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– Deja que me levante. No puedo hablar contigo así. Por favor.

Él abrió los brazos y ella se dejó caer al suelo.

– Echo de menos a mi perro -dijo mientras acariciaba a Cielo-. Seguro que cree que no volveré.

– Explícame por qué has llamado Thor a un sheltie hembra.

– Es el dios del trueno -dijo ella-. La noche en que encontré a la perra, había habido una tormenta terrible, con rayos y truenos. Yo había salido para ir al cementerio, a visitar la tumba de Darcy. Lo hago todos los años, el 19 de enero.

– ¿En enero hubo una tormenta?

– A veces pasa, aunque es raro. Nevaba muchísimo y yo iba a quince por hora. Si hubiera circulado más deprisa, la habría atropellado. Hubo un gran relámpago y la vi allí, en medio de la carretera, despeinada, mojada y muerta de frío. Parecía que me estaba diciendo: «Mátame o sálvame, pero no me ignores.»

– Así que paraste.

– Iba en un coche de alquiler. ¿Qué más daba si se manchaba un poco? Pensaba llevarla al veterinario y dejarla allí, pero entonces me lamió la cara y… Soy muy tonta para esas cosas.

– Lo tendré en cuenta -dijo con ironía, y ella se echó a reír, aunque con tristeza.

– No es lo mismo. Resulta que llevaba un microchip. Era de una familia que vivía en el norte y se había escapado de su casa hacía meses. Durante todo ese tiempo se las había apañado para sobrevivir.

Él empezaba a ver el paralelismo.

– La perrita era fuerte.

– Sí. La familia ya había comprado otro perro para los niños y dijeron que podía quedármela. Así que me la quedé. La cosa cambia; no es lo mismo que pasar las noches en una casa solitaria y silenciosa. Muchas veces, a las tres de la madrugada, cuando no puedo dormir, se sienta a mi lado. Es una buena perra. Soy muy afortunada de poder contar con ella.

– Parece que ella también es muy afortunada de poder contar contigo.

– Ya estamos; ya vuelves a ser amable.

– Susannah, cuéntame por qué no puedes practicar sexo.

Ella exhaló un hondo suspiro.

– Muy bien, sí que puedo; pero no de la forma habitual.

– ¿Qué consideras tú la forma habitual?

– Esto es muy violento -musitó, y él sintió lástima.

– ¿Te refieres a la postura del misionero?

– Sí. No puedo. No puedo… mirar al hombre mientras…

– ¿Mientras lo haces?

– Sí. Me siento como atrapada, me falta el aire. Tengo ataques de pánico.

Él se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo.

– ¿Después de todo lo que has pasado? No me sorprende. Entonces, antes, durante tus… encuentros, ¿cómo lo hacías?

Ella rió con timidez.

– Sin mirarlos.

Él exhaló un suspiro cauteloso, decidido a no permitir que ella supiera lo que eso lo excitaba.

– ¿Eso es todo? ¿Ese es el problema?

– No. Ese es sólo uno.

– ¿Cuáles son los otros?

Ella emitió un sonido ahogado.

– Tiene que ser… poco convencional. Si no lo es, no puedo hacerlo.

Él arrugó la frente.

– Susannah, ¿lo que haces te duele?

– A veces. Pero sólo a mí. A nadie más.

– O sea que te gusta…

– El sexo duro. Y odio eso de mí -dijo con rabia.

«Ten paciencia.» Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero ella estalló y empezó a gritar, airada.

– Odio tener que hacerlo así. Odio que esa sea la única forma… -Se interrumpió, temblorosa.

– De que llegues al orgasmo.

Ella bajó la barbilla al pecho.

– No está bien. No es normal.

– Y al necesitarlo, al desearlo, al hacerlo así, tu amiga murió.

– No soy tan complicada, Luke.

«Ya lo creo que eres complicada.» Él se apartó y separó las piernas.

– Ven aquí.

– No.

– No tienes que mirarme. Ven aquí. Quiero enseñarte una cosa, y si luego no te gusta, no volveré a hablarte de ello. Te lo prometo.

– Antes también me has prometido otra cosa -gruñó, pero se puso en pie.

– Ahora siéntate. No, no me mires -dijo cuando ella quiso darse la vuelta. Le hizo sentarse entre sus piernas-. Mira allí. -Señaló el espejo del vestidor-. Mírate; no me mires a mí. -La rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí-. Estoy vestido. Tú estás vestida. Aquí no va a pasar nada más que esto.

Le retiró el pelo y la besó en la nuca, y cuando ella tomó aire de golpe, él notó que se le ponía la carne de gallina.

– Solo estamos tú, yo y el espejo.

– Esto es una estupidez -dijo ella, pero ladeó la cabeza para dejarle más sitio.

– ¿Te duele? ¿Te entra algún ataque de pánico?

– No; la verdad es que no. Solo me parece una estupidez.

– Relájate. Piensas demasiado.

Le besó de ese modo un lado del cuello; luego le pasó la lengua por la curva del hombro.

– ¿No lo hago mejor que Thor? -Ella rió de forma entrecortada-. Tienes un cuello muy largo -le susurró al oído-. Puede que esto nos lleve un rato.

– Pero tú… No es posible que…

– ¿Qué me guste? Susannah, estoy abrazando a una bella mujer que cree que soy irresistible a más no poder y que está permitiendo que le bese el cuello. ¿Qué más puedo desear?

– Sexo -dijo ella en tono monótono, y él se echó a reír.

– Yo no soy así. Tengo que haberme tomado algo contigo antes de acompañarte a casa.

Vio por el espejo que ella cerraba los ojos.

– No puedo creer que te lo haya contado.

– Soy muy simpático. Además, estabas preparada para contarlo, y yo me alegro de haber sido el afortunado. No se lo diré a nadie; puedes confiar en mí.

– Ya lo sé -dijo ella muy seria, y Luke tuvo que tomarse un momento de respiro para controlarse, para no acelerarse y no poner en peligro la situación, porque le entraron ganas de comérsela entera.

Había empezado a besarle el otro lado del cuello cuando sonó su móvil y les hizo dar un respingo. Él la sostuvo entre sus brazos mientras abría el teléfono con una mano.

– Papadopoulos.

– Soy Chase. Necesito que vuelvas.

Luke se irguió de golpe y soltó a Susannah.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– Muchas cosas -respondió Chase-. Ven en cuanto puedas. Y trae a Susannah.

Luke se guardó el teléfono en el bolsillo.

– Tenemos que irnos -le dijo a Susannah-. Chase también te quiere allí. Tendrías que cambiarte de ropa. Sacaré a pasear a la perra y luego nos marcharemos. -Tenía la mano en el pomo de la puerta cuando decidió arriesgarse. De dentro del armario sacó una caja cubierta de polvo y la dejó sobre el tocador-. Te sorprenderías de lo que se considera normal y lo que no, Susannah -dijo, y chasqueó la lengua.

– Vamos, Cielo.

Susannah se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando la caja treinta segundos antes de satisfacer su curiosidad. Era obvio que hacía tiempo que no la abrían. Le costó retirar la tapa, pero por fin cedió.

– Por Dios -musitó, y sacó unas esposas recubiertas de pelo. En la caja había todo tipo de juguetes. Algunos ya los había usado. Unos eran inofensivos, otros no tanto; pero todos le atraían hasta un punto que le avergonzaba. Pero… Frunció el entrecejo. Guardó las esposas en la caja y la tapó.

El corazón le iba a mil por hora mientras se cambiaba rápidamente de ropa. A él no lo habían rechazado, y compartía sus gustos. «Pero no por eso deja de estar mal, ¿verdad?»

Él llamó a la puerta y la sobresaltó.

– ¿Estás… decente?

Susannah sabía que había elegido la palabra a propósito.

– Puedes entrar.

Él lo hizo. La miró a ella y luego miró la caja. Sin pronunciar palabra, la guardó de nuevo en el armario.

– Vamos. Es hora de volver al trabajo.

Atlanta,

domingo, 4 de febrero, 1:45 horas