Charles tenía pensado aguardar un año más para provocarla con la matrícula, de modo que hiciera siete años de la muerte de Darcy. Pero Susannah se encontraba allí y estaba indefensa, y habría sido una tontería dejar pasar la ocasión. Mientras ella compraba, él aparcó. No temía lo más mínimo que llamara a la policía. No había denunciado lo ocurrido el 19 de enero, ninguna de las dos veces. Abrió su estuche de marfil y de él sacó uno de sus mayores tesoros. Era una simple fotografía pero representaba mucho más. Representaba un momento perpetuado.
En ella se veía a sí mismo en blanco y negro, sonriente, al lado de Pham. Él entonces ya era mayor y sabía que el momento de su muerte se acercaba. «Pero yo estaba tan tranquilo, no tenía ni idea de que estuviera tan enfermo. Solo disfrutaba del momento.» Pham era muy aficionado a disfrutar del momento pero al mismo tiempo predicaba la paciencia. «El pájaro paciente siempre se deleita con el gusano más jugoso.»
Charles, sin embargo, creía en el ideal americano de forjar el metal en caliente, y con el tiempo Pham también reparó en la utilidad de esa práctica. Formaban un equipo increíble. El venerado monje budista y su guardaespaldas occidental recibían invitaciones para entrar en las casas allá por donde iban. Tanto si Pham leía la buenaventura como si ofrecía prácticas curativas o se entregaba al sutil arte del chantaje, las casas en las que se alojaban siempre eran mucho más pobres después de su estancia.
«Te sigo echando de menos, mi amigo. Mi mentor.» Se preguntó qué habría hecho Pham si Charles hubiera muerto antes que él, tal como había sucedido con Toby. Luego se echó a reír. Pham habría adoptado la personalidad y la actividad que más dinero le proporcionaran según el día, como si no se diferenciaran en nada del resto. En Pham todo era frío, puramente calculador.
Charles ya no necesitaba más dinero. Lo de Susannah Vartanian lo hacía por puro placer. A Pham le habría encantado.
Atlanta,
sábado, 3 de febrero, 6:15 horas
La doctora Felicity Berg dirigió una breve mirada a Luke cuando este entró. Luego volvió a centrarse en el cadáver que había sobre la mesa.
– Me preguntaba cuándo llegarías. Estaba a punto de llamarte.
– He estado algo ocupado -respondió Luke sin ofenderse por la brusquedad de su tono. Felicity le caía bien, aunque muchos la consideraban fría. Luke imaginó que mucha gente consideraría también fría a Susannah, pero se preguntaba cuántos la conocían de veras-. ¿Qué has averiguado hasta el momento?
– Mucha mierda -soltó, y exhaló un suspiro-. Lo siento, estoy cansada. Y sé que tú también lo estás.
– Sí, pero no he tenido que pasarme la noche entre cadáveres -repuso él con suavidad-. ¿Estás bien, Felicity?
En el silencio le oyó tragar saliva.
– No. -Luego recuperó el tono formal-. Tenéis a cinco mujeres, todas de entre quince y veinte años. Dos sufren desnutrición extrema: las víctimas número dos y la número cinco de la mesa.
– Creemos saber quién es la número cinco -anunció Luke-. Kasey Knight. Sus padres están de camino para identificar el cadáver. Llegarán sobre las dos.
Felicity levantó la cabeza de golpe, horrorizada.
– ¿Quieren verla? No, Luke.
– Sí. -Luke cobró ánimo y se acercó. Tragó la bilis que se le había subido a la garganta-. ¿No podrías…? ¿No podrías hacer que tenga… mejor aspecto?
– ¿Podrías convencerlos tú de que no la vean? Puedo tener listo un análisis de ADN en veinticuatro horas.
– Felicity, llevan dos años esperando. Necesitan verla.
Ella se puso en pie sin dejar de mirarlo. Entonces un sollozo rompió el silencio.
– Joder, Luke. -Retrocedió, llorando y extendiendo hacia delante con rigidez sus manos enguantadas y manchadas de sangre-. Joder.
Luke se puso unos guantes, le retiró las gafas de los ojos y se los enjugó con un pañuelo de papel.
– Ha sido una noche muy larga -dijo con suavidad-. ¿Por qué no te marchas a casa y descansas hasta que lleguen los padres de la chica? Es la última, ¿verdad?
– Sí, y casi he terminado. Vuelve a ponerme las gafas, ¿quieres?
Luke hizo lo que le pedía y se apartó.
– No se lo contaré a nadie -dijo con complicidad, y ella rió con una mezcla de pena y cohibimiento.
– No suelo dejar que me afecte, pero…
– Yo me siento igual. ¿Qué más puedes decirme, aparte de que están desnutridas?
Ella irguió la espalda y cuando habló su tono volvía a ser formal.
– La víctima número cinco, Kasey Knight, tenía gonorrea y sífilis.
– ¿Y el resto no?
– Exacto. La víctima número uno tiene drepanocitosis. Puede que eso nos ayude a identificarla. La víctima número dos se ha roto un brazo en los últimos seis meses y no se ha soldado muy bien. El otro brazo presenta fracturas radiales, y parecen hechas en el mismo período de tiempo. Supongo que se deben a malos tratos. -Volvió a levantar la cabeza y frunció el entrecejo-. Es muy raro. Las dos chicas más flacas presentan niveles altos de electrolitos en sangre. Y he descubierto marcas de pinchazos en el brazo. Es como si les hubieran estado administrando sustancias por vía intravenosa.
– En la nave encontramos bolsas de solución intravenosa, y también jeringuillas y agujas.
– O sea que el médico que ha muerto, Granville, las estaba tratando.
– Me pregunto si lo que les hacía no eran simples apaños para que siguieran trabajando. ¿Algo más?
– Sí. Me he guardado lo mejor para el final. Ven aquí.
Se acercó mientras ella colocaba el cadáver de Kasey Knight de lado con suavidad. Él entornó los ojos y se agachó más para ver la pequeña marca de la cadera derecha. Apretó la mandíbula.
– Una cruz gamada. -Levantó la cabeza-. ¿Es un estigma?
– Todas la tienen en el mismo sitio; en la cadera derecha. Todas son del tamaño de una moneda de diez centavos.
Luke se irguió.
– ¿Neonazis?
– Encima del mostrador hay una bolsa que puede ayudarte.
Luke la sostuvo a contraluz. En ella había un anillo con el símbolo de la Asociación Americana de Medicina, una serpiente.
– ¿Y qué?
– Lo llevaba Granville.
– Muy bien. Era médico, y este es el símbolo de la Asociación Americana de Medicina. No me parece nada raro. ¿Por qué?
Ella arqueó las cejas.
– Tiene una doble plancha. Trey lo ha descubierto por casualidad cuando lo retiraba del dedo del buen doctor. En un lado hay un botoncito.
Luke lo accionó y vio que, dentro de la bolsa, la parte delantera del anillo se abría y dejaba al descubierto la misma cruz gamada.
– Joder. ¿Con eso les hacía las marcas?
– No lo creo. El dibujo queda demasiado hundido y no parece que presente restos de células. De todos modos en el laboratorio nos lo dirán con seguridad.
– Veré si puedo averiguar algo más del símbolo. Felicity, podrías pedirle a otro de los forenses que se encargue de la identificación.
– Lo haré yo. -Levantó con cuidado la sábana hasta cubrir con ella a Kasey Knight-. Te veré a las dos.
Atlanta,
sábado, 3 de febrero, 7:45 horas
Susannah se detuvo en la puerta del despacho de Luke. Ojalá no le temblaran las manos. Cuando el sedán negro desapareció, tomó su coche alquilado y se dirigió al centro comercial Wal-Mart para comprar unos cuantos artículos de higiene personal. Luego regresó al hotel, cada vez más alterada porque el vehículo con matrícula DRC119 había aparecido en el aparcamiento del centro comercial, en la autopista e incluso frente al hotel, cuando le entregaba las llaves de su coche al mozo.
Durante una fracción de segundo se preguntó si Al Landers se lo habría dicho a alguien, pero descartó la idea al instante. Además, si Al sabía que todos los años visitaba la tumba de Darcy era posible que también lo supiera alguien más. Tenía que averiguar a quién pertenecía aquella matrícula.