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Bobby aguardó a que Rocky se hubiera marchado y volvió a llamar a Paul.

– Creía haberte dicho que no volvieras a llamarme hoy -le espetó.

«Insolente. Te mataría ahora mismo, pero te necesito.»

– Tienes que ir a Raleigh.

– Esta noche me toca trabajar.

– Llama y di que estás enfermo. Además, yo te pago el triple que la policía de Atlanta.

– Mierda, Bobby. -Paul suspiró frustrado-. ¿Qué más quieres que haga?

– Necesito que arregles una cagada de Rocky.

– Últimamente Rocky la caga mucho.

– Sí, ya lo sé. Cuando acabes con esto ya hablaremos de qué hacer con ella.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 8:40 horas

Luke le explicó al equipo lo que le había contado Susannah sobre el sedán negro, Darcy Williams y lo ocurrido seis años atrás en Hell's Kitchen. Nadie respiró apenas hasta que hubo terminado.

Chase se recostó en la silla, atónito.

– ¿Quieres decir que a Susannah la agredieron dos veces en la misma fecha, con siete años de diferencia? ¿Y a nadie le llamó la atención?

Luke vaciló.

– No denunció las agresiones.

– Por el amor de Dios. ¿Por qué? -bramo Chase.

– Porque era una víctima, Chase -respondió Mary McCrady con su voz de psicóloga.

– Nada de todo esto le está resultando fácil -la defendió Luke-, y encima ahora la andan siguiendo con un sedán negro. Hoy quiere asistir al funeral de Sheila Cunningham y a mí me preocupa su seguridad hasta que descubramos quién es ese hombre.

– O sea que irás al funeral con ella para ver si el tipo se deja caer -terció Ed-. Te hará falta alguna cámara de vigilancia. Yo me encargo.

– Gracias -respondió Luke. No era ese el único motivo por el que había decidido acompañar a Susannah al funeral de Sheila Cunningham, pero sí el principal-. Susannah también me ha contado que esa esvástica con las puntas terminadas en ángulo es un símbolo frecuente en las religiones orientales, como el budismo.

– El thích que estábamos buscando -musitó Pete-. De alguna forma todo encaja.

– Sólo nos falta descubrir cómo -repuso Chase-. Hank, ve a Savannah y busca a Helen Granville. Tenemos que averiguar la verdad sobre su marido. Pete, quiero que te encargues de seguir registrando la casa de Mansfield, y Nancy, tú dedícate a buscar in formación sobre ese tal Chili Pepper. Quiero saber quién le paga. -Pete abrió la boca para protestar pero Chase le lanzó una mirada de advertencia-. Ni se te ocurra, Pete. No te acercarás a menos de un kilómetro y medio de ese tipo.

– Sé controlarme -respondió Pete con tirantez.

– Ya -respondió Chase en tono amable-. Pero prefiero que no tengas que pasar por eso.

– Yo aún estoy analizando la medicación que encontramos en la nave -explicó Ed-. También estamos realizando análisis de los cabellos que hallamos al registrar el despacho de la nave. Puede que alguno encaje con las muestras de ADN que constan en nuestros archivos. Examinaremos la zona exterior de la nave por si hay más víctimas. Y esparciremos talco sobre el mapa de carreteras para descubrir las huellas.

– Bien -aprobó Chase-. ¿Qué más?

– Tengo que hablar con Susannah Vartanian -dijo Mary.

– Yo he quedado con ella en su hotel dentro de un rato -explicó Chloe-. Le pediré que te llame.

– No está en el hotel -dijo Luke-. Está en mi despacho. Ha venido después de que el sedán negro la anduviera siguiendo. Se ha ofrecido a buscar información sobre la esvástica.

Chase señaló la puerta con la mano.

– Marchaos, y buena suerte. Volveremos a encontrarnos a las cinco. Luke, tú quédate. -Cuando se hubieron quedado a solas y la puerta estuvo cerrada, Chase lo miró a los ojos con expresión turbada-. ¿Por qué no denunció Susannah ninguna de las violaciones?

– La primera vez tenía miedo de Simon. Él le dijo que en algún momento tendría que dormir.

Chase apretó la mandíbula.

– Qué hijo de puta. ¿Y la segunda vez?

«Tampoco merecía que se hiciera justicia.»

– Estaba asustada, y siendo hermana de Daniel puedes imaginar que lleva todos estos años culpabilizándose porque su amiga está muerta y ella no.

– Son igualitos, ¿verdad?

– Como dos gotas de agua.

– ¿Está documentada la historia?

– Puede documentarse, supongo. Su jefe hace muchos años que la conoce y ella trabaja en la fiscalía del distrito.

– ¿Cuál es la verdadera razón por la que vas a acompañarla al funeral?

Luke arrugó la frente.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que no dispongo de recursos para malgastarlos cuidando de Susannah Vartanian como si fuera un bebé. Además, por lo que parece, es la última persona que espera que lo haga.

– ¿Eso crees? -Luke notó que le subía la presión arterial-. ¿Qué es malgastar recursos?

– Ya me parecía que no lo verías de la misma manera que yo. Mira, yo también lo siento por Susannah, pero…

Luke se esforzó por mantener la compostura. Estaba cansado e irritable. Chase también lo estaba, y ninguno de los dos llevaba bien esa combinación.

– No la cuido como si fuera un bebé. Ahora bien, ¿me preocupa? Sí. Piénsalo un poco. La violaron cuando tenía dieciséis años. Las únicas personas que lo saben están muertas, a excepción de Garth Davis. Se marcha de casa, entra en la universidad. A los veintitrés años vuelven a violarla, en la misma fecha. La estigmatizan y matan a su amiga de una paliza. Ella se siente avergonzada y asustada, y no dice nada. Seis años más tarde aparece la misma marca de su estigma en una medalla de Granville y en las caderas de cinco chicas a quienes él ha matado.

Chase aguzó la vista.

– ¿Y qué?

Luke apretó el puño bajo la mesa.

– Pues que todo está relacionado, mierda. Al hombre que mató a su amiga lo encerraron. Al que la violó a ella la segunda vez no lo han encontrado. ¿Y si se trata de Rocky? ¿Y si Rocky o Granville lo planearon todo? ¿Y si el hombre que cumple condena por matar a su amiga conoce a Rocky? ¿Hace falta que te dibuje un esquema?

Chase se recostó en la silla.

– No. Yo ya lo tengo en mente; sólo quería saber si tú también lo tenías. Ve al funeral. Los periodistas estarán a punto para echar la zarpa después de lo de ayer.

Luke se puso en pie, temblando de furia y molesto con Chase por haberlo tratado como a un principiante.

– Me llevaré el látigo.

Estaba a punto de salir y dar un portazo cuando Chase le hizo detenerse.

– Buen trabajo, Luke.

Él exhaló un suspiro.

– Gracias.

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 9:00 horas

Ashley Csorka levantó la cabeza y aguzó el oído en la oscuridad del hoyo. Se trataba de un pequeño cubículo construido bajo la casa que ni siquiera tenía la altura suficiente para poder ponerse en pie. Era húmedo y frío. «Tengo mucho frío.»

Le gruñía el estómago. Era la hora de desayunar, notaba el olor de la comida procedente de arriba. «Tengo mucha hambre.» Se esforzó por calcular. Llevaba metida en aquel hueco casi doce horas.

La mujer dijo que la dejarían allí unos días. «Dentro de unos días me habré vuelto loca.» Además, había ratas. Ashley las había oído corretear por las paredes durante la noche.

Detestaba las ratas. El pánico empezó a hacer mella; la sensación era inmensa y aterradora. «Tengo que salir de aquí.»

– Claro -dijo en voz alta, y al oírse el pánico disminuyó un poco-. Pero ¿cómo?

Estaban cerca de un río. Si pudiera llegar hasta él, seguro que sería capaz de cruzarlo a nado. A veces se había entrenado en el mar con su equipo de natación, y las corrientes del mar eran más fuertes que la del río. Además, era mejor ahogarse que lo que le esperaba cuando decidieran sacarla del hoyo.