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– ¿Y qué hizo usted?

– Salir corriendo hasta una cabina que había a dos manzanas de distancia y llamé al 911. No dije mi nombre.

– ¿Por qué?

– Porque estudiaba derecho. Trabajaba como estudiante en prácticas en la oficina del fiscal del distrito. Si se hubiera sabido que estaba mezclada en un escándalo semejante… -Apartó la mirada-. Hablo igual que mi madre. Ella solía decirle eso a mi padre cuando Simon hacía una de las suyas. «No podemos permitir que se arme un escándalo, Arthur.» Y mi padre iba y lo arreglaba.

– Usted no es como sus padres, Susannah.

– Usted no tiene ni idea de lo que yo soy -le espetó, y se calló de golpe, sorprendida. Era lo mismo que le había respondido a Daniel, palabra por palabra.

«¿Qué es lo que te ha hecho volver?», le había preguntado él.

«Las otras prestarán declaración», había respondido ella. «¿Qué clase de cobarde sería yo si no lo hiciera?» Él insistió en que Susannah no era cobarde y ella casi se había reído en su cara. «Tú no tienes ni idea de lo que yo soy, Daniel.» Y era cierto. Ella habría preferido que siguiera sin tener ni idea, pero los secretos estaban saliendo a la luz, uno detrás de otro.

– ¿Y qué es? -preguntó Luke en tono quedo.

Ella exhaló un suspiro y retomó la conversación sobre el pasado.

– Era una cobarde.

Los ojos de Luke emitieron un centelleo. Había notado que quería eludir la respuesta.

– Llamó al 911. Algo es algo.

– Sí. Luego hice otra llamada anónima al detective a quien le habían asignado el caso. Le describí al tipo que se había marchado con Darcy Williams del bar y le di la dirección del establecimiento. Él dijo que tenía que comprobar unos datos y me pidió que volviera a llamarlo al cabo de cuatro horas. Yo lo hice y él me estaba observando mientras llamaba.

– Utilizó la misma cabina.

– Las tres veces. -Se esforzó por sonreír-. Por eso pillamos tantas veces a los malos, agente Papadopoulos. Porque cometen errores estúpidos.

– Luke -dijo él sin alterarse-. Llámeme Luke.

La sonrisa de Susannah se desvaneció.

– Luke.

– ¿Qué más pasó? -quiso saber él, como si hubiera algún detalle sórdido que ella hubiera omitido.

– El detective Reiser pilló al tipo gracias a mi descripción. Consiguió confirmar los datos por otro lado cuando supo por dónde empezar. No le hizo falta llamarme a declarar, pero se lo contó a mi jefe. Creo que más bien lo hizo para cubrirse las espaldas. Así fue como mi reputación y mi carrera se salvaron.

– Es una buena reputación, y una buena carrera. ¿Por qué se fustiga por ello?

– Porque fui una cobarde. Tendría que haberme enfrentado cara a cara al tipo que mató a Darcy.

– ¿Por eso ahora quiere enfrentarse a Garth Davis? ¿Para compensar lo que hizo entonces?

Ella apretó los labios.

– Parece que eso es lo que debe hacerse.

Él colocó el dedo bajo su barbilla y la alzó hasta que volvió a mirarlo a los ojos.

– ¿Qué pasó con el otro tipo? -preguntó. Su mirada era penetrante-. El que la drogó a usted.

Ella encogió un hombro.

– Se marchó. No volví a verlo nunca más. Lo superé.

– ¿La violó? -preguntó, controlando cuidadosamente el tono.

Ella recordó la sangre, la sensación del semen pegajoso en los muslos.

– Sí. Pero yo fui al hotel por voluntad propia.

– ¿Ha oído lo que acaba de decir? -preguntó él casi gritándole.

– Sí -respondió ella entre dientes-. Lo oigo cada vez que lo pienso, cada vez que le digo a una víctima que no merecía ser violada. Pero esa vez fue distinto, joder. Es distinto.

– ¿Por qué?

– Porque me ocurrió a mí -gritó ella-. Otra vez. Permití que volviera a ocurrirme, y encima mi amiga murió. Mi amiga murió y yo fui una cobarde y salí corriendo.

– ¿Porque merecía que la violaran?

Ella sacudió la cabeza con aire cansino.

– No. Pero tampoco merecía que se hiciera justicia.

– A los Vartanian les jodieron bien la vida -soltó él, con los ojos negros llenos de furia-. Si su padre no estuviera muerto, me sentiría tentado de matarlo con mis propias manos.

Ella se puso de puntillas sin dejar de mirarlo a los ojos.

– Espere. -Ella retrocedió un paso y volvió a controlar sus emociones-. Entonces, ¿qué significa eso? La misma noche en que asesinaron a mi amiga en Nueva York a mí me violaron y me hicieron el estigma. Seis años después encuentran a cinco chicas muertas con el mismo estigma en el bello y pintoresco Dutton. ¿Existe alguna relación? Yo diría que sí.

Ella lo observó apartar de sí la furia, reducirla.

– Quiero verlo.

Ella abrió los ojos como platos.

– ¿Cómo dice?

– Quiero verlo. ¿Cómo sabemos que es la misma marca?

– Enséñeme la de las chicas y yo le diré si son iguales.

– Las chicas están en el depósito de cadáveres -le espetó él-. Por el amor de Dios, Susannah, ayer la vi en sujetador. La reunión ha empezado hace unos minutos. Enséñemelo, por favor.

Tenía razón, por supuesto. No era momento de recato, y de todos modos ella no era quién para tenerlo después de lo que acababa de confesar.

– Cierre los ojos. -Se bajó rápidamente la cremallera de la falda y se retiró las braguitas lo suficiente para mostrarle la marca-. Mire.

Él se agachó y observó el estigma. Luego cerró los ojos.

– Vístase. Es la misma marca, aunque un poco más grande. -Él se puso en pie sin abrir los ojos-. ¿Ya está visible?

– Sí. Y ahora ¿qué? En Atlanta hay alguien que sabe lo de Darcy. En Dutton hay alguien que tiene una esvástica. ¿Es la misma persona que me hizo el estigma y mató a mi amiga? Si es así, ¿quién es y por qué lo hizo?

– No lo sé. Lo único que sé es que tenemos que empezar por buscar en grupos racistas.

– ¿Por lo de la esvástica? Puede, o puede que no.

Él se detuvo con la mano en el pomo de la puerta del despacho.

– ¿Por qué no?

A Susannah le resultaba más fácil centrarse en los detalles que dar vueltas a algo que no podía cambiar.

– Mi cruz no es la de los nazis. La mía tiene las puntas terminadas en ángulo, es un símbolo de muchas religiones orientales. -Arqueó las cejas-. Incluida la budista.

– Y eso vuelve a llevarnos al thích de Granville.

– Puede, o puede que no. Lo buscaré en internet, si quiere.

– Sí. Siéntese aquí y hágalo mientras yo asisto a la reunión. Luego volveré a buscarla.

– No puedo quedarme aquí. Tengo que encontrarme con Chloe Hathaway a las nueve.

– Chloe está aquí, también asistirá a la reunión. Pueden hablar en mi despacho cuando terminemos, así le ahorra el viaje hasta el hotel.

– Pero tengo la declaración en el portátil. Lo he dejado en mi habitación.

– Tenemos a unos cuantos taquígrafos respondiendo llamadas de testigos -repuso él impaciente-. Enviaremos a uno de ellos a por su portátil. Tengo que marcharme.

– Luke, espere. Mi jefe, Al… Pensaba acompañarme durante la reunión con Chloe. -Sus labios esbozaron una sonrisa de autocrítica-. Para darme apoyo moral.

La mirada de Luke se suavizó.

– Pues llámelo y dígale que venga. No quiero que salga sola hasta que sepamos quién es el tipo del sedán negro. Todo encaja. Sólo tenemos que descubrir cómo. -Vaciló-. He intentado que su nombre no aparezca en la investigación, al menos hasta que declare.

– ¿Por qué? -consiguió preguntar, aunque ya sabía la respuesta «Tendré que contarlo. Todo el mundo sabrá lo que hice, y lo que no hice.» Era lo que se merecía.

– Tiene derecho a que se respete su intimidad. Igual que tiene derecho a que se haga justicia.

Ella tragó saliva. La elección de sus palabras le llegó al alma.