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Ella se levantó y desvió la mirada mientras buscaba los pañuelos de papel. Se enjugó el rostro y volvió a sentarse junto a la cama. De repente dio un respingo.

– Joder, las enfermeras se pondrán hechas unos basiliscos.

Él sonrió con debilidad. La bata le había quedado llena de churretes del maquillaje de Susannah y las sábanas estaban manchadas de barro rojizo procedente de su vestido.

– Vas un poco sucia, cariño.

– Me he caído; más o menos. He asistido al funeral de Sheila Cunningham.

Él pestañeó, perplejo.

– ¿Eso has hecho? -preguntó, y ella asintió.

– He conocido a Gretchen French. Me ha dado recuerdos para ti y me ha dicho que te está muy agradecida. -Encogió un hombro-. No me extrañaría que se pasara por aquí cuando la dejen salir de urgencias.

Él abrió los ojos como platos.

– ¿Gretchen está en urgencias?

Ella le explicó lo que había ocurrido y él se quedó atónito.

– Dios mío. Kate Davis nos ayudó a descubrir a Mack O'Brien. Nos dijo que la esposa de Garth se había marchado con los niños porque temía por su vida. Creíamos que, con Mack y los demás muertos, estaba a salvo, pero…

– Supongo que discrepaba de nosotros en la acusación de Garth. Daniel, necesito contarte cosas y es preciso que me escuches. Ayer te dije que no sabías lo que yo era.

– Lo sé. No lo entendí, y sigo sin entenderlo.

– Voy a explicártelo y si luego quieres que me marche, lo haré. Hoy, junto a la tumba de Sheila, me he dado cuenta de que ayer podrías haber muerto y de que entonces me habría quedado sola. No quiero estar sola.

– No te dejaré nunca más -dijo él con voz áspera.

Una de las comisuras de los labios de Susannah se curvó con tristeza.

– Bueno, a ver qué te parece la historia. Luke te lo habría acabado contando en algún momento, pero prefiero que lo sepas por mí.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 13:25 horas

Luke encontró a Nate Dyer en el Cuarto Oscuro, el lugar donde visionaban el horrible material que habría escandalizado a cualquier persona decente. «¿Yo soy decente?», se oyó preguntarle a Susannah.

«Me temo que sí, Luke.» Y ella creía que no lo era porque se había acostado con un hombre a quien no conocía. O con más. Él hizo que confesara, al menos para que oyera a una «persona decente» decirle que no era un caso perdido. Que merecía que la quisieran.

No obstante, Susannah tendría que esperar. Daba igual que hubiera intentado posponer el momento. Luke supo que tendría que volver al Cuarto Oscuro en cuanto reconoció el rostro de Angel el día anterior.

El Cuarto Oscuro no tenía ventanas, solo una puerta. Allí solo admitían a los que tenían la necesidad de ver o saber algo. Luke introdujo el código con deseos de haberlo olvidado. Había pasado demasiadas horas en ese lugar. «Y una parte de tu ser va muriendo poco a poco.»

Sí. Luke cobró ánimo y empujó la puerta.

– Hola, Nate.

Nate lo miró sin sonreír.

– Será mejor que te sientes antes de ver esto.

Luke le hizo caso y se preparó para las náuseas que le entraban cada vez que abría una página web o visionaba una colección de imágenes obscenas. A pesar de la preparación, aquello nunca le resultaba fácil.

– Muy bien. Estoy preparado.

– Solo he empezado a visionar el material del ordenador de Mansfield -dijo Nate-. El tío tenía cinco discos duros externos, Papa. Y cada uno tiene quinientos gigas.

– Eso son cientos de miles de fotos -musitó Luke.

– Estaremos liados con esto meses enteros. Los técnicos informáticos han hecho copias de seguridad de todos los discos y yo las he recogido hace unas horas. Mansfield tiene la información muy bien ordenada. Muchas carpetas tienen nombres largos. Una se titula «Carne americana joven de primera calidad». Dentro había esto.

Luke se sentó frente al ordenador de Nate y fue bajando el cursor por las imágenes. En todas aparecían chicas en posturas provocativas. Todas estaban desnudas y sostenían con una mano la bandera estadounidense y con la otra un símbolo del estado del cual procedían.

Junto a todas las fotografías aparecía un nombre y una descripción, además de un «mensaje personal» de la chica. «Hola, soy Amy -leyó Luke-. Nací y me crié en Idaho.» Amy sostenía una patata que algún cabrón morboso había retocado para que parecieran unos genitales masculinos. Estaba Jasmine, del soleado estado de California; Tawny, de Wisconsin. Todas las chicas esbozaban una seductora sonrisa, y Luke se preguntó qué motivo podría haberlas forzado a sonreír así.

– Al final aparece una lista de precios -dijo Nate.

– Es un catálogo -observó Luke en tono inexpresivo.

– Exacto. Y el logo de la empresa es la esvástica con las puntas terminadas en ángulo.

– Compre carne americana -dijo Luke-. Tenía la sensación de que nos las veíamos con un grupo racista.

– Mira en la página veinticuatro.

Luke lo hizo.

– Es Angel. -Pero allí la llamaban Gabriela.

– Y en la página cincuenta y dos.

A Luke se le disparó el pulso.

– Es la chica desconocida. La llaman Cariño. Yo la llamé así anoche; por eso se puso tan nerviosa. ¿Hay otras ediciones? ¿Anteriores?

– Sí, dos más. Parece que lanzan un catálogo nuevo cada trimestre, y este tiene fecha de hace dos meses. Luke, más adelante aparecen las dos chicas que estaban con Angel en la página web que clausuramos hace ocho meses.

– Les perdimos la pista; no pudimos encontrarlas más en internet.

Nate señaló la pantalla.

– Ahora ya sabemos adónde fueron a parar.

– O sea que o Mansfield tenía algo que ver personalmente con esta página o bien sabía quién la gestionaba. ¿De qué otra forma si no pudo llevarse a las tres chicas?

– No lo sé. Ahora vendrán George y Ernie para que yo pueda dormir un poco. Tal vez ellos encuentren algo que nos lleve hasta el depravado que gestiona esta página. Daría cualquier cosa por echarle el guante. -Nate observó el rostro de Luke-. Tú pareces tan cansado como yo. Vete a dormir un rato.

– No. Me queda una hora antes de encontrarme con los padres de Kasey Knight. Dame uno de esos discos. -Se sentó frente al ordenador y cerró los ojos para prepararse mentalmente.

– ¿Necesitas algo? ¿Quieres un poco de comida? -preguntó Nate, y Luke cayó en la cuenta de que no había comido nada des hacía casi doce horas, cuando su hermano Leo le preparó los huevos.

– Sí. Me he olvidado de comer.

– Siempre te olvidas -dijo Nate, y le dio una fiambrera de la pequeña nevera-. Musaka.

Luke pestañeó.

– ¿Cómo…?

Nate sonrió.

– Tu madre pasó ayer por el despacho a traer comida. Le preocupaba que no comiéramos bien porque tú estabas ocupado ayudando con el caso de Daniel Vartanian.

Luke se enterneció.

«Te quiero, mamá.»

– Mi madre es muy buena mujer.

– Y mejor cocinera. Come, Papa. Luego busca. Tú tienes mejor vista que yo.

Luke, armado con la musaka de su madre, se sentó dispuesto a visionar las imágenes de que estaban hechas sus pesadillas. Buscó en el directorio algún nombre que le dijera algo especial. Algunas carpetas tenían titulares más explícitos que otros. «Látigos y cadenas», «"No" quiere decir "Sí"», «Los chicos siempre serán chicos». Luke se hacía una idea bastante concreta de lo que encontraría en esas carpetas. Entonces sus ojos se paralizaron ante uno de los nombres.

«Arvejilla, imbécil.» Abrió el archivo y el corazón se le subió a la garganta de un brinco y le produjo asfixia. Poco a poco, aparto hacia un lado la fiambrera con la comida.

– Dios mío Nate, ven aquí.

Nate se asomo por encima de su hombro.

– Las fotos son de una calidad horrible.

Se veían granuladas, borrosas y descentradas.