Ella asintió.
– Siempre es buena señal que empiecen a pedir comida.
– ¿Sería tan amable de decirme dónde puedo encontrar al responsable de seguridad?
Luke se dirigía al ascensor cuando notó vibrar el móvil en el bolsillo.
– Soy Chase. Hemos identificado a una de las víctimas. Es Kasey Knight. Dieciséis años, un metro setenta y dos, pelirroja. -Vaciló-. Es la que solo pesaba treinta y cinco kilos.
Aquella sobre la que Malcolm Zuckerman lloraba mientras, con delicadeza, le introducía las manos y los pies en la bolsa. Aquella cuyos mechones pelirrojos caían en las manos de Malcolm con solo rozarlos.
Luke se aclaró la garganta.
– ¿Les has comunicado su muerte a los padres?
– Sí. Acabo de hablar con el padre. -Luke oyó que Chase exhalaba un suspiro, intranquilo-. Les he pedido que nos traigan su cepillo del pelo o alguna otra cosa que pueda servirnos para recoger una muestra de ADN. Esto… Mmm… Quieren verla.
– Por Dios, Chase. No querrían verla si supieran cómo está. Seguro que no.
– Necesitan pasar página -repuso Chase-. Lo sabes tan bien como yo. No creerán que su hija ha muerto hasta que no lo vean con sus propios ojos. Llevaba dos años desaparecida, Luke.
Dos años de espera, de agonía. Dos años deseando lo mejor e imaginándose las peores cosas.
– Voy hacia el depósito de cadáveres. Le preguntaré a Felicity Berg si puede arreglárselas para que su aspecto sea un poco más digno. Yo también tengo noticias. Tenemos una sexta víctima potencial.
– Ay, Dios -musitó Chase con aire cansino-. ¿Quién es?
– Solo sé su nombre de pila. Becky. Pídele a Ed y su equipo que busquen un cadáver enterrado en el exterior de la celda que ocupaba Ryan Beardsley.
Chase exhaló un profundo suspiro.
– ¿Sabemos que sólo es una?
– Yo he pensado lo mismo. Haz que exploren la zona con un radar antes de empezar a cavar.
– Joder. Las cosas se ponen cada vez mejor.
La voz de Chase traslucía temor. Y también pesadumbre.
– ¿Qué ha ocurrido?
– Zach Granger ha muerto.
Luke sintió que sus pulmones se quedaban sin aire.
– Pero si solo tenía una herida en el ojo.
– Hace una hora ha sufrido un derrame cerebral. Su esposa estaba con él.
– Pero… Estoy en el hospital y nadie me ha dicho nada.
– Quieren mantenerlo en secreto.
– ¿Lo sabe Pete?
– No, todavía no. No le digas nada. Lo haré yo.
– Va a encontrarse con el inspector de incendios de Dutton.
Chase reaccionó con un ahogado y duro reniego.
– Ojalá nunca hubiera oído hablar de esa ciudad de mierda.
– Bienvenido al club. Pero por lo menos tenemos una pista sobre quién puede ser el cómplice de Granville. Beardsley le oyó hablar con un tal Rocky.
– Estupendo. Ya podría ser un poco más concreto -repuso Chase con amargura.
– Es más de lo que sabíamos hace una hora. Te veré a las ocho. Me voy al depósito.
Capítulo 9
Atlanta,
sábado, 3 de febrero, 6:00 horas
– ¿Señora? Hemos llegado. ¿Señora? Estamos en el aeropuerto. ¡Señora!
Susannah se despertó momentáneamente desorientada. Se había quedado dormida, por fin. Lástima que hubiera sido en el asiento de un taxi y no en la cama de su habitación del hotel.
– Lo siento. Ha sido una noche dura. -Pagó y salió del taxi-. Gracias.
– ¿No lleva equipaje?
– No. De hecho quería alquilar un coche.
– Tendrá que tomar un autobús hasta los puestos de alquiler de vehículos.
– No lo había pensado. -Cuando abandonó el hotel solo tenía en mente una cosa: olvidarse de las caras de las cientos de adolescentes desaparecidas que había estado examinando durante casi tres horas. Sin embargo, no había escapatoria. Seguía viendo sus rostros; algunos alegres, otros desconsolados.
Todas habían desaparecido. Qué lástima. Qué pérdida de potencial; de esperanza; de vida.
Había empezado por comparar todas las caras con la de la chica desconocida cuyo nombre empezaba por «M», pero en algún momento de la búsqueda se había dado cuenta de que el rostro que veía en las fotos era el de Darcy Williams.
Alterada, se apartó del ordenador. Necesitaba tomarse un respiro, y también necesitaba un coche si pensaba ir a Dutton para asistir al funeral de Sheila Cunningham. Por eso se había dirigido allí.
– Yo la acompañaré -se ofreció el taxista-. Vuelva a subir.
Ella subió. Estaba temblando.
– Gracias.
– No hay de qué. -En el taxi reinó el silencio durante el corto trayecto hasta los puestos de alquiler de coches. Pero cuando se detuvo, el taxista exhaló un sonoro suspiro.
– Señora, ya sé que no es de mi incumbencia, pero creo que debe saberlo. Nos han estado siguiendo desde que hemos salido del hotel.
Susannah frunció el entrecejo, enojada. Otro periodista.
– ¿Qué clase de coche es?
– Un sedán negro con cristales tintados.
– Qué original -soltó con tirantez, y miró por el retrovisor.
– He pensado que… tal vez huya de alguien.
«Sí; de mí misma.»
– No creo que haya peligro. Es posible que sea un periodista.
El hombre miró a Susannah con los ojos entornados mientras ella le pagaba.
– ¿Es famosa?
– No, pero gracias por avisarme. Ha sido muy amable.
– Tengo una hija de su edad. Siempre está viajando por motivos de trabajo y me preocupa.
Susannah le sonrió.
– Es una chica muy afortunada. Cuídese.
Cuando el taxista se alejó, Susannah miró atrás. Como era de esperar, el sedán negro retrocedió, pero estaba lo bastante cerca para que ella pudiera verlo. Se volvió para entrar en el puesto de alquiler de vehículos y entonces el sedán empezó a avanzar, despacio. Susannah retrocedió un paso, dos, y se detuvo. El sedán no hizo lo propio. Al contrario, siguió avanzando con lentitud y un escalofrío recorrió la espalda de Susannah.
Llevaba matrícula de Georgia, la DRC119. Decidió memorizarla, y se disponía a entrar en el puesto de alquiler de coches cuando cayó en la cuenta. Se dio media vuelta con el corazón aporreándole el pecho, pero el sedán había desaparecido.
DRC. Darcy. Tal vez fuera una simple coincidencia. Pero el número no lo era. Uno diecinueve. El 19 de enero de hacía seis años había encontrado a Darcy muerta y bien muerta. Le habían dado una paliza y estaba cubierta de sangre. Y el 19 de enero de hacía trece años se había despertado en un escondite bañada en whisky, violada y aterrada.
Charles sonrió. Por fin había captado su atención. Susannah siempre se había mostrado circunspecta, distinguida. Al menos eso era lo que creía todo el mundo. Pero él sabía más cosas.
Siempre había sabido que Susannah Vartanian tenía un lado oscuro. Lo notó desde el principio. Lo percibía en su mirada, en su olor, en su aura. Durante todos aquellos años había intentado atraerla, pero ella siempre se apartaba. Se alejaba de él. Al menos eso era lo que se creía. Pero él sabía más cosas.
Lo sabía todo de Susannah Vartanian. Todo.
¿Acaso lo que sabía no conmocionaría al mundo entero? «Oh, oh.» Mala chica. Se echó a reír. Pronto sería suya, de una u otra forma. Pero antes jugaría un poco con ella.
Esperó a que abandonara el aparcamiento con su coche de alquiler, un discreto sedán. Nada de coches llamativos para la buena de Susannah Vartanian. Se situó detrás de ella y se aseguró de que lo viera. La siguió hasta el centro comercial Wal-Mart. Bueno, la mañana anterior había salido de Nueva York sólo con lo puesto, o sea que era normal que fuese de compras.
Se mantuvo alejado lo justo y necesario y esperó a que aparcara el coche y se dirigiera a la tienda para aparecer ante ella una vez más. Soltó una carcajada. La cara de Susannah era para morirse de risa.