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– Mansfield debió de tomarlas con un móvil o con una cámara oculta. Mira, es Granville, con una chica.

– ¿Qué hace? -Nate se acerco más, y luego ahogó un grito-. Ah, joder, Papa.

– Puto cabrón. -Luke bajó el cursor, cada una de las fotografías era más obscena que la anterior. Granville había torturado a las chicas hasta límites incalificables. Y de alguna forma Mansfield lo había fotografiado todo.

– ¿Qué quiere decir «Arvejilla, imbécil»? -preguntó Nate, y acercó una silla.

– Sabes lo del club de los violadores, ¿verdad?

– Sí. Violaron a chicas hace trece años. Simon, el hermano de Daniel, era el cabecilla.

– No exactamente -lo corrigió Luke-. Creemos que el grupo lo dirigía Granville y que Simon le ayudaba. Daniel habló con la viuda de uno de los miembros del club y ella le explicó que todos tenían un mote. El de Mansfield era Arvejilla.

– ¿Y a qué viene lo de «imbécil»?

– No lo sé. Incendiaron la casa y le dispararon a Daniel antes de que pudiera darme más información. Iré a verlo y lo descubriré, pero me huelo que Mansfield debió de tomar las fotos para protegerse, por si en algún momento tenía que mantener a Granville a raya.

Luke siguió bajando por las fotos. De repente paró, y estuvo a punto de devolver lo poco que había comido. Era Angel. Entre todas las viles obscenidades de que Luke había sido testigo, aquellas bien podían ser las peores.

– Hostia, Nate.

Nate cerró los ojos.

– Mierda. -Tragó saliva y apretó los labios-. Mierda.

– Se nos ha escapado algo, Nate -observó Luke, con tanta debilidad en la voz como sentía en su interior-. Nosotros no conseguimos dar con los cabrones que gestionaban la página web, pero está claro que Granville y Mansfield sí. Por eso las tres chicas desaparecieron de la faz de la tierra en un abrir y cerrar de ojos. Granville las tenía aquí. Les estaba haciendo todo eso. ¿Cómo se las arreglaron?

– No lo sé, pero si la respuesta está en uno de esos cinco discos, la encontraremos.

Cinco discos. Dos mil quinientos gigas. Cien mil fotografías.

– Joder.

– Lo descubriremos, Luke.

– ¿Pero a tiempo de salvar a las cinco chicas que el cómplice de Granville ha hecho desaparecer? -preguntó Luke con amargura-. Llevamos veinte horas con esto y no hemos conseguido encajar ninguna pieza. Tenemos un juez desaparecido y estigmas en forma de esvástica. Tenemos un nombre, Rocky, al que no encontramos el puto sentido. Tenemos un homicidio cometido hace seis años en Nueva York y varias violaciones consumadas hace trece años, y sabemos que guardan alguna relación. Y también tenemos a una chica que no sé cuándo va a despertarse y a contarnos qué ha pasado. -Apartó la mirada. Estaba a fracciones de segundo de estallar.

Junto a él, Nate exhaló un cauteloso suspiro.

– Y tenemos a una víctima llamada Angel que murió y a quien deberíamos haber salvado -concluyó con un hilo de voz.

Luke notó que un sollozo ascendía por su garganta y, horrorizado, trató de contenerlo.

– Joder, Nate -exclamó con la voz ahogada-. Mira qué le hizo. Qué les hizo a todas.

Nate le estrechó el hombro con fuerza.

– No te preocupes -musitó-. No es la primera vez que alguno de nosotros pierde el control delante de esto. Por eso la sala está insonorizada.

Luke negó con la cabeza, y luchó por recobrar poco a poco la serenidad.

– Estoy bien.

– No, no estás bien.

– De acuerdo, no estoy bien. Pero haré lo que tengo que hacer. -Miró el reloj-. Aún me da tiempo de ir a ver a Daniel antes de que lleguen los Knight para identificar a su hija. Puede que él sepa algo más.

– Necesitas dormir, Luke.

– Ahora no. No puedo cerrar los ojos. Se me aparecería esto.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 14:30 horas

– Hola, Susannah.

Susannah, sentada en una silla junto a la desconocida, se volvió y se sorprendió de ver a la señora Papadopoulos con una gran bolsa de papel en cada mano.

– Mamá Papa. Hola.

– He pensado que la encontraría aquí, con esa chica.

Susannah sonrió.

– Yo pensaba que ya se habría olvidado de la chica.

Sus oscuros ojos emitieron un centelleo.

– Nunca hago ruido cuando me marcho. Le he traído esto para empezar. Luka le contó a mi hija Demi lo que mi nieta le había comprado. A Demi no le gustó.

– Fue muy amable -dijo Susannah, pero la madre de Luke negó con la cabeza.

– Esta mañana le he pedido a la más joven de mis hijas, Mitra, que saliera a comprarle ropa apropiada. -Le tendió las bolsas-. Si le gusta, se lo queda. Si no, Mitra lo devolverá.

Susannah miró dentro de las bolsas y sonrió.

– Todo es muy bonito. Y, ciertamente, es más apropiado.

– Además, todo estaba de rebajas. -Mamá Papa entornó los ojos-. Ha estado llorando.

– He ido a un funeral. Siempre me hacen llorar. -Era mentira, pero Susannah tenía que conservar de algún modo la dignidad-. Venga, le presentaré a la señorita M.

La madre de Luke cubrió la mano de la chica con la suya.

– Me alegro de conocerla, señorita M -dijo en voz baja-. Espero que se despierte pronto. -Luego se agachó y estampó un beso en la frente de la chica, y Susannah notó que de nuevo sus ojos se arrasaban en lágrimas. Nadie había hecho nunca eso por ella. La madre de Luke se volvió hacia Susannah y la examinó con sus perspicaces ojos negros-. Venga, cámbiese ese vestido tan sucio. Se sentirá mejor.

– De acuerdo. -Susannah apartó el pelo del rostro de la chica-. Enseguida vuelvo.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 14:45 horas

No estaba muerta. Monica no podía moverse, pero no estaba muerta. «Lo que la enfermera me ha puesto antes ha dejado de hacer efecto. Esta vez también dejará de hacer efecto. Tranquila. Dejará de hacer efecto.»

«Y cuando se me pase ¿qué haré? ¿Se lo diré a la policía? Si lo cuento, venderán a Genie.»

«Si no lo cuento, puede que también lo hagan. No le dejaran marcharse. Tengo que contarlo.»

Por lo menos Susannah había regresado después de cambiarse de ropa y había vuelto a sentarse en la silla, junto a su cama. No obstante, allí había algo muy extraño. «Siempre me hacen llorar», había dicho Susannah, refiriéndose a los funerales, a aquella mujer, la que le había llevado la ropa. «La que me ha besado en la frente.»

«¿De quién era el funeral?» No era posible que hubieran enterrado a las otras chicas tan deprisa. Las habían matado el día anterior. «¿Quién ha muerto?» Susannah se había marchado con la mujer y había regresado sola al cabo de unos minutos. Estaba muy callada. Se la veía abatida; muy triste.

Monica se puso tensa. Allí había alguien más.

– ¿Cómo está? -preguntó un hombre.

Era el agente, el de los ojos negros. Luke. Parecía molesto. Enfadado.

– Esta mañana ha estado un rato despierta -respondió Susannah-. Pero ha vuelto a dormirse. Supongo que es la única forma que tiene de evitar momentáneamente el dolor.

Monica le oyó arrastrar una silla y notó el calor de su cuerpo.

– ¿Ha dicho algo mientras estaba despierta?

– Yo no estaba.

– ¿Y ayer? ¿Dijo algo?

– No. Solo me miró como si fuera Dios, o algo parecido.

– Usted la sacó del barranco.

– Yo no hice nada -repuso Susannah, y Luke suspiró.

– Susannah, esto no es culpa suya.

– No estoy de acuerdo.

– Cuéntemelo -dijo, frustrado. Igual de frustrado que antes.

– ¿Por qué?

– Porque… Porque quiero saberlo.

– ¿Qué es lo que quiere saber, agente Papadopoulos? -La voz de Susannah había adquirido frialdad.

– Por qué cree que esto es culpa suya.

– Porque lo sabía -dijo ella en tono inexpresivo-. Lo sabía y no dije nada.

– ¿Qué es lo que sabía? -preguntó él con voz tranquilizadora.