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– ¿Se han ido? -preguntó Bobby cuando Tanner volvió a subir al coche.

– Por fin. -Le tendió las placas con la matrícula DRC-. He cambiado la matrícula. Ahora, si alguien nos detiene, soy George Bentley. ¿Se lo ha pasado bien?

– Claro -dijo Bobby con énfasis-. Me alegro de que hayas vuelto de Savannah a tiempo para acompañarme. Habría sido demasiado difícil alcanzar a Ohman en el pecho desde el asiento del conductor.

– Entonces, ¿volvemos a Ridgefield?

– Todavía no. El topo me ha contado otra cosa. El GBI se está acercando a Jersey Jameson. Al parecer, Daniel Vartanian vio parte de la matrícula del barco el viernes.

– ¿Y dónde encontraremos al señor Jameson? -preguntó Tanner.

– Conozco algunos de los lugares que frecuenta. ¿Dispuesto para ir de bares?

Tanner se echó a reír.

– Como en los viejos tiempos.

– Eso sí que era vida. Tú elegías las presas y yo las atraía. Algunos de aquellos tíos aún me ingresan dinero en una cuenta secreta el primer día de cada mes.

– Se le daba muy bien hacer de puta, Bobby.

– Y a ti se te daba muy bien buscar clientes dispuestos a pagar para que no se supiera que eran unos pervertidos. Echo de menos esos tiempos.

– Podríamos volver a hacerlo. Podríamos marcharnos a otro sitio y empezar de nuevo.

– Podríamos, pero también me gusta mi vida actual. Cuando todo termine, seguiré queriendo la casa de la colina. Es mía.

– Arthur Vartanian se la habrá dejado a sus hijos legítimos, Bobby.

– Pero a mí me corresponde por derecho. Además, muy pronto sus hijos legítimos descansarán junto al juez y la cerda de su mujer. -Las palabras le dejaron mal sabor de boca.

– Bueno, cuando llegue el día ya sabe lo que yo quiero -dijo Tanner con voz melosa.

– El juego de té de plata de la abuela Vartanian -contestó Bobby, riendo entre dientes-. Sí, ya lo sé.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 19:15 horas

– Es muy agradable -dijo Susannah, echando un vistazo al piso de Luke.

– Está limpio; gracias a mi… -Se interrumpió al ver la mesa del comedor con un mantel de lino blanco y servicio para dos. No le hizo falta volver a mirar para percatarse de que la vajilla era de su madre, igual que el candelabro de plata, a punto para encender las velas.

Susannah observó la mesa y una de las comisuras de sus labios se curvó hacia arriba.

– ¿Su madre?

– Sí.

Susannah sonrió con melancolía.

– Ha estado a punto de asfixiar a Daniel de un abrazo. Me cae bien.

– A todo el mundo le cae bien mi madre.

– ¿Y su padre?

– Ah, a él también lo asfixia con sus abrazos -dijo con ironía-. Mi padre tiene un restaurante, junto con sus hermanos. Un griego, claro. Antes mi madre hacía de chef. Ahora son mis primos quienes lo llevan a diario, así mi padre y mis tíos tienen tiempo de disfrutar un poco de la vida. Pero mi madre lo echa de menos, y lo compensa cocinando para todos mis amigos. -Sacó del armario el traje que llevaba el día anterior y lo olió-. Casi no se nota el olor a humo ni a pescado podrido.

– ¿El tintorero le deja la ropa dentro de casa?

– El tintorero es mi primo Johnny. Tiene la llave. A mí me sale gratis el servicio y él puede ver los combates de boxeo en el televisor de pantalla plana cuando los dan por un canal de pago.

– Me pregunto si podrá hacer desaparecer las manchas de barro del vestido de Chloe Hathaway.

– Si Johnny no puede hacerlo, nadie puede hacerlo. -Luke oyó gruñir su estómago y se lo frotó con la mano-. Me muero de hambre.

– Yo también. -Vaciló-. Si quiere puedo cocinar. No se me da mal del todo.

– Mi madre ha dicho que me había dejado comida en la nevera. -Se dirigió a la cocina y ella lo siguió.

– ¿Puedo hacer algo?

– Cámbiese de ropa. -Le dirigió una sonrisa mientras abría la nevera-. Otra vez.

Ella miró su falda salpicada de sangre.

– Enseguida vuelvo.

La despreocupada sonrisa de Luke desapareció en el mismo instante que Susannah.

– Muy bien -musitó, y empezó a calentar la comida que su madre le había dejado preparada sin dejar de pensar en Susannah.

De camino a su casa la habían llamado al móvil. Era Gretchen French, que había organizado una rueda de prensa para el día siguiente por la tarde. «Tal vez quiera hablar con ella -le había dicho Susannah después de colgar-. Sigue creyendo que le ha disparado Kate Davis.»

«¿Está segura de que quiere hacerlo? -le había preguntado él-. Una vez que esté sentada junto a esas mujeres delante de los micrófonos, no habrá vuelta atrás.»

Ella se había quedado muy callada.

«Una vez que puse un pie fuera del avión ayer por la mañana, no había vuelta atrás, Luke. Entonces ya lo sabía. Me siento preparada y haré lo que tenga que hacer.»

A él lo invadió un sentimiento de admiración tan grande… Y, tras eso, un deseo tan intenso que le había cortado la respiración. No era su rostro, ni sus discretos y elegantes modales. Era algo más profundo. Ella era lo que siempre había estado buscando; así de simple.

Ahora, de pie en la cocina, sabía que no importaba lo que quisiera o lo que creyera haber encontrado. Delante de la puerta del hospital la había visto temblar como un flan. Aun así, se había aferrado a él, se había confiado a él. Y allí estaba ahora, confiada de que con él estaba a salvo. Pero mientras no le confiara el interior de esa persona que tan indigna consideraba, no importaba nada más.

Introdujo la comida en el horno para calentarla y se encontraba descorchando una botella de vino cuando sonó el timbre de la puerta. Dejó reposar el vino, se dirigió a la puerta y se asomó a la mirilla. Y exhaló un suspiro.

– Talia -exclamó al abrir la puerta.

Talia Scott llevaba el bulldog del juez Borenson atado con una correa.

– Te has olvidado de la perra.

– He estado bastante ocupado.

Ella sonrió con aire comprensivo.

– Ya me he enterado de lo que ha ocurrido en el hospital. Lo siento.

Él volvió a suspirar.

– Supongo que debería preguntarte si quieres entrar.

– Muchas gracias -soltó Talia con ironía-. Qué amabilidad.

Él abrió más la puerta. Talia entró con la perra y esta se dejó caer a los pies de Luke con un suspiro aún mayor. Talia se echó a reír.

– Se llama Cielo.

Él alzó los ojos en señal de exasperación.

– Cómo no. ¿Traes comida?

Talia sacó de su mochila una bolsa de plástico llena de comida.

– Te durará hasta mañana. Aquí tienes una correa y un cuenco.

– ¿Seguro que nadie más la quiere? -insistió Luke mientras ella depositaba las cosas de la perra sobre sus brazos.

– No. Los vecinos de Borenson se han quedado con los perros de caza, pero a Cielo no la quería nadie. Huele a comida. -Entonces vio la mesa con la vajilla-. Tienes compañía; me voy.

Cuando se disponía a marcharse, él le tiró de la chaqueta.

– Susannah Vartanian está aquí.

Ella abrió los ojos como platos.

– ¿De verdad?

– No es lo que piensas. Será mejor que te quedes. Pasa. Estaba abriendo una botella de vino.

Luke fue a la cocina y la perra lo siguió, pisándole literalmente los talones. Cada vez que él se paraba, la perra se tendía a sus pies.

Cada vez que se ponía en marcha, ella hacía lo propio.

– No puedo quedármela, nunca estoy en casa.

Talia se había sentado en la encimera.

– Entonces se la llevarán a la perrera. Luego ¿quién sabe lo que harán con ella?

Luke frunció el entrecejo.

– Eres muy cruel.

Ella sonrió.

– Y tú eres un encanto.

Él sacudió la cabeza.

– No se lo digas a nadie. ¿Has visto al señor Csorka?

Ella se puso seria.

– Sí. Ha venido con registros dentales, muestras de ADN y fotos de Ashley con sus trofeos. Es nadadora. Le han concedido una beca completa para el año que viene.