Выбрать главу

– Sentí algo por ella en el momento en que la vi en el funeral de tus padres, pero no es lo que piensas.

– ¿No es un pasatiempo? -preguntó Daniel, muy serio.

– No. Ha soportado demasiadas cosas.

Daniel tragó saliva.

– Ya lo sé. Me lo ha contado.

Luke abrió los ojos como platos.

– ¿Cuándo?

Daniel señaló la mancha marrón de su bata.

– Antes de que tú llegaras. Me ha contado lo de su amiga Darcy y todo lo demás.

«No, amigo. -pensó Luke con tristeza-. Todo no.» Seguro que Susannah no le había contado a Daniel que Simon le había agredido.

– Es una mujer fuerte, Daniel.

– Nadie lo es tanto como ella. De todas formas, sé que hay más. Más cosas que no me ha contado. -Entornó los ojos-. Ya sabes.

– Se encuentra a salvo. Por el momento, es todo cuanto puedo decirte.

– ¿Porque no sabes más o porque no quieres contármelo?

Luke se puso en pie.

– No me presiones, Daniel, por favor. Solo quiero que sepas que la estoy protegiendo.

– Gracias. -Su mirada se desvió y sus labios esbozaron una sonrisa-. Mamá Papa. Ha venido.

La madre de Luke entró con los brazos abiertos.

– Le he oído decir a la enfermera que estabas despierto. -Miró a Luke y arqueó una ceja-. Hay quien no le cuenta nada a su madre.

Daniel cerró los ojos cuando mamá Papa lo abrazó, y su semblante adquirió la expresión de un hombre que se siente abrigado por primera vez tras meses enteros de invierno. Luke recordó la añoranza que traslucía la voz de Susannah cuando insistió en que la madre de la chica desconocida debía de quererla, y se le encogió el alma.

– ¿Ha venido sola en coche, mamá Papa? -preguntó Daniel fingiendo reñirle.

– No. -Mamá Papa se sentó en la silla y depositó el gran bolso sobre su regazo-. Me ha acompañado Leo. -Miró a Luke con mala cara-. Tenías la nevera hecha una porquería, Luka.

Luke hizo una mueca. Era obvio que Leo había avisado a las Fuerzas Especiales para que limpiaran la cocina.

– Ya lo sé. ¿La has limpiado tú?

– Sí. Y te la he llenado de comida. -Su mala cara dejó paso a una expresión pícara-. Así, si tienes visitas, no te considerarán un cerdo.

La sonrisa de Luke se desvaneció. Sabía lo que insinuaba su madre y también sabía que eso no llegaría a ocurrir.

– Gracias, mamá. -La besó en la coronilla-. Te veré luego.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 15:30 horas

– Detesto que los padres de esa chica tengan que verla así -dijo Felicity con rabia.

Luke se esforzó por mirar el grotesco rostro de la demacrada Kasey Knight. Tenía los pómulos tan salidos que casi le atravesaban la piel. En medio de la frente se veía un agujero de bala.

– Han insistido. Lleva dos años desaparecida. Necesitan pasar página.

– Entonces terminemos cuanto antes -le espetó ella, pero él no se lo tomó mal porque vio el brillo de las lágrimas incipientes en sus ojos-. Trae a los padres.

Cuando llegó al vestíbulo, los padres se pusieron en pie de un respingo.

– Hemos estado dos años esperando, temiendo esta llamada. -Al señor Knight le costaba tragar saliva y asió la mano de su esposa-. Necesitamos saber qué le ha ocurrido a nuestra hija.

La señora Knight estaba tan pálida que daba miedo.

– Por favor -susurró-, llévenos a verla.

– Es por aquí. -Luke los guió hasta la sala de reconocimiento. Estaba decorada con colores cálidos y cómodos muebles, detalles con los que se pretendía aliviar el suplicio de los apenados familiares de las víctimas-. ¿Necesita un médico su esposa? -susurró al ver que la señora Knight se hundía en el sofá y le temblaba todo el cuerpo. Daba la impresión de que se iba a desmayar de un momento a otro.

El señor Knight negó con la cabeza.

– No -dijo con voz ronca-. Sólo necesitamos que esto termine.

Luke quiso prepararlos, pero sabía que no había preparación posible para la terrible experiencia que estaban a punto de atravesar.

– Esta chica no se parece en nada a la fotografía de Kasey que le entregaron a la policía.

– Era de hace dos años, los jóvenes cambian.

– Es… más que eso. Pesa menos de cuarenta kilos, pero mide un metro setenta y tres, lo mismo que medía su hija cuando desapareció.

La señora Knight se puso tensa.

– Kasey pesaba cincuenta y dos kilos.

– Ya lo sé, señora -respondió Luke con amabilidad, y vio que la mujer lo comprendía.

Al señor Knight se le oyó tragar saliva.

– ¿La han agredido sexualmente? -preguntó el señor Knight, y su voz se quebró.

– Sí. -«Muchas veces.» Pero Luke no lo dijo en voz alta. Los padres ya tenían que soportar bastante dolor.

– Agente Papadopoulos -dijo el señor Knight con su voz ronca-. ¿Qué le han hecho a mi niña?

«Cosas atroces, innombrables.» Pero Luke tampoco dijo eso en voz alta.

– Han expresado su voluntad de verle la cara y la forense se lo permitirá, pero, por favor, céntrense en otras partes de su cuerpo. Las manos, los pies, cualquier marca de nacimiento o cicatriz que recuerden. -Luke sabía que la espera sólo estaba sirviendo para empeorar las cosas, por lo que apretó el botón del intercomunicador-. Estamos preparados, doctora Berg.

Desde el otro lado del cristal, Felicity abrió las cortinas. El señor Knight tenía los ojos cerrados con fuerza.

– Señor Knight -dijo Luke con voz suave-, cuando quiera, nosotros estamos preparados.

Con los dientes apretados, el hombre abrió los ojos, y el grito ahogado que brotó de su garganta le partió el corazón a Luke. Felicity había cubierto el torso de la chica con una sábana más pequeña para permitir que la víctima conservara toda la dignidad posible. Y para evitar a los padres todo el dolor posible.

– Oh, Kasey -musitó Knight-. Niña, ¿por qué no nos hiciste caso?

– ¿Cómo sabe que es su hija, señor?

Knight casi no podía ni respirar.

– Tiene una cicatriz en la rodilla de una vez que se cayó de la bicicleta. Y tiene el tercer dedo del pie más largo que los demás. Y en el pie izquierdo tiene un lunar.

Luke asintió y Felicity corrió las cortinas. El señor Knight se arrodilló delante de su esposa y la miró a los ojos. Por las mejillas de ella rodaban lágrimas.

– Es Kasey. -Pronunció las palabras con un gemido, y la mujer se inclinó hacia delante y lo rodeó con los brazos. Su silencioso llanto se transformó en sollozos y se dejó caer del sofá para arrodillarse al lado de su esposo. A los sollozos de ella se unieron los de él, y se mecieron abrazados el uno con el otro, juntos en su dolor.

– Los espero en el vestíbulo -dijo Luke con torpeza. Los Knight le recordaban a sus padres. Llevaban casados casi cuarenta años; se habían convertido en un baluarte el uno para el otro, capaces de resistir las crisis que se cruzaran en su camino. Luke los quería con locura, y al mismo tiempo los envidiaba. Ahora, al oír los ahogados gritos de dolor procedentes de la sala de reconocimiento, Luke se compadeció de los Knight, pero al mismo tiempo los envidiaba. Él no había encontrado en el mundo una mujer en quien confiara lo suficiente para mostrarse ante ella en un estado así, sin barreras, con el alma desnuda. Nunca había conocido a una mujer que creyera que podía entenderlo.

Hasta que había conocido a Susannah. «Pero ella no quiere estar con nadie.» No; eso no era cierto. Lo que ocurría era que no confiaba en nadie. No; eso tampoco era cierto. Ese día había confiado en él, había acudido en su busca cuando estaba asustada. Se había apoyado en él en el cementerio.

Susannah no confiaba en sí misma. Oyó los sollozos tras de sí y pensó en las manchas marrones de la bata de Daniel. «Son del maquillaje de Susannah.» Era una buena señal.

Los sollozos cesaron y la puerta se abrió, y el señor Knight se aclaró la garganta.