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Rocky estacionó el coche en el garaje. Estaba muy cansada. Un accidente ocurrido a las afueras de Atlanta había provocado una caravana durante más de una hora, y ella la había pasado muy intranquila porque temía que alguien oyera los golpes procedentes del maletero. Por suerte hacía frío y todos los coches circulaban con las ventanillas cerradas.

Sin duda le habría resultado muy difícil explicar qué hacía una adolescente atada y amordazada en el maletero de su coche. Y, al igual que en Misión imposible, sabía que si la pillaban Bobby habría negado tener ninguna relación con ella. «Pero no me han pillado.» Tal vez después de eso Bobby volviera a confiar en ella.

Antes de explicárselo todo necesitaba que la enfermera la pusiera al corriente de las últimas noticias. Esperaba que no le hubiera administrado a Monica ninguna otra dosis de paralizante. Cuanto antes sacaran a la chica de la unidad de cuidados intensivos y la trasladaran a planta, antes podrían matarla sin tantas complicaciones. Así la joya que llevaba en el maletero podría pasar a formar parte del stock. Marcó el número mientras visualizaba la mirada de aprobación de los ojos azules de Bobby.

A lo largo de los años había hecho bastantes cosas para ganarse su aprobación. Por suerte, nunca había tenido que asesinar a nadie. Sólo con pensarlo se ponía enferma.

– Eres una cabrona -gritó la enfermera antes de que Rocky pudiera pronunciar palabra-. Habíamos hecho un trato. Eres una puta cabrona.

A Rocky se le revolvió e estómago.

– ¿Qué ha pasado?

– Como si no lo supieras -dijo la enfermera entre dientes-. Bobby ha matado a mi hermana. -La enfermera empezó a sollozar-. La ha matado de una paliza. Dios mío, y todo por mi culpa.

– ¿Cómo sabes que ha sido Bobby? -preguntó Rocky, tratando de conservar la calma.

– Por la foto, imbécil. Me la ha enviado por teléfono. Es mi hijo. Solo tiene ocho años.

– ¿Bobby te ha enviado una foto de tu hijo al móvil? -repitió Rocky.

– Con un mensaje. «Haz lo que te ordeno o él también morirá.» «También» -le espetó-. He venido corriendo y… la he encontrado muerta. Estaba tirada en el callejón como si fuera basura. La han tratado como si fuera basura.

– ¿Qué vas a hacer?

La enfermera rió con histerismo.

– ¿A ti qué te parece? Lo que Bobby quiera.

– ¿Le has administrado a la chica otra dosis de paralizante?

– No. -Rocky oyó que la enfermera respiraba hondo, tratando de calmarse-. Ayer por la noche trasladaron al capellán del ejército a cuidados intensivos y había mucha vigilancia.

– ¿Qué has dicho?

– El capellán. Alguien trató de matarlo anoche, pero no lo logró. -Soltó una carcajada sardónica-. ¿Eso tampoco lo sabías? Se supone que tu superior debe confiar en ti, Rocky.

El comentario resultaba irónico porque Rocky sabía que su superior no confiaba en ella en absoluto. Era lo bastante inteligente para saber en qué lugar se encontraba. Paul, el policía, ocupaba un lugar más elevado que ella en la escala jerárquica. Mucho más elevado. De hecho, Bobby se lo había dejado claro en muchas ocasiones. La furia empezaba a hervir en el interior de Rocky.

– Entonces, ¿has hablado con ella? ¿Con Monica?

– Le he dicho lo que me pediste que le dijera.

Rocky abrió el maletero y tomó una fotografía de Genie Cassidy.

– Voy a enviarte una foto al móvil. Enséñasela a Monica. Eso la mantendrá callada hasta que la mates.

– Si yo caigo, tú caerás conmigo.

– Ve a la policía. No tienes ninguna prueba y pensarán que estás loca.

– Te odio. Y a Bobby también. -Se hizo el silencio cuando la enfermera colgó el teléfono.

Rocky suspiró. «Lo tenía todo controlado. No hacía falta matar a la hermana de la enfermera.» Sólo serviría para llamar más la atención y eso era lo último que necesitaban. Encontró a Tanner en la cocina, preparando el té para Bobby.

– Tengo a otra huésped en el maletero del coche -dijo-. ¿Puedes bañarla y darle algo caliente? ¿Dónde está Bobby?

– En su despacho. -Tanner arqueó una de sus pobladas cejas grises-. Y no está precisamente alegre; últimamente no le das muchas satisfacciones.

– Lo mismo digo -masculló Rocky. Llamó a la puerta del despacho de Bobby y entró sin esperar su permiso.

Bobby levantó la cabeza; la mirada de sus ojos azules era glacial.

– Llegas un poco tarde. Te envié ayer por la noche a hacer un simple recado y has tardado ocho horas en volver.

– Has hecho matar a la hermana de la enfermera.

Bobby arqueó las cejas.

– Claro. La chica sigue viva.

– Sí, está viva. Y Beardsley también.

Bobby se levantó de golpe, rebosante de furia.

– ¿Qué?

Rocky se echó a reír.

– Así que el swanzi no lo sabe todo. -De pronto su cabeza giró de golpe hacia la izquierda cuando Bobby le estampó la mano en la mejilla.

– Eres una zorra. ¿Cómo te atreves?

A Rocky le escocía la mejilla.

– Porque estoy cabreada. Muy cabreada, supongo.

– Cariño, tú no sabes lo que significa esa palabra. Te encargué un trabajo y fallaste.

– Solo cambié un poco los planes. Era imposible que la enfermera matara a Monica Cassidy en la unidad de cuidados intensivos.

– Eso te dijo. Y tú te lo creíste -repuso Bobby con desprecio.

– Y busqué otra forma de cumplir el objetivo, lo cual es más de lo que puedo decir del esbirro que no ha conseguido matar al capellán.

Bobby se dejó caer en la silla despacio. Su cara parecía de granito.

– Beardsley estaba muerto. Su encefalograma era plano.

– Pues se ve que han conseguido reanimarlo -repuso Rocky con frialdad-. Y ahora en la unidad de cuidados intensivos hay más vigilancia que en Fort Knox.

– Dime qué has hecho.

– He ido a Charlotte y he raptado a la hermana pequeña de Monica. La tengo en el maletero del coche.

Bobby palideció y a Rocky se le disparó el pulso.

– ¿Qué dices que has hecho?

– He raptado a su hermana. Llevaba chateando con ella dos meses. Monica ha tenido éxito, así que he pensado que su hermana también lo tendría.

– ¿Te has parado a pensar en las consecuencias? Que una chica se fugue con un tío que ha conocido por internet es creíble. Que lo hagan dos… Ahora la policía se dedicará a investigarlo. La pobre madre saldrá por televisión llorando a moco tendido y pidiendo que le devuelvan a su hija sana y salva. De hecho, podríamos matar a la chica ahora mismo, cuando su rostro aparezca en todos los envases de leche, nadie la querrá.

Rocky se dejó caer en una silla.

– No lo había pensado. Pero no te preocupes. Me he acercado a la estación de autobuses con su sudadera y he comprado un billete para Raleigh, donde vive su padre. Si a la policía le da por investigar, creerán que se ha ido a vivir con él.

– Ya veo -respondió Bobby con frialdad-. Veo que te encargo un trabajo sencillo, como el de asegurarte de que la enfermera cumpla con su deber, y me fallas. Y veo que encima vas y te tomas la libertad de complicarlo con un secuestro no autorizado. Ya me encargaré yo de la chica y de la enfermera. Estás despedida.

Rocky se quedó paralizada en el sitio, tratando de no temblar.

– La chica está aquí. Puedes servirte de ella en cuanto quieras. Es incluso más guapa que su hermana. Puedes mandarla fuera del país, donde no distribuyan su foto. Ganaras mucho dinero con ella.

Bobby tamborileo sobre el escritorio con aire pensativo.

– Puede que lo haga. Ahora márchate.

Rocky no se movió.

– ¿Qué le harás a la enfermera?

– Lo que le he prometido.

– No. Le has prometido que su hijo sería el siguiente, y solo tiene ocho años, como tu…

– Ya está bien. -Bobby se levantó. Con la furia, sus ojos azules habían adquirido la tonalidad del hielo y Rocky no pudo controlar el temblor por más tiempo-. A mí se me obedece. A ver si lo aprendéis la enfermera y tú. Estás despedida.