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Charles apretó los labios.

– ¿Le gusta sufrir, juez?

Borenson gimió cuando el bisturí penetró en su abdomen, pero no dijo nada más.

Charles suspiró.

– Por lo menos mi trabajo me gusta. Me pregunto cuánto tiempo lo resistirás.

– Consulta la bola de cristal -le espetó Borenson entre dientes-. Yo no pienso decírtelo.

Charles se echó a reír.

– La bola dice que morirás el domingo al mediodía; y ya me encargaré yo de que la predicción resulte cierta, como siempre. Algunos pensarán que miento, pero yo lo llamo jugar con ventaja. Puedes tener una muerte rápida o una dolorosa y muy lenta. Tú eliges. Dime lo que quiero saber y desapareceré. Tú también desaparecerás, pero ya sabías que eso iba a pasar en cuanto Arthur Vartanian o yo muriéramos, ¿verdad? Hiciste un trato con el diablo, juez. Moraleja: el diablo siempre gana.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 3:00 horas

Susannah saltó de la cama y encendió la luz. No podía conciliar el sueño y hacía tiempo que había aprendido que no debía esforzarse por intentarlo. Se sentó frente al escritorio y encendió el portátil.

Tenía informes que redactar y trabajo atrasado. Sin embargo, esa noche se le hacía extraño trabajar.

Pensó en Luke Papadopoulos y se preguntó qué habría encontrado en la cabaña de Borenson. Si las chicas desaparecidas hubieran estado allí, la habría llamado; estaba segura.

Pensó en la forma en que la había mirado al marcharse de la habitación y un escalofrío le recorrió la espalda. Era un hombre fuerte. De eso también estaba segura.

De lo que no estaba segura, era de lo que sentía por él.

Claro que eso no tenía que decidirlo esa noche. Esa noche Luke estaba fuera, haciendo algo útil, mientras ella permanecía allí sentada sin hacer nada. Sacó el móvil de su maletín y examinó la foto que había tomado de la chica desconocida.

«¿Cómo te llamas, chica? -se preguntó-. ¿Mary? ¿Maxine? ¿Mona?» Si al menos supiera cuál era la segunda o la tercera letra… ¿Se habría escapado de casa? ¿La habrían raptado? Sabía que al llegar al hospital le habían tomado las huellas dactilares, las enfermeras lo habían confirmado. A pesar de ello, la identidad de la señorita M seguía siendo un misterio.

«¿Te espera alguien, M?» La chica había preguntado por su madre justo antes de que la subieran al helicóptero, o sea que al menos contaba con uno de sus padres. Esperaba que la quisiera.

Susannah entró en la página web de menores desaparecidos y buscó en la base de datos de chicas. Había cientos y cientos. Acotó la lista buscando los nombres que empezaban por «M». Ahora había menos de cincuenta. Escrutó cada uno de los rostros con el corazón encogido. Todas aquellas chicas habían desaparecido.

Por muy mal que ella lo hubiera pasado en su casa, nunca la habían raptado. Al menos no durante más de una noche, aquella en la que Simon y sus amigos la… «Me violaron.» Aún le costaba nombrarlo, aunque fuera para sí. Sé preguntaba si alguna vez dejaría de costarle.

Llegó a la última foto y suspiró. La señorita M no estaba allí. La mayoría de las chicas de la base de datos aparecían clasificadas como adolescentes de riesgo que se habían marchado de casa por voluntad propia, y su desaparición no se investigaba de igual modo que la de aquellas a quienes habían raptado. Era triste, pero dados los ajustados presupuestos y la falta de recursos, esa, era la realidad.

Se preguntó si la señorita M se habría marchado de su casa por voluntad propia, perteneciera o no a un grupo de riesgo. Había páginas web de intercambio para adolescentes sin hogar. En algunas aparecían las fotos. Abrió una de ellas y volvió a suspirar. Había muchísimas fotos, y tenía que buscar una por una. No era posible realizar ninguna selección en función de la edad, el sexo o la inicial del nombre. Se recostó en la silla y empezó a abrir los archivos, de uno en uno.

La noche iba a ser larga.

Charlotte, Carolina del Norte,

sábado, 3 de febrero, 3:15 horas

Rocky aminoró la marcha y estacionó en el aparcamiento, orgullosa de su memoria casi fotográfica. No quería regresar a la Casa Ridgefield a consultar sus notas; no tenía ganas de vérselas con Bobby. «Primero quiero solucionar esto.» Por suerte, era capaz de recordar los detalles de todas las chicas a las que había inducido a levantarse por las noches durante los últimos dieciocho meses.

La víctima de esa noche le serviría para un doble propósito. Por una parte, Bobby contaría con una rubia más y, por otra, se aseguraba de que Monica Cassidy guardara silencio hasta que saliera de la hipervigilada unidad de cuidados intensivos. Luego Rocky haría que la enfermera la matara.

No sabía muy bien cómo se las arreglaría para ello, pero ya lo decidiría cuando llegara el momento.

Había tardado relativamente poco. El viaje de cuatro horas, sin embargo, no había servido para que se sintiera más capaz de actuar sola. Soltó el volante y se llevó la mano al bolsillo. Su pistola seguía allí, por supuesto. De todos modos, nunca estaba de más comprobarlo.

«No seas estúpida. Has hecho esto otras veces.» Pero sola no. Había acompañado a Mansfield dos veces, pero era él quien había hecho todo el trabajo. Rocky solo conducía.

Esa noche le tocaba actuar sola. «Dios, ahí está.» Una adolescente se había abierto paso en la penumbra y aguardaba. «Es el momento. No la cagues.»

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 3:15 horas

El sonido del teléfono despertó a Bobby. Tuvo que pestañear unas cuantas veces para ver con claridad el número que aparecía en la pantalla. Paul.

– ¿Dónde demonios estás?

– En el aparcamiento de una cafetería que no cierra por las noches; en Charlotte, Carolina del Norte.

– ¿Por qué?

– Porque Rocky se ha detenido aquí. Está sentada en el coche con las luces apagadas. Espera. Viene alguien.

– ¿Te verán?

Soltó una risita.

– Ya sabes que no. A mí solo me ve quien yo quiero. Es una chica, de unos quince años. Se acerca al coche de Rocky.

– ¿Es rubia?

– ¿Qué?

– Que si es rubia. -Bobby puso énfasis en cada una de las palabras.

– Sí. Lo parece.

Bobby emitió una exclamación.

– Entonces es cosa de trabajo. Rocky me dijo que tenía a unas cuantas rubias a punto de caramelo. Le dije que dispusiera las cosas para ir a por ellas, pero parece que trata de ganar puntos. Ojalá me hubiera hecho caso con la enfermera. Cuando vuelva me encargaré de ella.

– Entonces, ¿doy media vuelta y me marcho a casa?

– Da media vuelta, pero no te marches a casa. Tengo un trabajito más para ti.

Paul suspiró.

– Bobby, estoy cansado.

– No te quejes. Necesito que mañana por la mañana se descubra un cadáver.

– ¿Es alguien que conozco? -preguntó Paul en tono jocoso.

– Sí. La hermana de la enfermera. Tiene que parecer que se ha peleado con un atracador. Pero asegúrate de que la encuentren. Te he enviado su dirección y una foto a tu correo de hotmail. Saldrá de casa sobre las ocho. Llega allí un poco antes. Y haz que le duela.

– O sea que Bobby ha decidido arrojar el guante -dijo Paul. El regocijo teñía sus palabras.

– Pues claro. Yo siempre cumplo mis promesas. En adelante, la enfermera estará más que dispuesta a seguir mis instrucciones. ¿Qué tal le va a Rocky con la rubia?

– No del todo mal. La chica se ha resistido un poco, pero tu encantadora de adolescentes estaba preparada. Parece que la ha dejado fuera de combate. Tiene un derechazo fenomenal; ahora entiendo por qué la llamas Rocky.

Bobby rió por lo bajo.

– No; no es por eso. Gracias, Paul. Me aseguraré de recompensarte bien por lo de esta noche.

– Siempre es un placer trabajar para ti, Bobby.

– Envíame un mensaje de texto cuando la hayas matado. Le enviaré un regalito a su hermana.