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– Es evidente que sabías lo que le ocurrió a Darcy Williams.

– Es evidente. ¿Qué más?

– Nada.

Excepto que Susannah iba a asistir al funeral de Sheila Cunningham. Y que probablemente había muchas cosas que su topo en el GBI no le había contado.

«Y que tengo miedo.» Habían sucedido demasiadas cosas imprevistas y desagradables. Tenía la sensación de estar navegando en un mar en el que había oculto un iceberg. La colisión era segura e inminente. Bobby detestaba sentir miedo. Charles tenía un sexto sentido para percibir esa sensación.

El hombre se puso en pie y sus labios dibujaron una mueca de desagrado.

– Tengo que marcharme.

– ¿Adónde?

– Hoy entierran a Cunningham -dijo-. Estaría muy feo no asistir. -Se acercó más y su sombra se cernió sobre la silla de Bobby. Aguardó.

A pesar de sus auténticos esfuerzos por no mirar a Charles a los ojos, Bobby acabó por levantar la cabeza y, como siempre, fue incapaz de desviar la mirada. «Te odio, viejo.»

– Me has decepcionado, Bobby. Tienes miedo. Y eso, por encima de todas las cosas, es lo que te convierte en un fracaso.

Bobby quiso protestar, pero de su boca no brotó ni una palabra y Charles rió con amargura.

– El tipo que enviaste a casa de Mansfield no fracasó, Bobby. El personal del hospital tampoco ha fracasado. Tu ayudante no ha fracasado. Aquí la única persona que ha fracasado eres tú. Tú, en esta casucha rancia creyéndote que mueves los hilos. -Su voz se tiñó de desprecio-. Creyéndote la dueña. Pero no lo eres. Aquí estás, en esta silla, escondiéndote del mundo. Y de tus orígenes.

Charles se acercó más.

– Te gustaría ser la dueña, pero no eres más que la sombra de lo que podrías haber llegado a ser. Lo único que te pertenece son unas cuantas casas de putas para camioneros que se pasan el día viajando de un estado a otro. Te vanaglorias de proveer carne de primera calidad, pero no eres más que una alcahueta con pretensiones. Valías mucho más cuando la prostituta eras tú.

A Bobby el corazón le iba a cien por hora. «Di algo. Defiéndete.» Pero de su boca no brotó palabra alguna y Charles hizo una mueca desdeñosa.

– ¿Has descubierto por qué ha vuelto Susannah? No, claro. Tú la dejaste escapar. Permitiste que volviera a Nueva York, que se marchara muy lejos. -Pronunció las últimas dos palabras en tono quejumbroso, mofándose-. Podrías haber ido a Nueva York en cualquier momento y vengarte, pero es evidente que para ti el asunto no merece semejante esfuerzo.

Charles retrocedió y Bobby lo siguió con la mirada, como un pajarillo aguardando a que le caiga siquiera una migaja en la boca. «Te odio, viejo.» Charles se guardó bajo el brazo el estuche de marfil con las piezas de ajedrez.

– No volveré hasta que me demuestres que mereces que te tenga en consideración.

Charles se marchó y dejó a Bobby allí sentada, consumiéndose. Sin embargo, el hombre tenía razón. «Me he aislado demasiado. He perdido el contacto con la realidad.» El remedio estaba claro.

– Tanner. Te necesito. Voy a salir. Necesito que me ayudes a vestirme.

Tanner frunció el entrecejo.

– ¿Le parece una buena idea?

– Sí. Charles tiene razón. Llevo dos días aquí escondida tirando de unos hilos que no paran de romperse. No tengo mucho tiempo. ¿Dónde está el baúl con la ropa vieja?

– ¿Va a ponerse la ropa de su madre? Bobby, se equivoca de medio a medio.

– Claro que no voy a ponerme la ropa de mi madre. Era demasiado baja.

– Y tenía un gusto espantoso.

– Eso también. Mi abuela era más alta. Su ropa sí que me irá bien. ¿Dónde está Rocky?

– Por ahí, lamiéndose las heridas, supongo.

– Búscala. Vendrá conmigo. Pero antes tendrá que mostrarme a todas las chicas que tiene preparadas. Conque una alcahueta con pretensiones, ¿eh? Y una mierda. Charles se tragará esas palabras. Lo que pasa es que he dejado demasiada responsabilidad en manos de Rocky. De ahora en adelante, yo me encargaré de supervisar las nuevas adquisiciones.

Los ojos de Tanner emitieron un destello.

– Yo sé todos los nombres y las contraseñas para acceder a las pantallas.

Bobby pestañeó.

– ¿Cómo es eso?

Tanner se encogió de hombros.

– Soy y siempre seré un ladrón, pero la tecnología no se me da mal. Le he enviado un troyano que copia todos los movimientos de las teclas de su ordenador. Sé cuáles son las relaciones que ha estado cultivando durante los últimos seis meses y dónde viven.

– Eres muy astuto, viejo. Siempre te he subestimado.

– Sí, siempre lo ha hecho. -Pero lo dijo sonriendo.

Bobby se dispuso a subir la escalera. Entonces se detuvo y se volvió a mirarlo.

– ¿Te gustaba más cuando era una prostituta?

– Muchísimo más. Pero ya no sirve para eso, así que adáptese y muévase.

– Tienes razón. Asegúrate de que las chicas tengan puestos los grilletes. ¿A quién le toca hoy la vigilancia?

– Le tocaba a Jessie Hogan, pero… -Tanner se encogió de hombros.

– Pero Beardsley lo mató. Hogan fue muy estúpido al permitir que un prisionero se abalanzara sobre él. Llama a Bill. Si se queja por las horas, dile que le pagaré el doble. -Bobby siempre pagaba muy bien a los vigilantes-. Tenemos que contratar a otro vigilante para cubrir el puesto de Hogan.

– Yo me encargaré de eso. ¿Algo más?

Bobby miró el recibidor.

– Charles dice que esto es una casucha rancia.

– Tiene razón. Siempre hay corriente de aire y no hay un solo electrodoméstico que funcione bien. Los hornillos de la cocina son un desastre. Es imposible preparar una taza de té en condiciones porque el agua nunca llega a hervir.

– Entonces buscaremos otra casa. Tengo dinero suficiente. Y volaremos esta casucha.

Tanner arqueó sus cejas grises con gesto cauteloso.

– He oído que la vieja casa de los Vartanian está desocupada.

Bobby se echó a reír.

– En su debido momento, Tanner. Por ahora, ayúdame a vestirme para asistir al funeral. Y asegúrate de cargar mi pistola.

Charles miró por el retrovisor en cuanto hubo puesto en marcha el vehículo. Tanner habría querido matarlo con la mirada cuando lo acompañó a la puerta, pero Bobby se había confiado demasiado y necesitaba que le propinara aquella patada en el culo. Pensó en todo lo que habían andado juntos desde que se conocieran. Había visto algo en ella, algo que valía la pena trabajar. El pasado que acarreaba Bobby le había puesto las cosas mucho más fáciles. Tenía un instinto, una necesidad de dominio.

En parte Bobby lo había heredado del hombre que la había criado con mano de hierro. Hacía tiempo que había muerto. Había levantado su mano de hierro demasiadas veces contra Bobby y ella había acabado por volverse y matar de una paliza al hombre y a su esposa. Tanner había tenido algo que ver, lo que Charles nunca había podido descubrir era hasta qué punto. Sabía que habían inculpado al anciano y que Bobby le había ayudado a escapar. Desde entonces eran inseparables.

Pero Tanner era viejo, casi tanto como aquella casucha. Bobby necesitaba avanzar. Tenía que hacer honor a sus orígenes, porque la mayor parte de la necesidad de dominio de Bobby era genética. El hecho resultaba más que evidente para cualquiera que se tomara la molestia de observarlo; lo sorprendente es que nadie lo hubiera hecho, «Nadie excepto yo.» Charles a menudo se preguntaba por qué nadie más había visto lo que a él le pareció tan evidente la primera vez que miró los ojos azules de Bobby.

Era tan indeleble como un estigma.

Hablando de estigmas, Charles tenía que reconocer que Susannah lo había sorprendido un poco. Había acudido a la policía y les había contado lo de Darcy Williams. Eso no se lo esperaba. Sin embargo, estaba seguro de que no contaría más que lo estrictamente necesario. Hacía seis años la había llevado a un lugar que ella ni siquiera concebía que pudiera existir. Le había enseñado los niveles de perversión que ella misma era capaz de alcanzar. No una vez, ni dos, sino una tras otra, hasta que a ella le resultó imposible negar que había sido idea suya, hasta que empezó a despreciarse a sí misma por la obsesión en la que había caído y a la que se aferraba con uñas y dientes.