Susannah apartó de sí los celos incipientes. Los hombres siempre reaccionaban así ante Marianne. Además, la edad le sentaba muy bien. Susannah se preguntó si no sería la cirugía plástica lo que le sentaba tan bien, pero descartó la idea por considerarla mezquina.
– Marianne debe de ser la encargada de redactar la noticia para el Review -dijo-. Jim Woolf no está, y sus hermanos tampoco. Ayer enterraron a su hermana Lisa.
– Lisa Woolf es otra de las víctimas de O'Brien -le explicó Luke a Al.
Susannah no quería pensar en las víctimas de Mack. Guardaban demasiada relación con Simon, y este guardaba demasiada relación con ella.
– El hombre que hay junto al pastor Wertz es Corey Presto. El señor Presto es el propietario de la pizzería en la que trabajaba Sheila y donde la mataron.
– Conozco a Presto. Estuve en el escenario junto con Daniel después de que le dispararan a Sheila. -Luke estiró el cuello para escrutar la multitud y Susannah volvió a sentir frío-. Dos terceras partes de la gente que hay aquí son periodistas. Yo pensaba que el funeral de sus padres había sido un festín, pero esto es de locos.
Ella vaciló.
– Por cierto, gracias por asistir al funeral de mis padres. Sé que para Daniel significó mucho contar con usted y con su familia.
Él le estrechó el brazo.
– Mi familia es la familia de Daniel. No podíamos permitir que pasara por todo eso solo.
Ella se estremeció, no sabía si a causa del contacto físico o del sentimiento. Miró la multitud y le extrañó ver a una figura que permanecía apartada del resto.
– Qué raro.
Al Landers se puso tenso al instante.
– ¿El qué?
– Ha venido Kate, la hermana de Garth Davis. No esperaba verla aquí, dadas las circunstancias. Me refiero a que Sheila ha muerto por culpa de Garth. Es esa de ahí, la que está sola.
– Tal vez haya venido sólo a dar el pésame -aventuró Al.
– Tal vez -dijo Susannah poco convencida-. Pero es muy raro.
– Chis -les advirtió Luke-. Están a punto de empezar.
La ceremonia fue corta, y triste. Corey Presto, el propietario de la pizzería, permaneció de pie junto al pastor Wertz, llorando en silencio. Susannah no vio a ningún otro familiar ni amigo. De hecho, se preguntaba cuántos de los presentes conocían a Sheila Cunningham.
Dadas las expresiones de extrema curiosidad de casi todos, no muchos. Habían acudido porque Sheila se había convertido en noticia. En los días venideros muchas conversaciones de cafetería girarían en torno a ella.
«Es lo mismo que pasará conmigo cuando mi declaración salga a la luz.»
El pastor Wertz empezó a leer la Biblia con expresión apesadumbrada. Ya había oficiado dos funerales en dos días y le esperaban muchos más.
Susannah pensó en Daniel cuando Corey Presto depositó una rosa sobre el ataúd de Sheila. El día anterior su hermano había estado a punto de morir. Si Alex no hubiera actuado con rapidez, tal vez al cabo de unos días ella se habría visto allí de nuevo, asistiendo al entierro del último miembro de su familia.
«Y me habría quedado igual de sola que Sheila Cunningham.» Más, de hecho, porque por lo menos Sheila tenía a Corey Presto. «Yo no tengo a nadie.» Susannah tragó saliva y se sorprendió al notar que tenía las mejillas húmedas. Avergonzada, se las enjugó rápidamente con los dedos y dio un respingo cuando la mano de Luke le acarició el pelo y se detuvo sobre su espalda, proporcionándole calidez y seguridad. Por un momento sintió la tentación de recostar la cabeza sobre él.
Y por un momento deseó contar con un hombre como Luke Papadopoulos, decente y amable. Pero no tenía ninguna posibilidad, y menos después de lo que le había contado. Él se mostraba amable porque consideraba a Daniel uno más de la familia, y tal vez incluso le pareciera atractiva. Pero estaba claro que a un hombre cuya madre andaba con un rosario en el bolso no podía gustarle… «Una mujer como yo». Y no podía culparlo por ello. «Ni siquiera yo me gusto.»
El pastor Wertz llegó al último «amén» y Susannah se apartó de Luke física y emocionalmente. Al le puso un pañuelo en la mano.
– Se te ha corrido el rímel.
Ella rápidamente volvió a limpiarse la cara.
– ¿Ya no se nota?
Al la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza.
– No. ¿Estás bien?
«No»
– Sí. -Se volvió hacia Luke-. No tiene por qué cuidar de mí. Estoy bien.
Luke no parecía convencido, pero asintió.
– Tengo que regresar. A las dos tengo una reunión. Llámeme si me necesita o si ve a alguien que le resulte familiar. -Miró alrededor-. Quiero hablar con Kate Davis. ¿La ve?
Susannah no la veía.
– Debe de haberse marchado. Puede que le haya resultado muy incómodo estar aquí.
Luke miró a Al.
– Hay policías por todas partes. Grite si es necesario.
Al lo observó marcharse. Luego se volvió hacia Susannah y la miró con expresión divertida.
– Es muy… agradable.
«Demasiado agradable para alguien como yo.»
– Vámonos. Hoy todavía no he pasado a ver a la desconocida.
Acababa de echar a andar cuando una mujer se cruzó en su camino. Era alta, rubia y mostraba una expresión seria.
– Hola -la saludó nerviosa-. Usted es Susannah Vartanian, ¿verdad?
Al la rodeó por el brazo en un gesto protector.
– Sí -respondió Susannah-. ¿La conozco?
– No lo creo. Soy Gretchen French.
La víctima que según Chloe Hathaway pensaba convocar una rueda de prensa. ¿Cómo era posible que lo hubiera descubierto tan pronto?
– ¿Qué puedo hacer por usted, señorita French?
– Hace unos días conocí a su hermano Daniel. He oído que Randy Mansfield le ha disparado.
El nudo que se le había puesto en la garganta desapareció.
– Sí, pero se pondrá bien.
Gretchen sonrió, pero parecía costarle.
– Solo quería que le diera las gracias de mi parte. Tanto él como Talia Scott me hicieron más soportables unos momentos muy difíciles. Es muy amable.
Susannah asintió.
– Se lo diré.
– Ha sido muy amable por su parte venir hoy al funeral de Sheila en lugar de Daniel.
Susannah notó que Al la abrazaba con más fuerza para darle ánimo.
– No es por eso por lo que estoy aquí.
– Entonces, ¿conocía a Sheila?
– No.
«Vamos, dilo. Dilo. Dilo y la segunda vez te costará menos.» Gretchen arrugó la frente.
– Entonces, ¿por qué ha venido?
Susannah respiró hondo.
– Por el mismo motivo que usted. -Soltó el aire en silencio-. A mí también me agredieron.
Gretchen se quedó boquiabierta.
– Pero… Yo… -Se quedó mirándola-. No tenía ni idea.
– Yo tampoco sabía lo de usted, ni lo de las otras. No lo supe hasta que Daniel me lo contó el jueves. Creía que yo era la única.
– Yo también. Dios mío. -Gretchen tomó aire para tranquilizarse-. Todas lo creíamos.
– Hoy le he entregado mi declaración a Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal -explicó Susannah-. Daré testimonio en el juicio.
Gretchen seguía atónita.
– Será difícil.
Difícil. Empezaba a odiar la palabra.
– Será un verdadero infierno para todas.
– Supongo que usted lo sabe mejor que ninguna. He leído que ahora es abogada.
– Ahora -repitió Susannah, y Al volvió a estrecharle el brazo. «Pero puede que deje de serlo.» Al tenía razón al afirmar que la defensa haría hincapié en su condición de víctima. Pero ya se ocuparía de eso cuando llegara el momento; ahora debía estar al lado de las demás-. La señora Hathaway me ha explicado que piensa convocar una rueda de prensa. Si me dice dónde y cuándo será, allí estaré.
– Gracias.
– No me dé las gracias, por favor. Tenga mi tarjeta. Llámeme cuando esté todo organizado.