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Luke. Confiaba en él. Por eso había interrumpido al mozo, había tomado de nuevo el coche y se había dirigido allí.

Llamó a la puerta y él levantó la cabeza del ordenador. Sus ojos negros llenos de sorpresa pronto pasaron a denotar interés. Por un momento sus miradas se cruzaron, y a Susannah se le secó la boca de golpe. Luego la mirada de él se tornó más distante y formal y la magia del momento se rompió.

– ¿Susannah?

Daba igual que no estuviera segura de cómo reaccionar ante su interés, pensó, porque este desaparecería en cuanto supiera la verdad. «Dejará de desearme. Le pasaría a cualquier hombre decente.»

– Leigh entraba al mismo tiempo que yo y me ha acompañado hasta aquí.

– Pase. -Tomó la pila de carpetas que había sobre una silla y la depositó en el otro extremo de su escritorio-. Tenía un poco de tiempo antes de la reunión de esta mañana y lo estaba dedicando al papeleo que me quedó pendiente ayer. Siéntese. Quería llamarla anoche pero las cosas se complicaron. Llegamos a la cabaña de Borenson pero él no estaba. Parece que hubo una pelea.

Ella levantó la barbilla al tiempo que se sentaba.

– ¿Cree que está muerto?

Él se dejó caer en la silla.

– La pelea tuvo lugar hace unos días como mínimo. Si está herido, la cosa no pinta bien. A estas horas debe de haber perdido mucha sangre.

– Hace unos días aún no se sabía lo de Granville. Entonces aún estaban persiguiendo a O'Brien.

– Ya lo sé, pero no podemos ignorarlo. El hombre guarda relación con lo ocurrido hace trece años; bien podría guardarla con lo que sucede ahora. -Frunció el ceño-. Hablando de relaciones, ¿se ha fijado si la chica desconocida tiene alguna marca o cicatriz?

– ¿Cómo qué?

Él vaciló.

– Una cruz gamada.

Por segunda vez en las últimas dos horas a Susannah se le heló la sangre en las venas.

– No. Cuando la vi en cuidados intensivos llevaba un camisón y estaba tapada con una sábana. -«Bien; sigue así de tranquila»-. Supongo que en el hospital lo habrían comentado.

– Yo también lo creo, pero estuvieron bastante ocupados tratando de salvarle la vida.

– Imagino que sí. ¿Por qué no lo preguntamos?

– Porque… -Vaciló de nuevo-. Porque anoche alguien trató de matar a Beardsley.

– Dios mío. ¿Está seguro?

– Aquí tengo los resultados de los análisis del laboratorio forense. Alguien le inyectó algo en la bolsa intravenosa.

– ¿Está bien?

– Va tirando. Lo ha pasado un poco mal, pero se recupera.

– ¿Qué hay de la chica? ¿Y de Bailey? -«¿Y de Daniel?»

– ¿Y de Daniel? -preguntó él en voz baja, con solo un ligero tono de reproche.

«Me lo merezco.»

– Y de Daniel. ¿Están todos bien?

– Sí, pero no estoy seguro de en quién podemos confiar. Esperaba que hubiera observado la marca en la desconocida.

El corazón le aporreaba el pecho, pero Susannah mantuvo la voz serena.

– ¿Qué significa?

– En el depósito de cadáveres hemos visto que todas las chicas muertas tienen una marca en la cadera.

Ella tragó saliva y se esforzó por apaciguar su corazón. «No es posible. Esto no está sucediendo.» Sin embargo, sí que era posible; sí que estaba sucediendo. «Díselo. Díselo ya.»

«Enseguida. Antes cuéntale lo de la matrícula.»

– O sea que la marca se la hizo Granville.

– Eso parece. Pero es usted quien ha venido a verme. ¿En qué puedo ayudarla?

«Tranquilízate, Susannah.»

– Detesto tener que molestarlo por una cosa así, pero esta mañana me ha seguido un coche.

Él frunció sus cejas morenas.

– ¿Qué quiere decir?

– He ido al aeropuerto a alquilar un coche. Hoy viajaré a Dutton para asistir al funeral de Sheila Cunningham.

– Sheila Cunningham. Me había olvidado del funeral -musitó. Luego volvió a mirarla-. ¿Y qué ha pasado con el coche que la seguía?

– He tomado un taxi para ir del hotel al aeropuerto y un sedán negro nos ha seguido. Después he ido al centro comercial y también me ha seguido hasta allí. Tengo que reconocer… que me ha puesto un poco nerviosa. -«Histérica, más bien»-. ¿Podría comprobar la matrícula?

– ¿Cuál es?

– DRC119. No era como las normales; ya sabe, con el dibujo en el centro. Estaban todos los caracteres juntos.

– Quiere decir que es una matrícula personalizada.

– Supongo que sí. -Susannah contuvo la respiración y aguardó a que él tecleara la matrícula en el portátil.

Siguió aguardando mientras él observaba la pantalla con expresión indescifrable. Al final no pudo resistirlo más.

– ¿Y bien?

Él levantó la cabeza. Su mirada era reservada.

– Susannah, ¿conoce a una tal Darcy Williams?

«Esta vez no te atreverás a huir.»

– Era mi amiga. Está muerta.

– Susannah, el vehículo está registrado a nombre de Darcy Williams, pero en la fotografía del departamento de vehículos motorizados… aparece usted.

A ella se le cerró la garganta. No entraba el aire. No salían palabras.

– ¿Susannah? -Luke se puso en pie y rodeó el escritorio para posarle las manos en los hombros con firmeza-. Respire.

Ella tomó aire y sintió náuseas.

– Tengo que contarle una cosa. -Su voz ya no era serena-. Es sobre la cruz gamada. Yo también la tengo, en la cadera. Es un estigma.

Él exhaló un suspiro cauteloso. Seguía posando las manos en los hombros de ella y empezó a masajearlos.

– Tiene que ver con la agresión de hace trece años. -No era una pregunta y debería haberlo sido.

Ella se apartó con suavidad y se dirigió a la ventana.

– No. Eso ocurrió siete años después. El 19 de enero.

– Uno diecinueve -reconoció él-. Igual que el número de la matrícula. DRC119.

– También fue un 19 de enero el día en que Simon y sus amigos me agredieron.

Vio por el reflejo del cristal que él se relajaba.

– Susannah, ¿quién era Darcy Williams?

Ella apoyó la frente en el frío cristal. La cabeza le ardía pero el resto de su ser estaba más helado que un témpano.

– Tal como le he dicho, era mi amiga. Ahora está muerta.

– ¿Cómo murió? -preguntó él en tono amable.

A través del cristal, ella mantuvo la mirada fija en el aparcamiento.

– Nunca he hablado de esto. Con nadie.

– Pero alguien lo sabe.

– Tres personas por lo menos. Y ahora usted. -Se volvió y lo miró a los ojos-. Quien me ha seguido hoy lo sabe. Anoche descubrí que mi jefe lo ha sabido siempre; al menos en parte. La otra persona es el detective que llevó la investigación.

– ¿La investigación de qué?

– A Darcy la asesinaron en la habitación de un hotel barato, en Hell's Kitchen. Yo estaba en la habitación contigua. -Clavó sus ojos en los de él, se aferró a ellos-. Yo estudiaba derecho en Nueva York. Darcy era un año más joven que yo y trabajaba de camarera en West Village. Nos habíamos conocido en un bar. Esa noche quedamos con unos chicos.

– ¿En Hell's Kitchen? ¿Iba allí a menudo?

Ella vaciló una fracción de segundo.

– Fue cosa de una noche.

«Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa.»

«Cállate. Algo tengo que mantener en secreto.»

– Pero algo fue mal -prosiguió él.

– Me desmayé. Creo que me echaron algo en la bebida. Cuando me desperté, estaba sola y… -«Tenía los muslos pegajosos. El tío no había usado condón»-. La cadera me escocía como un demonio.

– El estigma.

– Sí. Me vestí y llamé a la puerta de la habitación contigua, donde se alojaba Darcy. La puerta… se abrió sola. -De repente volvió a encontrarse allí. Había sangre por todas partes. En el espejo, en la cama, en las paredes-. Darcy estaba tendida en el suelo. Estaba desnuda, y muerta. La habían matado de una paliza.