Todos sonrieron, aunque con tristeza.
– He investigado las tarjetas de crédito de la señora Davis -prosiguió Pete-. Ha efectuado movimientos en todos los lugares desde los que ha llamado. He avisado a la policía local de las ciudades en las que ha parado y me mandarán las grabaciones de seguridad de los establecimientos en los que ha utilizado las tarjetas. Al menos podemos tratar de descubrir si ha cambiado de vehículo. Quienquiera que tenga el teléfono de Kate debe de haberle dicho que Kate ha muerto. Me temo que eso aún hará que se esconda más.
– Puede que la peluquera sepa con quién más tiene contacto -apuntó Chase-. ¿Nancy?
– Llevo todo el día buscando a Chili Pepper, el incendiario -dijo Nancy-. Sus padres dicen que llevan años sin verlo porque es un inútil y un cabrón. Los vecinos confirman su versión. He descubierto dónde vive su novia; la chica niega saber de sus fechorías. Dice que le apodan Chili porque es un calenturiento. -Hizo una mueca-. La cosa es de muy mal gusto; os lo aseguro.
– Qué encanto de tío -bromeó Chloe-. ¿Algo de lo que no pueda prescindir? ¿Alguna adicción?
– Sí. En casa de su novia hemos encontrado jeringuillas. Le he pedido que me dejara entrar en el baño y he metido la nariz en el botiquín. Ya lo sé -soltó Nancy cuando Chloe la miró indignada-. He visto una botella de insulina con el nombre de Clive Pepper.
– ¿Cómo se llama la novia? -preguntó Chloe sacudiendo la cabeza.
– Lulu Jenkins -respondió Nancy-. No he tocado nada.
– Ya -respondió Chloe, molesta-. Pero si lo encontramos, será gracias a una ilegalidad.
– ¿Y quién va a decírselo? -preguntó Nancy, exasperada-. ¿Tú?
Chloe se volvió hacia Chase con mala cara.
– Tu gente hará que me impongan una sanción.
– Cálmate. Nancy, no vuelvas a hacer eso. Chloe, Nancy no volverá a hacerlo.
– O sea que es diabético -observó Luke-. Tiene que dejarse ver a menudo para conseguir insulina.
– Estupendo -exclamó Chase-. Ed, ¿habéis examinado la zona de la nave con el radar?
«Becky», pensó Luke. El nombre que Beardsley les oyó pronunciar al enterrarla.
– No. Tenían que venir a las tres pero yo entonces estaba en el escenario del crimen -se excusó Ed-. Lo siento, Chase; ya se ha hecho de noche, así que lo dejaremos para primera hora de la mañana.
– He buscado refuerzos -anunció Chase-. Cuatro agentes más.
– ¿Cuándo empiezan? -preguntó Luke.
– Alguno ya ha empezado. Uno ha localizado a Isaac Gamble, el enfermero cuya tarjeta identificativa indica que estuvo cerca de Beardsley anoche, a la hora en que le inyectaron algo en la bolsa intravenosa. Él dice que estuvo en un bar, y tanto el dueño del establecimiento como la grabación de seguridad lo confirman.
– O sea que fue otra persona quien intentó matar a Beardsley -dedujo Pete.
– Eso parece. Dos de los nuevos agentes están visionando la grabación del cementerio para tratar de descubrir quién ha disparado.
La psicóloga Mary McCrady se inclinó hacia delante.
– ¿Y por qué han tirado la pistola?
– Han cometido un error -dijo Ed-, o bien quien ha disparado no quería que lo cogieran con ella.
Mary se encogió de hombros.
– Es posible que tengas razón. Pero si pensamos en la coordinación que hace falta para organizar todo eso… Si Kate Davis ha disparado una bala de fogueo, quien ha disparado la otra pistola ha tenido que esperar el momento exacto para dispararle a Gretchen French. Y tenía que saber de antemano que Kate iba a disparar. No parece obra de alguien que ha cometido un error tirando la pistola. Creo que quería que la encontráramos.
– Juego psicológico -musitó Luke-. Está jugando con nosotros.
– Eso creo -convino Mary-. ¿Sabía Kate Davis que su pistola contenía balas de fogueo?
– Solo una era de fogueo -dijo Ed-. El resto eran de verdad.
– El puzle con todas las piezas del mismo color -comentó Chase-. Tienes razón, Mary. Si Kate quería matar a Gretchen antes de que pudiera hacer público lo de las violaciones, no habría cargado ninguna bala de fogueo. Si lo que quería era asustarla, todas las balas habrían sido de fogueo. Y si quería disparar a otra persona, nos falta una de las piezas del puzle.
– Quienquiera que fuera su objetivo sabía que Kate aparecería en el cementerio con una pistola -observó Luke-. Y fue muy preparado.
Llamaron a la puerta y Leigh asomó la cabeza.
– Chase, Germanio está al teléfono, desde Savannah. Dice que es urgente.
Chase conectó el altavoz.
– Hank, estamos todos. ¿Qué pasa?
– He encontrado a Helen Granville -dijo Germanio-. Está muerta.
Chase cerró los ojos.
– ¿Cómo ha sido?
– Se ha ahorcado. He encontrado la casa de su hermana, pero la policía ya había llegado. La hermana ha encontrado a la señora Granville colgada de una viga del dormitorio.
– ¿Has avisado al forense de la oficina de Savannah? -preguntó Chase.
– Está de camino. La hermana de Helen Granville dice que llegó anoche y que estaba muy asustada. Ella hoy tenía que ir a trabajar. Cuando ha regresado a casa, Helen estaba muerta.
– ¿Ha dicho que diera la impresión de querer suicidarse? -preguntó Luke.
– No; sólo que estaba «muy asustada». La hermana está bastante afectada. Quizá pueda averiguar algo más cuando se tranquilice.
– Mantenme informado. -Chase colgó y exhaló un suspiro-. Menudo día. Acabemos la reunión; todos necesitamos dormir. Talia, ¿qué has encontrado en Ellijay?
– Los perros no han podido seguir el rastro. Debieron de llevarse a Borenson en coche. -Miró a Luke-. La científica no ha encontrado nada en el bulldog. ¿Quieres quedártelo tú?
– ¿Yo? -Luke respondió extrañado-. ¿Por qué yo?
– Porque si no se lo llevarán a la perrera. Me lo quedaría yo, pero ya tengo cuatro perros y mi compañero de piso no quiere más.
– Mi último perro se lo regalé a Daniel -dijo Luke-. No puedo adoptar otro.
Ella se encogió de hombros.
– Es una perrita muy cariñosa. Espero que alguien la saque de la perrera.
Nadie hizo el más mínimo movimiento y Luke suspiró.
– Ya me la quedo yo.
Talia sonrió.
– Lo sabía.
– A condición de que mañana me acompañes a Poplar Bluff -dijo Luke-. Tengo que interrogar a unas adolescentes que hace dos años no quisieron hablar cuando Kasey Knight desapareció. A ti se te da mejor que a mí hablar con las chicas.
– Muy bien -convino Talia-. Iré. Pero tienes que traerme comida de tu madre.
– Espera -terció Nancy-. ¿Has dicho Poplar Bluff?
– Sí -confirmó Luke-. Está a unas dos horas de aquí, hacia el sur.
Nancy se sacó una lista del bolsillo.
– Es uno de los lugares que aparecen señalados en el mapa de Mansfield.
Chase se estiró para mirar.
– ¿Qué otras ciudades están en la lista?
Nancy levantó la cabeza.
– Panama City, en Florida -dijo.
– Ashley Csorka -musitó Luke, y Nancy asintió.
– Es la lista de objetivos de Mansfield -dijo-. De los lugares donde fue a buscar a las chicas.
– Podemos cruzarla con las últimas entradas de la base de datos de niños desaparecidos -sugirió Luke con energía renovada-. Y con las fotografías del catálogo. Esa lista es de oro.
– Tenemos que averiguar si Mansfield las raptaba o sólo las atraía -dijo Talia-. Y si las atraía, cómo. Cuando sepamos cómo conseguían hacerse con ellas, es posible que lleguemos hasta Rocky.
– Y que encontremos a las que faltan -concluyó Luke.
– Buen trabajo, chicos -dijo Chase-. Vámonos a descansar un rato. Les pediré a los taquígrafos que se encarguen de cruzar la lista con la base de datos de niños desaparecidos durante la noche. Cuando sepamos los nombres podremos empezar a informar a los padres. Volveremos a reunirnos aquí mañana a las ocho.