Él frunció el entrecejo.
– ¿Qué quiere decir?
– Quiero decir que no pienso volver a enseñársela a nadie.
La frente de Luke se arrugó aún más.
– ¿Se refiere a la playa o a una relación?
– A las dos cosas.
Su tono traslucía determinación.
– ¿Por qué?
Ella emitió un sonido que denotaba un gran enojo.
– Es muy entrometido, agente Papadopoulos.
– Luke -dijo él con más aspereza de la que pretendía, y ella volvió a encogerse de hombros, lo cual molestó a Luke-. Antes era amable; ahora soy un entrometido. -Aguardó, pero ella no dijo nada más-. ¿Es todo lo que piensa decir?
– Sí. Es todo.
Él se alegró de notar que el móvil le vibraba en el bolsillo. Estaba a punto de perder la paciencia, y eso era lo último que ninguno de los dos necesitaba.
– Papadopoulos.
– Luke, soy Leigh. Tengo unos cuantos mensajes para ti. ¿Es un mal momento?
«Sí.»
– No, está bien -respondió-. ¿Qué hay?
– El primero es de los Knight. Tenías que encontrarte con ellos a las dos pero no llegarán hasta las tres y media. El segundo es que tengo un posible apellido para Ashley C. Un tal Jacek Csorka, de Panama City, en Florida, ha denunciado la desaparición de su hija. Lleva desaparecida desde el miércoles pasado. No ha cumplido los dieciocho años.
– ¿Me dices el número? Bueno, díselo a Susannah. -Le tendió el móvil y dijo-: ¿Puede anotar el teléfono que le dará Leigh? -Susannah lo hizo y le devolvió el móvil a Luke-. ¿Qué más?
– Ha llamado Alex. Daniel está despierto.
Él respiró aliviado por primera vez en horas.
– Estupendo. ¿Qué hay de la chica?
– Sigue dormida.
– Supongo que no se puede tener todo. ¿Ha llamado alguien para dar información?
– Tenemos cientos de llamadas, pero no hay ninguna que resulte verosímil.
– Gracias, Leigh. Llámame en cuanto la chica se despierte. La chica sigue igual -dijo dirigiéndose a Susannah después de colgar. Ella continuaba con los ojos pegados a la pantalla-. Puede que la chica no aparezca ahí, Susannah.
– Tiene que estar. Ayer preguntó por su madre. Seguro que ella la quiere, y no puedo imaginarme que una madre no haga todo lo posible por encontrar a su hija.
En su voz se apreciaba cierta añoranza, y Luke se preguntó si ella lo notaba. Le rompía el corazón.
– Tengo que hacerle otra pregunta impertinente.
Ella suspiró.
– ¿Cuál es?
– ¿Ha tenido novio alguna vez?
Ella lo miró con severidad.
– No le veo ninguna gracia.
– No pretendía que fuera gracioso. Cuando iba a la universidad, antes de lo de Darcy, ¿tuvo novio?
– No -respondió ella en tono glacial, pero él no se inmutó.
– ¿Y en el instituto, antes de lo de Simon y Granville?
– No -volvió a responder ella; esta vez airada.
– ¿Y después de lo de Darcy?
– No -respondió ella con voz atronadora-. ¿Parará ya? Si esto es lo que tengo que oír para seguir con vida, por mí puede entregarme al malvado de Rocky y terminar de una vez.
– ¿Por qué? -preguntó él, sin hacer caso de su pataleta-. ¿Por qué no ha tenido novio después de lo de Darcy?
– Porque no -soltó, y entonces dejó caer los hombros-. ¿Usted me querría, agente Papadopoulos? -preguntó en tono cansino, y por una vez él no la contradijo-. Pues ya está. Bien sabe Dios que no me lo merezco. Y, lo más importante, ningún hombre decente se lo merece.
– ¿Yo soy decente? -preguntó él en voz baja.
– Me temo que sí, Luke -respondió ella, con tanta tristeza que a él se le partió el alma.
– O sea que siempre estará sola. ¿Es esa la penitencia que se ha impuesto?
– Sí.
Luke sacudió la cabeza, incapaz de aceptarlo.
– Se equivoca, Susannah. Está pagando por una cosa que no hizo. Usted fue la víctima.
– Usted no sabe lo que yo era -dijo con amargura.
– Pues cuéntemelo. Hábleme.
– ¿Por qué?
– Porque necesito saberlo. Quiero ayudarle. -Tomó aire-. Quiero conocerla, joder. -Sus manos aferraron el volante, y empezó a moverlas con nerviosismo-. La primera vez que la vi… deseé… conocerla. -A Luke, que solía ser muy bueno ligando, se le trababa la lengua-. La deseé -concluyó con un hilo de voz.
Ella estuvo un rato sin decir nada.
– Usted no desea a alguien como yo, Luke. Créame.
– ¿Porque una noche se acostó con un tío a quien no había visto nunca? ¿Y qué, joder?
– No fue una vez -susurró, tan bajito que él casi no lo oyó. Entonces tragó saliva-. No quiero seguir hablando con usted, de verdad. La situación ya es bastante difícil. Por favor.
Fue el temblor de desesperación de su voz lo que hizo que él dejara de presionarla.
– Muy bien. ¿Marca el número que le ha dado Leigh?
Ella lo hizo, y Luke habló con el señor Csorka, quien decidió salir inmediatamente de Florida con muestras de ADN de su hija Ashley. Luke esperaba poder identificar con éxito a la primera de las chicas desaparecidas. El señor Csorka llegaría esa misma tarde, a partir de las seis.
Luke repasó mentalmente todos los detalles que conocía del caso y trató de llenar el silencio que se había hecho en el interior del vehículo, pero cada pocos minutos miraba a Susannah deseando saber qué decirle. Al final hizo caso de su petición y dejó de hablarle. Cuando llegaron al hospital de Atlanta tenía la esperanza de que ella dijera algo, pero se limitó a cerrar el portátil y alejarse sin pronunciar palabra.
Luke, sintiéndose triste e impotente, la dejó marchar.
Aparcó con la intención de entrar a ver a Daniel, pero en ese momento volvió a sonarle el móvil.
– Luke, soy Nate. He estado mirando las fotos del ordenador de Mansfield.
Luke sintió una punzada de culpabilidad.
– Lamento haberte dejado solo con eso, Nate. Tengo un poco de tiempo antes de que lleguen los padres de Kasey Knight. Deja que hable un momento con Daniel e iré a ayudarte.
– De hecho ya he encontrado algo -dijo Nate con la voz llena de energía-. Ven ahora mismo.
Capítulo 13
Atlanta,
sábado, 3 de febrero, 13:25 horas
Susannah tenía la intención de ir directamente a ver a la desconocida, pero sus pies aminoraron la marcha cuando pasó por delante de la habitación de Daniel. Estaba despierto y solo, medio incorporado en la cama.
Sus ojos se cruzaron; los de él eran de un azul intenso. Ella no sabía qué hacer ni qué decir. Entonces él le tendió la mano y todos sus sentimientos contenidos se desbordaron. Avanzó con torpeza y le tomó la mano, y él la atrajo cerca de sí. Ella hundió la cara en el hueco de su hombro y se echó a llorar.
Él, un poco violento, le acarició el pelo, y entonces Susannah vio que también estaba llorando.
– Lo siento mucho, Suze -dijo con voz ronca-. No puedo volver atrás. No puedo cambiar lo que hice.
– Yo tampoco.
– Tú no hiciste nada -soltó él con rabia-. Yo debería haberte protegido.
– Y yo debería habértelo contado -musitó ella, y él se calló.
– ¿Por qué no lo hiciste? -susurró Daniel con voz angustiada-. ¿Por qué no me lo dijiste?
– Simon me advirtió que no lo hiciera. Me dijo que no estabas en casa y que… -Se encogió de hombros-. Simon me dijo muchas cosas. Le gustaban los juegos psicológicos.
– Ya lo sé, igual que a papá. -Él suspiró-. Tendría que habérmelo imaginado. Los dos fueron siempre mucho más crueles contigo. Y si yo me interesaba por ti, aún parecían serlo más.
– Por eso te alejaste -musitó ella.
– No debería haberlo hecho.
«Te perdono. Dilo. Dilo.» Sin embargo, las palabras se aferraban a su garganta.
– Ahora ya está hecho, Daniel -dijo al fin-. Lo comprendo. -Fue todo cuanto pudo pronunciar.