– Probablemente tengas razón.
– ¿Quién es ese hombre tan bien vestido, el mayor de los que acompañan el féretro? -preguntó Luke.
– Es el congresista Bob Bowie.
– Su hija fue la primera víctima de Mack O'Brien -musitó Luke, y ella asintió.
– A su lado están su esposa, Rose, y su hijo, Michael.
– ¿Y quién es el anciano delgado que hay al lado del hijo?
– El señor Dinwiddie. Es el mayordomo de la familia Bowie; siempre lo ha sido, desde que yo tengo uso de razón. El servicio de la casa de los Bowie reside con ellos; por eso mi madre les tenía celos. Quería que en casa también tuviéramos un mayordomo, pero mi padre no se lo permitió. «Los criados tienen las orejas muy grandes y la lengua muy suelta», decía. Siempre andaba demasiado ocupado haciendo tratos nocturnos para estar pendiente de un mayordomo.
– ¿Hay alguien más que crea que debo saber quién es?
– ¿Ve a esa anciana con el pelo tan hueco? Está tres filas por detrás. Es Angie Delacroix. Seguro que vale la pena hablar con ella de Granville o de cualquier otra persona. Es la dueña del centro de estética y está al corriente de todo lo que ocurre en Dutton; y lo que no sabe ella, lo sabe el trío de la barbería. Por ahí vienen.
Tres ancianos habían permanecido sentados en sendas sillas plegables junto a la tumba. Los tres se habían levantado al unísono y caminaban a través del césped.
– ¿El trío de la barbería? -preguntó Al mientras los ancianos se acercaban-. ¿Y esos quiénes son?
– Son tres ancianos que se pasan todo el día, de nueve a cinco y de lunes a viernes, sentados en el banco de delante de la barbería viendo pasar a la gente. Siempre se toman una hora para comer en el restaurante que hay justo enfrente. En Dutton son toda una institución. Los viejos de la ciudad tienen que esperar a que un miembro del trío muera para ocupar el espacio libre en el banco.
– Ajá -musitó Luke-. Y yo que creía que mi tío abuelo Yanni era raro porque les pintaba los ojos de azul a las estatuas de su jardín ¿Cuál de ellos era el profesor de inglés de Daniel? Ayer nos ayudó a descubrir a Mack O'Brien. Puede que esté dispuesto a proporcionarnos más información.
– Debe de referirse al señor Grant. Es el de la derecha. Los otros son el doctor Temblor y el doctor Sordid. Los tres me ponen los pelos de punta.
– Llamándose Temblor y Sordid no me extraña -bromeo Luke.
– Hacen honor a sus nombres. El doctor Temblor era mi dentista, y a estas alturas aún no soy capaz de oír una fresa sin echarme a temblar. El señor Grant siempre estaba hablando de poetas muertos. Quería que me dedicara al teatro. El doctor Sordid era mi profesor de biología. Era… diferente.
– ¿Qué quiere decir?
– Hacía que en "Todo en un día" Ben Stein pareciera hiperactivo.
– Pues sí que era animado, si -comento Luke con hilaridad en la voz.
– Sí. -Susannah se irguió cuando los tres hombres se detuvieron frente a ella-. Caballeros, permítanme que les presente al agente especial Papadopoulos y al ayudante del fiscal del distrito Al Landers. Estos son el doctor Temblor, el doctor Sordid y el señor Grant.
Los ancianos inclinaron la cabeza con cortesía.
– Señorita Susannah. -El doctor Temblor le tomó la mano-. No tuve la oportunidad de darle el pésame en el funeral de sus padres.
– Gracias, doctor Temblor -respondió ella en voz baja-. Le agradezco el gesto.
El siguiente hombre le dio un breve beso en la mejilla.
– Tienes muy buen aspecto, cariño.
– Usted también, señor Grant.
– Hemos oído lo que le ha sucedido a Daniel -dijo el señor Grant, preocupado-. ¿Va mejor?
– Sigue en cuidados intensivos, pero el pronóstico es excelente.
El señor Grant sacudió la cabeza.
– No puedo creer que hace tan solo veinticuatro horas me regalara un libro de poesía y en cambio ahora… Por suerte, es joven y fuerte. Saldrá adelante.
– Gracias, señor.
El tercer hombre la observaba con atención.
– Se la ve muy pálida, señorita Vartanian.
– Estoy cansada, doctor Sordid. Las últimas semanas he tenido mucho ajetreo.
– ¿Toma vitamina B12? No se habrá olvidado de la importancia de las vitaminas, ¿verdad?
– Nunca podría olvidarme de eso, señor.
El semblante del doctor Sordid se suavizó.
– Lo sentí mucho cuando me enteré de lo de su madre y su padre.
Susannah reprimió el escalofrío.
– Gracias, señor. Muchas gracias.
– Perdone -terció Luke-. Seguro que han oído que el doctor Granville murió ayer.
Los tres pusieron mala cara.
– Es una noticia terrible -comentó el doctor Temblor-. Antes de retirarme tenía la clínica dental al lado de su consultorio. Todos los días hablaba con él. A veces comíamos juntos. Mi hija llevaba allí a sus hijos para que les pusiera las vacunas. No tenía ni idea…
– Fue alumno mío -dijo el señor Grant con tristeza-. Tenía una mente brillante. Iba muy adelantado y se graduó dos años antes de lo que le tocaba. Qué pérdida. Temblor tiene razón; es una noticia terrible. Nos ha dejado a todos conmocionados.
El doctor Sordid parecía desolado.
– Era mi mejor alumno. Nadie asimilaba la biología como Toby Granville. Nadie imaginaba que en él residiera tal maldad. Es increíble.
– Lo comprendo -musitó Luke-. Ustedes tres ven muchas cosas de las que suceden en Dutton.
– Sí -respondió el doctor Temblor-. En el banco siempre hay al menos uno de los tres.
Susannah arqueó las cejas, sorprendida.
– Yo creía que tenían que estar los tres, de nueve a cinco.
– Bueno, no solemos faltar; a menos que se tenga un buen motivo, claro -explicó el señor Grant-. Como yo, que todas las semanas tengo que ir a rehabilitación por la rodilla, o Temblor, que tiene que hacer diálisis, o Sordid, que…
– Ya está bien -le espetó Sordid-. No nos han preguntado todo lo que hacemos, Grant. ¿Tiene alguna pregunta en concreto, agente Papadopoulos?
– Sí, señor -respondió Luke-. La tengo. ¿Han reparado en que el doctor Granville hablara con alguien en especial?
Los tres hombres fruncieron el entrecejo y se miraron.
– ¿Se refiere a una mujer? -preguntó Temblor-. ¿Quiere saber si tenía una aventura?
– No -lo corrigió Luke-. ¿Creen que la tenía?
– No -respondió Sordid-. Suena ridículo decir que era un buen feligrés, pero nunca lo vi comportarse de forma inapropiada. Era el médico de la ciudad y hablaba con todo el mundo.
– O sea que no se relacionaba con nadie en particular por amistad ni por trabajo.
– Que yo sepa, no -respondió el señor Grant-. ¿Temblor? ¿Sordid?
Los tres hombres negaron con la cabeza. Resultaba curiosa su reticencia a hablar mal de un hombre de quien se había descubierto que era un violador, un asesino y un pederasta. Claro que también podía deberse a la desconfianza que en general inspiraban los forasteros, pensó Susannah.
– Gracias -respondió Luke-. Habría preferido que nos conociéramos en otras circunstancias.
Los tres dirigieron a Susannah una adusta mirada y se encaminaron de nuevo a sus sillas plegables.
Susannah exhaló un suspiro.
– Qué interesante. Esperaba que se mostraran fríos con Al porque es del norte, pero no con usted, Luke.
– ¿Ah sí? Entonces me alegro de no haber abierto la boca -dijo Al un poco molesto.
Los labios de Susannah se curvaron ligeramente.
– Lo siento, Al, pero las viejas generaciones no olvidan así como así.
– Es normal que no les hayan gustado mis preguntas -opinó Luke-. Con lo de Granville se ha montado un buen escándalo y la mala fama repercute en toda la ciudad. ¿Quién es esa de la cámara?
– Marianne Woolf. Su marido es el propietario del Dutton Review.
Luke soltó un quedo silbido.
– Daniel dice que en el instituto hicieron una votación y salió elegida la más dispuesta a hacérselo con cualquiera. Ahora lo entiendo. Joder.