– Ya estamos en condiciones de hablar con usted, agente Papadopoulos.
La señora Knight levantó la cabeza, tenía el semblante transfigurado.
– ¿Han cogido al hombre que ha hecho eso?
– No a todos.
Los Knight se estremecieron.
– ¿Hay más de uno? -preguntó el señor Knight, horrorizado.
Luke pensó en las fotografías del archivo llamado «Arvejilla».
– Conocemos la identidad de dos. Ambos están muertos.
– ¿Han sufrido? -Preguntó la señora Knight con los dientes apretados.
– No lo suficiente -respondió Luke-. Seguimos buscando al tercero.
– ¿Hay muchos agentes encargados de este caso? -quiso saber Knight.
– Más de una docena, sin contar al personal encargado de responder las llamadas telefónicas de toda la gente que quiere dar información. Ahora, si no les importa, me gustaría hacerles unas preguntas.
Los Knight se irguieron en sus asientos.
– Claro -respondió el señor Knight-. Estamos listos.
– ¿Se relacionaba Kasey con alguien que les preocupara? Chicos, compañeros de colegio…
La señora Knight suspiró.
– En su momento la policía nos preguntó lo mismo. Había un grupo de chicas que eran amigas suyas desde cuarto curso. La noche en que desapareció había ido a una fiesta de pijamas. Las chicas explicaron que se habían acostado y que cuando se levantaron ella ya no estaba.
– A la policía le pareció raro -prosiguió el señor Knight con aire cansino-. Pero no consiguieron que ninguna de las chicas contara qué ocurrió.
– Dígame sus nombres.
– ¿Quiere hacerles hablar? -preguntó la señora Knight con voz cada vez más débil.
– Pienso hablar con ellas -dijo Luke-. Aquí tienen mi tarjeta. Si tienen preguntas, no duden en llamarme. Y yo les llamaré a ustedes en cuanto disponga de más información.
El señor Knight se puso en pie. Estaba demacrado.
– Queremos darle las gracias. Por lo menos ahora podremos enterrar a nuestra hija.
Ayudó a su esposa a ponerse en pie y la mujer se apoyó en él.
– Necesitamos confirmar la identidad. ¿Han traído los artículos que les pedí?
La señora Knight asintió, temblorosa.
– Las cosas de Kasey están en el coche.
– Entonces los acompañaré.
Luke lo hizo y esperó a que el señor Knight abriera el maletero.
– Sé que no sirve de nada que se lo diga, pero lo siento muchísimo.
– Sí que sirve -musitó la señora Knight-. Usted se preocupa. Lo encontrará. Encontrará al hombre que le ha hecho eso a nuestra Kasey; el que aún está en libertad. ¿Verdad? -añadió con brusquedad.
– Sí.
Luke introdujo las pertenencias de la hija del matrimonio en la caja de zapatos que sostenía y los observó marcharse. Pensó en los cuatro cadáveres sin identificar que había en el depósito, en las cinco chicas a quienes aún no habían encontrado y en la desconocida que yacía en la cama del hospital.
«Tengo que encontrarlo.»
Capítulo 14
Dutton,
sábado, 3 de febrero, 15:45 horas
Charles se quedó mirando el teléfono cuando este sonó por décima vez en una hora. Asquerosos periodistas. Todos querían una nueva versión de los disparos dirigidos a Kate Davis y Gretchen French. Como si él pensara decirles una sola palabra. No.
Esa llamada, sin embargo, sí que la contestaría, pensó al ver la pantalla de identificación de llamada.
– Paul. ¿Dónde estás?
– En Raleigh. Bobby ha perdido el control. He creído que debía saberlo.
En la voz de Paul se apreciaba cierta reticencia.
– ¿Qué hay en Raleigh? -preguntó Charles.
– El padre de la chica que se escapó de la nave. Rocky raptó a su hermana y lo preparó todo para que diera la impresión de que la chica había venido aquí, con su padre.
– O sea que Bobby está solventando los errores de Rocky. Eso es una muestra de responsabilidad.
– Eso es una muestra de que ha perdido el control -le espetó Paul-. El doctor Cassidy no tenía que morir.
– Me acercaré a Ridgefield y tendré una breve conversación con Bobby.
– Muy bien, porque yo estoy muy harto de tener que ir a por su «mejor alumno». Bobby cree que lo hago por dinero. He estado en un tris de soltar que yo sólo trabajo para usted, que todo esto es cosa suya y que le hago de chico de los recados porque usted me lo ha pedido. Estoy cansado de esto, Charles; lo digo en serio.
Paul siempre se volvía insidioso cuando estaba cansado, desde muy niño.
– Tú no eres mi alumno, Paul. Eres mi brazo derecho, así que relájate. Busca un hotel y duerme la siesta. Avísame cuando estés de vuelta en Atlanta.
– Muy bien. Pero devuelva a Bobby al redil. ¿Lo hará?
– Ya lo creo. -Hizo una pausa llena de intención-. Gracias.
Paul suspiró.
– De nada, señor. Siento haberle hablado en ese tono.
– Disculpas aceptadas. Descansa un poco. -Charles colgó. Estaba furioso por partida doble. Primero, Bobby había fallado al disparar a Susannah Vartanian, desde tan solo seis metros. «Y ahora malgasta recursos como Paul. Ya te enseñaré yo.» Había llegado el momento de reciclarse.
Atlanta,
sábado, 3 de febrero, 16:00 horas
Monica tenía un párpado levantado. Era una sensación muy extraña la de ver el techo con un solo ojo. Entró la enfermera y Monica tuvo ganas de gritar.
Llevaba otra jeringuilla en la mano. Ya no tenía los ojos hinchados ni enrojecidos. Aun así, se la veía tensa. Le cerró el párpado.
– No voy a matarte -susurró junto a su oído-. Pero no puedo permitir que le cuentes nada de todo esto a la policía hasta que mi hijo esté fuera de peligro. Esta debería ser la última. -Monica notó la calidez del cuerpo de la enfermera cuando esta volvió a agacharse para susurrarle al oído-: Cuando se te pase el efecto, habré desaparecido. No te fíes de nadie; créeme. En este hospital hay otra persona que trabaja para los que te han agredido. Ayer quisieron matar a uno de los que se escaparon de la nave. El hombre.
Beardsley. Él las había ayudado a escapar de la nave. Bailey se lo había explicado mientras andaban por el bosque. Monica había oído a las enfermeras hablar por la mañana. Durante la noche habían tenido que llevárselo a cuidados intensivos, pero estuvo de suerte. Lo habían salvado y habían vuelto a trasladarlo a planta. Y le habían puesto vigilancia.
– En cuanto salgas de cuidados intensivos quedarás a su merced -prosiguió la enfermera-. Yo he tratado de mantenerte con vida todo el tiempo que he podido, pero mi hijo corre peligro. Lo siento; no puedo ayudarte más. Diría que puedes confiar en Susannah y en la enfermera Ella. Ahora tengo que marcharme.
Raleigh, carolina del Norte,
sábado, 3 de febrero, 16:15 horas
El agente especial Harry Grimes miró con cariño la oficina de la Agencia de Investigación de Carolina del Norte, en Raleigh. El año anterior lo habían trasladado a Charlotte y echaba de menos a los compañeros; en especial a su jefe, que tantas cosas le había enseñado.
Su antiguo jefe ocupaba un nuevo escritorio, ya que hacía poco que lo habían promocionado y ahora era el agente especial al cargo de la oficina. Harry llamó a la puerta y una sonrisa iluminó de inmediato el rostro de Steven Thatcher.
– Harry Grimes. ¿Cómo estás, joder? Entra, entra.
– Espero no interrumpir -dijo Harry mientras Steven rodeaba el escritorio y extendía la mano en señal de bienvenida.
– No, no. -Steven hizo una mueca-. Sólo es papeleo.
– Venía con el escritorio nuevo, ¿no?
– Sí. Pero ahora vuelvo a casa más temprano y Jenna está contenta, sobre todo porque estamos esperando otro bebé. -Steven señaló una silla-. ¿Qué tal por Charlotte?
Harry se sentó.
– Bien. No es como esto, pero se está bien.