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– En eso Bobby y Susannah son diferentes -musitó. Bobby anhelaba hacer honor a sus orígenes. Susannah los desdeñaba y luchaba por ocultarlos. Y las dos vivían su deseo con igual intensidad.

Los deseos intensos hacían vulnerable a la gente. Él había aprendido la dura lección.

Esa mañana había presionado a Susannah y ella había reaccionado confesando. Pensándolo bien, tendría que haberlo previsto. Después de lo de Darcy se había amparado en su fe. En su fe y en su carrera. Y ambas cosas la habían convencido de que volvía a tener la situación controlada. Sin embargo, Charles sabía que no era así. Pham, su mentor, siempre decía que una vez que se probaba la fruta prohibida, nunca más se olvidaba su sabor. Un sabor de lo más tentador.

Charles podía presionar a Susannah hasta que acabara haciendo lo que él quería. Era un reto.

Ese día lo había hecho con Bobby. Solo tenía que situarse a cierta distancia y ver cómo respondía su mejor alumna. Esperaba sinceramente que se ocupara de Rocky. La elección que había hecho Bobby a la hora de reclutar a un nuevo miembro de la organización le disgustaba más incluso que la de Granville.

Granville decía que Simon Vartanian era muy joven, pero ya a esa edad Charles vio que estaba loco. Entonces el padre de Simon lo dio por muerto. No era cierto, por supuesto. Solo había desaparecido del mapa. Esa era la forma que encontró el juez Arthur Vartanian de neutralizar el impacto que las acciones de Simon podían tener en su carrera. Le dijo a todo el mundo que su hijo había muerto en un accidente de coche. Incluso enterró a un desconocido en lugar de a Simon. Y, ya entonces, en el funeral, Charles se había sentido aliviado. Simon podía resultar útil a veces, pero con el tiempo habría hecho caer a Granville.

En cuanto a Mansfield, Granville había sido muy optimista. Randy Mansfield no era ni la mitad de válido que su padre.

Por lo que respectaba a Rocky, no estaba loca ni era una inútil. Sin embargo, en ella había una blandura, un patetismo que acabaría por resultar una carga. Y ahora conocía sus secretos. «Me ha visto la cara.»

«Si Bobby no la elimina, lo haré yo.»

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 10:15 horas

– Despiértate.

Monica oyó el susurro y se esforzó por obedecer. Consiguió levantar los párpados.

«Puedo volver a mover los ojos.» Movió el brazo, agradecida al notar el tirón de la bolsa intravenosa. «Sigo intubada. No puedo hablar. Pero ya no estoy paralizada.»

Pestañeó y sus ojos enfocaron un rostro. «Una enfermera.» El pánico le desestabilizó el ritmo cardíaco.

– Escúchame -dijo la enfermera con voz ronca, y Monica vio que la mujer tenía los ojos enrojecidos de llorar-. Tienen a tu hermana. Te enseñaré una foto. -Plantó el móvil ante sus ojos y el inestable corazón de Monica se paró de golpe.

«Dios mío. Es cierto.» Era Genie, hecha un ovillo, amordazada y con las manos atadas. Estaba en el maletero de un coche. «Puede que esté muerta. Dios mío.»

– Está viva -aseguró la enfermera-. Pero quieren meterla en el negocio, así que no te equivoques. Yo tenía que matarte, pero fui incapaz de hacerlo. -Sus ojos se arrasaron en lágrimas y ella rápidamente se los enjugó-. Ahora mi hermana está muerta. La han matado de una paliza porque yo no te maté a ti.

Monica, horrorizada, observó cómo la enfermera le inyectaba algo en la bolsa intravenosa y se alejaba.

Capítulo 12

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 11:05 horas

– No puedo hacerlo -protestó Rocky-. Me cogerán.

– Tienes miedo -se burló Bobby.

– Sí -confesó Rocky-. Tengo miedo. ¿Quieres que me plante en medio de la ciudad y le dispare a Susannah Vartanian en pleno cementerio? ¿Delante de todo el mundo?

– Con tanta gente no se sabrá quién ha sido -dijo Bobby-. Cuando hayas disparado, tira la pistola al suelo. Habrá mucha confusión y podrás escaparte.

– Es de locos.

Bobby se quedó callada.

– Creía que confiabas en mí.

– Y confío en ti, pero…

– Todas las veces has demostrado tener miedo -observó Bobby con dureza-. Ayer en la nave. Con la enfermera. Si cada vez tienes que esconderte, no me sirves. -Bobby arqueó las cejas-. Y, Rocky, de mí no se aparta nadie así como así.

– Ya lo sé -dijo Rocky. Si se negaba, moriría allí mismo. «No quiero morir.»

Bobby la estaba observando.

– Tienes miedo. Eres una fracasada. No me sirves.

Rocky se quedó mirando la pistola con la que Bobby le apuntaba.

– ¿Me dispararás? ¿Tal cual?

– Tal cual. Si eso es todo cuanto confías en mí, después de lo que he hecho por ti durante toda la vida… Tendrías que estarme agradecida, y sin embargo no haces más que darme disgustos y más disgustos. Los fracasados no me sirven para nada. Tú no me sirves para nada porque has fracasado demasiadas veces. Esta era tu última oportunidad para demostrarme que valía la pena salvarte. Conservarte.

Bobby permanecía sentada, tranquila y confiada. Rocky, en cambio, tenía ganas de gritar. Su interior era una amalgama de inseguridad y miedo. Si Bobby la echaba, ¿adónde iría? Se quedaría sola.

– ¿Puedo al menos usar una pistola con silenciador?

– No. El silenciador es de cobardes, y tú debes demostrarme que tienes el valor suficiente para ser mi protegida. Si hoy sales airosa, nunca más volverás a tener miedo, y así es como necesito a mi ayudante. Es lo que me hace falta. Así que elige. Vivir y servirme, o encogerte de miedo y morir.

Rocky se quedó mirando la pistola que Bobby empuñaba. Cualquiera de las dos opciones era una mierda. Claro que morir lo era más. Además, estaba hasta la coronilla de tener miedo.

– Dame la pistola. Lo haré. -«Pero cuando dispare no será Susannah Vartanian quien caiga. Caerás tú. Y luego les diré quién eres y lo que has hecho, y me dejarán en libertad.»

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 11:35 horas

– ¿Se ha quedado alguien en casa? -susurró Luke-. Parece que todos los putos habitantes de la ciudad estén aquí.

– Lo están -musitó Susannah. Se encontraba en el cementerio, detrás de la Primera Iglesia Baptista de Dutton, de pie entre Luke y Al. Chase ocupaba un lugar entre la multitud y vigilaba junto con diez agentes de la policía del estado vestidos de paisano.

– ¿Ha visto a alguien que le resulte familiar? -preguntó Luke en voz baja.

– Las mismas caras entre las que me crié. Si quiere que le vaya contando algo, pregúnteme lo que necesite saber.

– Muy bien. ¿Quién es el pastor que se ha encargado del oficio religioso?

– Es el pastor Wertz -respondió ella en voz baja, y Luke agachó la cabeza para oírla mejor. Volvía a oler a cedro, pensó Susannah; había conseguido quitarse de encima el olor del fuego y de la muerte. Tomó aire y se llenó de su aroma antes de volver a concentrarse en el cementerio, el mismo que hacía apenas dos semanas había visitado junto con Daniel-. Wertz siempre ha sido el pastor, desde antes de que yo naciera. Mi padre lo consideraba un tonto. Eso podía querer decir que no se dejaba sobornar o bien que no era lo bastante inteligente para seguirle el juego. Wertz no ha cambiado mucho, solo que antes sus sermones eran mucho más largos. El de hoy no ha durado ni veinte minutos.

– Ya ha dado muchos -observó Al-. Puede que necesite tomarse las cosas con más calma para no gastar todas las energías de golpe.

Susannah pensó en todas las personas que habían muerto a manos de Mack O'Brien.