– Lo que haría que me sintiera mejor sería que me mirara.
Ella no se movió y él la tomó con suavidad por los hombros y tiró de ellos hasta que ella se volvió con los ojos a la altura de su pecho. Él aguardó en silencio hasta que por fin ella levantó la cabeza. Una sensación atizó a Luke como un puñetazo en el vientre. La mirada de Susannah, antes tan prudente, tan reservada, aparecía ahora llena de pasión, una pasión desenfrenada y turbulenta. Denotaba deseo e interés; resistencia y consternación. Con la seguridad de que su próximo gesto sería decisivo, Luke le acarició la mejilla igual que había hecho antes.
Ella volvió la cabeza hacia su mano y respiró hondo, como si quisiera memorizar su aroma, y Luke notó tensarse todo su cuerpo. En ese momento supo que nunca había deseado a nadie ni nada hasta ese punto.
– ¿Cuánto tiempo hace, Susannah? -preguntó con voz ronca.
– ¿El qué?
Era una buena pregunta.
– De la última vez que alguien te tocó. -Él le acarició la mejilla con el dedo pulgar para indicarle a qué se refería-. De la última vez que alguien te besó en la frente.
Luke notó la agitación en su interior.
– Nunca lo han hecho -respondió ella por fin.
A Luke se le partió el alma.
– ¿Nadie? ¿Ni siquiera tu madre?
– No. No era una mujer muy cariñosa.
– Susannah, ¿tu padre…? -No pudo preguntárselo. Le resultaba imposible, después de todo lo que ella había tenido que soportar.
– No. Pero le habría gustado; siempre lo supe. Aun así, nunca lo hizo. -Se pasó la lengua por los labios, nerviosa-. A veces me escondía. Así fue como encontré el escondrijo de detrás del vestidor de mi habitación. En ese momento no me estaba escondiendo de Simon; me escondía de mi padre.
A Luke le entraron ganas de chillar. De arrojar algo. De matar al padre de Susannah. Resultaba irónico que lo hubiera hecho Simon.
– ¿Te pegaba?
– No. Casi siempre se limitaba a ignorarme; era como si yo no estuviera. Y a veces descubría en él aquella mirada… -Se estremeció.
– ¿Y tu madre?
Sus labios esbozaron una amarga sonrisa.
– Era una buena anfitriona. Siempre tenía la casa limpia y acogedora. Pero no exteriorizaba sus sentimientos. Nunca nos prestó mucha atención; a excepción de Simon. Siempre estaba pendiente de Simon. Y cuando él perdió la pierna, las cosas empeoraron más. Y cuando creímos que había muerto, cuando mi padre lo envió muy lejos y le dijo a todo el mundo que había tenido un accidente… aún fue peor.
– ¿Qué ocurrió?
– Mi madre se puso histérica. Nos decía a mí y a Daniel que nos odiaba, que ojalá no hubiéramos nacido. Nos decía que habría preferido que hubiéramos muerto nosotros.
Qué horror para un hijo tener que oír aquello.
– Por eso cuando Simon te agredió no pudiste contárselo.
Susannah apartó la mirada.
– Mi madre ya lo sabía.
– ¿Qué?
Ella se encogió de hombros.
– No sé cómo se enteró, pero lo sabía. Me decía que yo era una descocada, que qué otra cosa iba a hacer un hombre. Pero yo no era así. Nunca había salido con ningún chico.
– Eso es muy mezquino, Susannah -dijo él con voz trémula. Al fin ella volvió a mirarlo a los ojos.
– Gracias.
«Gracias.» La madre de Susannah había consentido la violación incestuosa de su hija y ella agradecía que él lo censurara. Volvió a sentir ganas de chillar, pero se controló y la besó con suavidad en la frente.
– Crees que estás sola pero no es cierto. Y crees que eres la única que ha hecho cosas vergonzosas, pero eso tampoco es cierto.
– Tú no has hecho lo que he hecho yo, Luke.
– ¿Cómo lo sabes? Me he acostado con mujeres a las que apenas conocía, a veces sólo para olvidarme de lo que ese día había visto. Para no estar solo cuando me despertara a las tres de la madrugada. Eso es vergonzoso. Me gustaría tener una relación como la de mis padres, pero nunca he encontrado a la persona adecuada.
– Tú no sabes a qué me refiero. -Se dispuso a apartarse de mala gana-. Y espero que no lo sepas nunca.
– Para. -Pronunció la palabra en un susurro-. No te vayas. -Le acarició la comisura de los labios-. No te vayas. -No se movió, no respiró; se limitó a quedarse allí, a un susurro de distancia de sus labios.
Tras lo que le pareció una eternidad, ella volvió la cabeza; sólo un ápice, justo lo necesario.
Él le cubrió los labios con los suyos con delicadeza. Con suavidad. «Por fin.» Ella se dejó caer en sus brazos con un gemido, deslizó las manos por su pecho y le rodeó el cuello, y entonces lo besó. Tenía los labios suaves, ágiles y mucho más dulces de lo que él creía. Y, de pronto, de algún modo, toda delicadeza se desvaneció y él se apropió de lo que tanto deseaba, levantándola del suelo y atrayéndola hacia sí hasta que sintió que su cuerpo vibraba hasta un punto casi doloroso.
Susannah puso fin al momento con demasiada rapidez y posó la mejilla sobre su cuello. Luego se apartó hasta que él tuvo que soltarla y sus pies volvieron a tocar el suelo.
Extendió el brazo para impedirle acercarse. Su mirada denotaba desolación.
– No puedo hacerlo -dijo, retrocediendo. Entonces corrió al dormitorio y cerró la puerta.
Luke apretó los dientes mientras se insultaba de todas las formas que acudían a su mente. Le había asegurado que no le pediría nada excepto que le permitiera cumplir lo que le había prometido a Daniel. En cambio había querido aprovecharse de ella. Era una más de las muchas personas que lo habían hecho ya.
Furioso consigo mismo, asió la correa de la perra.
– Vamos, Cielo. Saldremos a pasear.
Capítulo 16
Casa Ridgefield,
sábado, 3 de febrero, 19:30 horas
Ashley Csorka exhaló un suspiro. Se había pasado horas hurgando en el cemento, hasta que el clavo que había encontrado se volvió romo. Para conseguir otro había tenido que aflojar un peldaño de la escalera, y eso le había llevado mucho tiempo. Al fin había logrado soltar el primer ladrillo; al fin. Estaba más o menos a medio metro del suelo. Contuvo la respiración y lo empujó.
«Hará mucho ruido. Vendrán.»
«Llevas horas con esto y de momento no han venido. Puede que no estén. Corre, corre.»
Empujó con más fuerza y casi estalló en sollozos cuando el ladrillo cedió y dejó en la pared un hueco de su medida. Notó el aire fresco en la cara. Allí fuera le esperaba la libertad.
Tenía que quitar por lo menos cuatro o cinco ladrillos más «Corre. Corre.»
Charlotte, Carolina del Norte,
sábado, 3 de febrero, 21:35 horas
Harry Grimes llamó a la puerta de Nicole Shafer, el tercer nombre de la lista de amigas que la madre de Genie Cassidy le había entregado. Una joven abrió la puerta y Harry sostuvo en alto la placa.
– Soy el agente especial Harry Grimes. ¿Están tus padres en casa?
– Mamá -llamó, y su madre apareció enjugándose las manos con un paño de cocina.
– ¿Puedo ayudarle? -preguntó la mujer, y él le mostró la placa.
– Estoy investigando la desaparición de Genie Cassidy.
La madre frunció el entrecejo.
– He oído que se ha escapado de casa.
– No, señora. Creemos que la han raptado. Le agradecería mucho que me permitiera hacerle unas preguntas a su hija.
– Claro. Pase.
Lo guiaron hasta una sala de estar donde el señor Shafer veía la televisión.
– Apaga la tele, Oliver. El señor es policía del estado. Siéntese, por favor, agente Grimes.
Harry lo hizo sin dejar de observar a Nicole, que no dejaba de mirarse los pies.
– Nicole, Genie chateaba con un chico llamado Jason. ¿Lo sabías?
Nicole miró a sus padres, nerviosa.
– Sí, pero ella no quería que su madre lo supiera. Ella es muy, muy protectora; demasiado. Genie no tenía vida. De verdad, mamá.