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– Ya hace más de veinticuatro horas que han desaparecido. Podrían estar en cualquier sitio.

– Es cierto, pero hemos enviado la foto de una de las chicas desaparecidas a todos los departamentos de policía del sudeste del país. Tardará unas semanas en cumplir los dieciocho años, así que he enviado un aviso al AMBER. -Se inclinó hacia delante y le estrechó la mano-. Es más de lo que teníamos ayer.

– He usado su… -Susannah se detuvo en seco, con las toallas húmedas dobladas con pulcritud sobre los brazos y la mirada fija en sus manos unidas-. Lo siento. Creía que no había nadie más.

Talia sonrió y le tendió la mano.

– Soy Talia Scott. Trabajo con Luke y Daniel.

Susannah pasó las toallas a uno de sus brazos para poder estrechar la mano de Talia.

– Encantada de conocerla. Usted ha hablado con Gretchen French.

– Y con todas las otras víctimas -explicó Talia-. Excepto con usted -añadió en tono amable.

Susannah se ruborizó.

– Le he entregado mi declaración a Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal.

– No lo decía por eso. He hablado con todas esas mujeres para que sepan cuáles son sus derechos y los recursos de que disponen.

Susannah esbozó una frágil sonrisa.

– Soy ayudante del fiscal; sé cuáles son mis derechos. Gracias de todos modos.

– Usted sabe explicarle a otras personas cuáles son sus derechos -repuso Talia, impasible-. Pero es posible que no sepa aplicarlos cuando se trata de usted misma. Llámeme en cualquier momento si tiene ganas de hablar. -Le entregó su tarjeta sin dejar de sonreír.

Susannah la tomó con vacilación.

– Gretchen habla muy bien de usted -dijo en voz baja. Entonces arqueó las cejas al ver la bolsa con la comida para perros sobre el mostrador-. ¿Eso es la cena?

Luke bajó la mirada al suelo y volvió a poner mala cara.

– La de ella.

Una sonrisa iluminó el rostro de Susannah y a Luke el gesto le llegó al alma.

– Oh, qué cosita. -Se puso de rodillas, dejó las toallas a un lado y acarició la cabeza de la perra-. ¿Es suya, Talia?

Talia rió entre dientes y le guiñó el ojo a Luke.

– No. Es de Luke.

– Te odio -masculló Luke, y Talia se echó a reír de nuevo. Entonces Susannah lo miró; seguía sonriendo.

– ¿De verdad es suya?

Él suspiró.

– Sí, supongo que sí. Por lo menos hasta que le encuentre otro dueño. Es del juez Borenson. Si lo encontramos vivo, se la devolveré.

Susannah se volvió hacia el feo bulldog.

– Yo también tengo una perra. En Nueva York.

– ¿De qué raza? -preguntó Talia.

– Un sheltie. Se llama Thor.

Talia se echó a reír.

– ¿Un sheltie llamado Thor? La cosa tiene miga.

– Sí. Ahora está en una residencia canina, supongo que se pregunta cuándo pienso ir a buscarla. -El bulldog lamió la cara de Susannah y ella se echó a reír, y el pequeño gesto de alegría a Luke le llegó aún más adentro-. ¿Cómo se llama? -preguntó.

– Cielo -respondió él en voz baja, y ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

– Qué bonito. -Su sonrisa se desvaneció-. ¿Siempre acoge a los desamparados, Luke?

– Normalmente no -dijo. Entonces se percató de que la había estado mirando fijamente y volvió la cabeza.

– Estábamos tomando vino, Susannah -dijo Talia compadecida de Luke-. ¿Quiere un poco?

– No bebo, pero ustedes sigan. La cena huele de maravilla. ¿Se queda, Talia?

– Sí -respondió Luke.

– No -respondió Talia al mismo tiempo-. Tengo que marcharme a casa.

– ¿Seguro que no puedes quedarte con la perra? -preguntó Luke con un hilo de voz.

– Seguro -dijo Talia en tono jovial-. Mi compañero me lo dejó muy claro cuando aparecí con el cuarto. Creo que habla en serio. O sea que, o se queda contigo o va a la perrera; ¿eh, Luka? -Se estiró por encima del mostrador y le dio unas palmaditas amistosas en la mejilla-. Piensa en la alegría que supone tener un perro en casa.

Luke no tuvo más remedio que echarse a reír al ver el brillo de sus ojos.

– Te lo estás pasando en grande.

– Acompáñame a la puerta. Encantada de conocerla, Susannah. Llámeme siempre que lo desee.

Luke acompañó a Talia a la puerta y Cielo volvió a pisarle los talones.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

Talia sacudió la cabeza; se le escapaba la risa.

– Cariño, te veo fatal. Y encima ella no es griega. ¿Qué te dirá mamá Papa?

– ¿Quién crees que ha puesto la mesa?

– Qué interesante. -Se puso seria-. Haz que Susannah me llame si me necesita.

– Es igual que Daniel -musitó él-. Todo se lo guardan para sí.

– Ya lo sé -dijo ella-. ¿Cuándo quieres salir hacia Poplar Bluff?

– Sería más fácil encontrar a las amigas de Kasey Knight un día de escuela, pero no podemos esperar al lunes. Saldremos mañana por la mañana, después de la reunión. Llegaremos sobre las once.

– A esa hora estarán en la iglesia. -Talia reflexionó-. Poplar Bluff es una población pequeña. Deja que llame al pastor y le pregunte si las chicas van a la iglesia. Puede que después de todo ese sea el mejor lugar para dar con ellas. Te veré mañana. Tráeme las sobras, ¿vale?

– Podrías quedarte a cenar.

Ella sonrió.

– No; de verdad que no puedo. Buena suerte, Luka.

Él alzó los ojos en señal de exasperación y volvió a la cocina, donde Susannah estaba cortando lechuga. Luke se apoyó en la nevera, con Cielo a sus pies.

– No deja de seguirme.

Una de las comisuras de los labios de Susannah esbozó el amago de sonrisa que él ya había aprendido a prever.

– ¿También la encontró en el bosque?

– Supongo que en cierto modo, sí.

Ella lo apartó con suavidad para sacar más hortalizas de la nevera.

– Pues entonces estamos igual. Cielo representa para usted lo mismo que la chica desconocida representa para mí. Y, hasta cierto punto -añadió mientras cortaba las puntas de los pepinos con más fuerza de la necesaria-, lo mismo que represento yo.

Él sintió ganas de aferrarla por los hombros y obligarla a mirarlo, pero se quedó donde estaba.

– Esto no es justo para ninguno de los dos, ¿no cree? -dijo en voz baja.

Ella bajó la barbilla.

– Tiene razón; lo siento. -Tragó saliva y se concentró en cortar las hortalizas con movimientos rápidos y experimentados-. Talia lo ha llamado «Luka»

– Es como me llama mi madre.

– Ya lo sé. Entonces, ¿Talia y usted son amigos? -preguntó en tono cauteloso.

Él no alteró la voz, a pesar de que la pregunta hizo que se le desbocara el corazón.

– Es griega.

– ¿Y qué? ¿Es que conoce a todos los griegos de Atlanta?

Él sonrió.

– A bastantes. Somos una comunidad muy bien avenida. Mi padre y sus hermanos se ocupan de surtir muchas de las bodas y las fiestas que se celebran. Conocemos prácticamente a todo el mundo.

Ella echó las rodajas de pepino en la ensalada.

– Scott no parece un apellido griego.

– Es el apellido de su primer marido. No le fue muy bien con él.

– Mmm… Me extraña que su madre no la haya cazado para usted -comentó en tono liviano.

– Lo intentó, pero acabó desistiendo. Talia y yo somos amigos, nada más.

Entonces ella se volvió; sostenía el cuenco de ensalada entre los brazos. Sus ojos se cruzaron y ambos aguantaron la mirada, intensa y llena de deseo, y de pronto una acción tan simple como respirar les suponía un gran esfuerzo.

De repente ella bajó la cabeza y lo apartó para depositar el cuenco sobre la mesa. Él la siguió, y Cielo también. Se detuvo tras ella.

– Susannah.

– Tengo que marcharme. Dormiré en la habitación de la chica, con el vigilante en la puerta, si eso le hace sentirse mejor. Se lo prometo.