mucha gente, y él también sobornaba a mucha gente. A otros les hacía chantaje. -Sus ojos emitieron un destello-. Quería contarlo, pero nadie me habría creído.
– ¿Y a quién se lo habría contado? Usted no sabía a quién tenía su padre en el bolsillo y a quién no.
La rabia que traslucía la mirada de ella amainó.
– Ya lo sé. Estaban todos compinchados.
– Lo siento. No tenía la intención de remover todo eso.
– No se preocupe. Volvamos a lo de la cabaña. Cuando mi padre y Richard Mansfield salían a pescar, se alojaban en una cabaña. -Bajó la vista, pensativa. De repente levantó la cabeza y lo miró a los ojos-. El juez Borenson. Era el propietario de la cabaña.
– Me suena el nombre, lo he oído hace poco. ¿Puedo utilizar su portátil?
– Claro.
Luke se sentó frente al escritorio y ella se situó tras él y lo observó teclear.
– Dios mío -musitó Susannah, y pasó el brazo por encima del hombro de Luke para señalar la pantalla al mismo tiempo que el texto captaba la atención de él-. Borenson fue el juez que llevó el caso de Gary Fulmore.
– El hombre a quien hace trece años condenaron por el asesinato de la gemela de Alex Fallon sin que fuera culpable -masculló Luke, haciendo un esfuerzo por concentrarse en la pantalla y olvidarse del ceñido jersey que le rozaba el hombro y del perfume que lo envolvía-. ¿Será una coincidencia?
– No -musitó ella-. No puede ser una coincidencia. -Retrocedió y se sentó en el borde de la cama-. Gary Fulmore estuvo trece años encerrado por un crimen que no cometió.
– Fue Jared, el hermano de Mack O'Brien, quien mató a la hermana de Alex -dijo él, aliviado y al mismo tiempo decepcionado por la distancia que Susannah había puesto entre ambos-. Claro que entonces no lo sabía nadie. Todos los miembros de la banda creían que era otro quien había matado a Alicia Tremaine, porque cuando se marcharon después de violarla, la chica estaba viva. Pero Jared O'Brien regresó, volvió a violarla y la mató cuando ella intentó gritar para pedir auxilio.
– Para entonces Frank Loomis ya era el sheriff. Falsificó pruebas y le tendió una trampa a Gary Fulmore para incriminarlo. ¿Por qué?
– Sé que Daniel se muere de ganas de saberlo.
– Frank trataba a Daniel como a un hijo. Él le ofreció su primer trabajo en la comisaría. Ha debido de sentarle fatal enterarse de que Frank hizo una cosa así.
Luke se volvió de inmediato.
– Frank trataba a Daniel como a un hijo. ¿Es posible que también tratara así a Granville?
– ¿Que él fuera el thích de Granville? -preguntó con vacilación-. Supongo que cabe esa posibilidad.
– ¿Eran amigos el sheriff Loomis y el juez Borenson?
– No lo sé. Es posible. La política de Dutton ha creado parejas muy extrañas.
Luke examinó el resto del resultado de la búsqueda.
– Raya los setenta, pero no veo que en ninguna página se comunique su muerte, así que es probable que aún viva. Tenemos que hablar con él.
– Si Granville conocía la cabaña de Borenson, es posible que su cómplice actual también la conozca. -Exhaló un suspiro-. Y…
– Las chicas podrían estar allí. Es mucho suponer pero cabe la posibilidad, y de momento no contamos con nada más. -Se volvió a mirar atrás-. ¿Sabe dónde está la cabaña de Borenson?
– En algún lugar del norte de Georgia. Lo siento. Ojalá supiera más.
– No, ha sido de gran ayuda. Si la cabaña está registrada a su nombre, puedo encontrarla. -Realizó otra búsqueda y se recostó en la silla-. Está a las afueras de Ellijay, en Trout Stream Drive.
– Esa zona queda muy aislada. Será difícil encontrarla, sobre todo de noche. Necesita que alguien lo guíe.
– He ido a pescar a la zona de Ellijay. Seré capaz de encontrar el camino. -Luke se detuvo en la puerta. Cedió a la tentación y se volvió para mirarla por última vez-. No es cierto y lo sabe.
– ¿El qué?
A Luke se le secó la boca de repente.
– No es demasiado mayor para vestir así. Stacie ha hecho una muy buena elección.
Una de las comisuras de los labios de ella se curvó hacia arriba.
– Buenas noches, agente Papadopoulos. Y suerte con la búsqueda.
Ridgefield, Georgia,
sábado, 3 de febrero, 00:30 horas
Bobby le sonrió a Haynes.
– Siempre es un placer tratar contigo, Darryl.
Haynes se guardó el clip que sujetaba el fajo de billetes en el bolsillo de los pantalones.
– Lo mismo digo. Claro que debo decir que siento mucho que la rubia haya caído enferma. Tenía muchas esperanzas puestas en ella.
– La próxima vez será, te lo prometo.
Los labios de Haynes esbozaron una sonrisa de político.
– Te tomo la palabra -respondió Haynes.
Bobby acompañó al acaudalado cliente a la puerta y lo observó alejarse con la nueva adquisición bien oculta bajo una mullida manta en el maletero de su Cadillac Seville.
Entonces salió Tanner.
– Ese hombre no me gusta ni un pelo.
Bobby sonrió.
– No te gustan los políticos y a mí tampoco. Haynes es un buen cliente, y cuando salga elegido tendremos a otro… empleado en una buena posición.
Tanner suspiró.
– Imagino que sí. Le llama el señor Paul por la línea de trabajo.
– Gracias, Tanner. Ya puedes irte a la cama. Si te necesito, volveré a llamarte.
Tanner asintió.
– Antes de retirarme comprobaré qué tal están las huéspedes.
– Gracias, Tanner. -Bobby sonrió mientras el anciano subía la vieja escalera. Tanner poseía un refinadísimo aire sureño a pesar de su tortuoso pasado. Él había sido el primer empleado de Bobby, por llamarlo de algún modo; lo había contratado a la tierna edad de doce años. Ya entonces Tanner era mayor, pero no lo bastante para que no le importara pasar el resto de su vida entre rejas. Habían forjado una relación que en el caso de Bobby ya duraba más de la mitad de su vida. No había nadie en quien confiara más; ni siquiera en Charles.